Adrian volvió a llamarme antes de que mi automóvil abandonara el estacionamiento.
Lo bloqueé.
Marcus me entregó una tableta.
—Hay un problema con la adquisición de Blake Industries.
—¿Cuál?
—La empresa está mucho peor de lo que aparenta.
Deslizó varios documentos.
Deudas ocultas.
Contratos inflados.
Préstamos respaldados con propiedades familiares.
Y, en medio de todo aquello, apareció un nombre.
Vanessa Cole.
—¿Qué tiene que ver ella?
Marcus cambió de página.
—Vanessa lleva dieciocho meses transfiriendo información confidencial de Blake Industries a su principal competidor.
Lo miré sorprendida.
—¿Adrian lo sabe?
—Está convencido de que ella abandonará su trabajo después de casarse con él.
Casi sentí pena.
Casi.
—¿Y el embarazo?
Marcus guardó silencio.
—Habla.
—Tenemos razones para creer que el niño no es de su exmarido.
Me quedé inmóvil.
—¿De quién?
—Del director financiero de Blake Industries.
Solté una risa breve.
Adrian había destruido nuestro matrimonio por una mujer que estaba destruyendo también su empresa.
—No hagas nada todavía.
Marcus me observó.
—¿Quiere detener la adquisición?
—Al contrario.
Le devolví la tableta.
—Apruébala.
Aquella noche, Adrian descubrió que sus problemas acababan de empezar.
Su madre había organizado una cena familiar para celebrar el divorcio.
Vanessa estaba sentada junto a él mientras todos brindaban por el supuesto heredero Blake.
Entonces sonó su teléfono.
Una notificación.
Después otra.
Y otra.
Su rostro fue perdiendo color.
El principal banco había suspendido una línea de crédito.
Dos proveedores exigían pagos adelantados.
Y el proyecto Emerald Bay acababa de cancelar su contrato.
—¿Qué ocurre? —preguntó su madre.
Adrian no respondió.
Entró una llamada del presidente del consejo.
—Adrian, mañana a las nueve tenemos reunión extraordinaria.
—¿Por qué?
Hubo un silencio incómodo.
—Blake Industries tiene un nuevo accionista mayoritario.
Adrian se levantó.
—¿Quién?
—Grupo Sinclair.
El vaso se le escapó de la mano.
Vanessa también palideció.
—¿Sinclair?
Adrian recordó entonces mi teléfono.
Los 8.720 millones.
Marcus inclinándose ante mí.
Y aquel correo que alcanzó a ver durante apenas un segundo.
Compra de Blake Industries pendiente de aprobación.
Me llamó desde otro número.
Esta vez respondí.
—Elena.
Su voz temblaba.
—¿Compraste mi empresa?
—No.
Escuché cómo soltaba el aire.
Entonces terminé:
—Compré la deuda que controla tu empresa.
Silencio absoluto.
—Eso significa que mañana decidiré si Blake Industries continúa existiendo como la conoces.
—Elena, escucha…
—Buenas noches, señor Blake.
—¡Espera!
Antes de colgar, añadió desesperadamente:
—Vanessa está embarazada. No puedes destruir el futuro de mi hijo por lo que pasó entre nosotros.
Miré los documentos que Marcus había dejado frente a mí.
—Entonces deberías hacerte una prueba de paternidad.
Adrian dejó de respirar.
—¿Qué acabas de decir?
—Pregúntale a Vanessa.
Colgué.
A la mañana siguiente entré en la sala del consejo.
Adrian ya estaba allí.
No parecía haber dormido.
Vanessa estaba junto a él.
Cuando me vio, corrió hacia mí.
—¡Estás haciendo esto por celos!
Dejé mi bolso sobre la mesa.
—No eres tan importante.
—¡Adrian me eligió!
—Entonces felicidades.
Saqué una carpeta.
—Ahora explícale por qué enviaste información confidencial al director financiero durante dieciocho meses.
Su rostro se volvió blanco.
Adrian giró lentamente hacia ella.
—Vanessa…
—Está mintiendo.
Marcus proyectó los registros.
Correos.
Transferencias.
Mensajes.
Y finalmente una fotografía.
Vanessa abrazando al director financiero frente a una clínica privada.
Adrian no apartaba los ojos de la pantalla.
—¿El bebé es mío?
Vanessa comenzó a llorar.
—Adrian…
—Te pregunté si es mío.
No respondió.
Eso fue suficiente.
Su madre se dejó caer en una silla.
El hombre que minutos antes todavía me culpaba por destruir su futuro parecía haber envejecido diez años.
Me levanté.
—La reunión ha terminado.
Adrian me siguió hasta el pasillo.
—Elena.
Me detuve.
—Cometí un error.
—Muchos.
—Podemos empezar otra vez.
Lo miré.
Dos días antes habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.
Ahora no significaban nada.
—¿Quieres recuperar a Elena?
—Sí.
Negué lentamente.
—El problema es que Elena desapareció cuando firmó el divorcio.
Entré en el ascensor.
Antes de que las puertas se cerraran, Marcus apareció corriendo.
—Señora Sinclair.
Su expresión era extraña.
—Acabamos de revisar los documentos originales de la adquisición.
—¿Qué ocurre?
Me entregó una hoja.
—Blake Industries nunca perteneció completamente a la familia Blake.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces?
Marcus señaló una firma realizada veintisiete años atrás.
Reconocí inmediatamente el apellido.
Sinclair.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
—Que su padre financió en secreto la creación de Blake Industries.

Hizo una pausa.
—Y existe una cláusula que convierte su matrimonio con Adrian en algo mucho más importante de lo que ambos creían.
Miré hacia las puertas cerradas del ascensor.
De repente, mi matrimonio ya no parecía una casualidad.
Y mi divorcio tampoco.