El notario tomó la carta.
Rodrigo reaccionó de inmediato.
—¡Eso es una farsa!
La mujer de la Fiscalía lo miró.
—Señor Salgado, le recomiendo guardar silencio.
Por primera vez, obedeció.
Octavio rompió el sello.
—Don Ernesto dejó instrucciones precisas para que esta carta se leyera delante de sus dos hijos.
Comenzó:
—“Mariana, perdóname por haberte obligado a cargar sola con mis últimos meses.”
Sentí que se me cerraba la garganta.
—“Rodrigo, si estás escuchando esto, significa que hiciste exactamente lo que esperaba: corriste hacia la caja fuerte buscando dinero.”
Mi hermano palideció.
Algunos familiares bajaron la mirada.
Octavio continuó.
—“Hace ocho meses descubrí que faltaba dinero de mis cuentas.”
Rodrigo dio un paso atrás.
—Eso es mentira.
Uno de los representantes del banco abrió una carpeta.
—Tenemos registros de transferencias por más de cuatro millones de pesos.
La habitación estalló en murmullos.
Paola dejó de llorar.
—¿Cuatro millones?
Rodrigo la fulminó con la mirada.
Mala señal.
Ni siquiera su esposa conocía toda la historia.
El notario señaló los seis sobres.
Cada uno contenía copias de movimientos bancarios, contratos y autorizaciones.
Todas llevaban supuestamente la firma de mi padre.
—Estas firmas fueron analizadas —explicó Octavio—. Varias presentan indicios de falsificación.
Mi tío Armando miró a Rodrigo.
—Dijiste que Ernesto te había prestado ese dinero.
—¡Lo hizo!
Entonces conectaron la memoria USB al televisor del estudio.
Apareció mi padre.
Estaba sentado en su sillón.
Más delgado.
Más débil.
Pero completamente lúcido.
—Si están viendo esto —dijo—, probablemente Rodrigo ya habrá dicho que Mariana me manipuló.
Nadie respiró.
—Así que quiero dejar algo claro.
Mi padre miró directamente a la cámara.
—Mariana nunca me pidió un peso.
—Rodrigo sí.
La grabación cambió.
Aparecieron videos de las cámaras interiores.
Rodrigo entrando al estudio cuando papá estaba hospitalizado.
Fotografiando documentos.
Buscando entre cajones.
En otra grabación aparecía Paola.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.
Rodrigo levantó unos papeles.
—Buscando lo que será mío de todos modos.
Paola se llevó una mano a la boca.
—Yo no sabía que estabas grabando.
Rodrigo perdió el control.
—¡Cállate!
Intentó acercarse al televisor.
Dos personas lo detuvieron.
Entonces llegó la peor grabación.
Rodrigo estaba junto a la cama de nuestro padre.
Papá apenas podía incorporarse.
Mi hermano colocó varios documentos frente a él.
—Firma.
—¿Qué es?
—Papeles del hospital.
Pero no eran papeles médicos.
Eran autorizaciones financieras.
Sentí náuseas.
Mi padre había conservado aquella prueba durante meses.
La mujer de la Fiscalía cerró lentamente su carpeta.
—Señor Salgado, tendremos varias preguntas para usted.
Rodrigo me miró.
Su odio había desaparecido.
Ahora había miedo.
—Mariana…
—No.
Fue la primera vez que pronunciar su nombre no me produjo ninguna culpa.
Octavio levantó la última hoja.
—Falta leer la disposición testamentaria.
Todos volvieron a callarse.
Rodrigo levantó la cabeza.
Todavía esperaba algo.
Una casa.
Un terreno.
Una última oportunidad.
—Don Ernesto ordenó que cualquier cantidad que el señor Rodrigo hubiera recibido irregularmente fuera considerada adelanto de herencia.
El rostro de mi hermano se relajó ligeramente.
Hasta que Octavio terminó:
—Y como dicha cantidad supera ampliamente lo que le correspondía…
Hizo una pausa.
—Rodrigo Salgado no recibirá ningún otro bien de la sucesión.
Paola soltó un grito.
Rodrigo quedó blanco.
—¿Y la casa?
—No es suya.
—¿Las inversiones?
—Tampoco.
—¿Entonces quién se queda con todo?
Octavio me miró.
Pensé que diría mi nombre.
Pero negó lentamente.
—Mariana tampoco.
Eso sí me sorprendió.
Sacó el sexto sobre.
—La mayor parte del patrimonio fue transferida antes del fallecimiento a un fideicomiso.
—¿Para quién? —pregunté.
Octavio me entregó el sobre.
Dentro había una fotografía que jamás había visto.
Mi padre aparecía joven junto a una mujer que sostenía a una niña pequeña.
En el reverso había una dirección.
Y una frase:
“Mariana, antes de aceptar cualquier herencia, debes conocer a tu hermana.”
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Mi qué?
Rodrigo dejó de mirar a la Fiscalía.
Ahora miraba la fotografía.
Y su reacción me dijo algo todavía peor.
Él ya conocía a aquella mujer.
—Rodrigo.
Me acerqué.
—¿Quién es?
Mi hermano apretó los labios.
Octavio respondió por él.
—La verdadera razón por la que su padre descubrió el dinero desaparecido.
Miré nuevamente la fotografía.
La niña tendría unos cinco años.
Pero detrás había una fecha.
Veintisiete años atrás.

Octavio cerró la caja fuerte.
—Su padre no preparó todo esto únicamente para descubrir a un ladrón.
Me entregó una última llave.
—También quería reunir a las dos hijas que Rodrigo llevaba años intentando mantener separadas.