Alejandro leyó la nota tres veces.
Después me llamó.
No respondí.
Volvió a llamar.
Una vez.
Cinco.
Diez.
Finalmente llegó un mensaje:
“Camila, ¿qué significa esto?”
Sonreí.
Significaba exactamente lo que había pedido.
Libertad.
Los muebles eran míos.
Los había comprado con mis ahorros antes de dejar mi carrera. Las pinturas pertenecían a mi familia. Incluso las cortinas las había pagado yo.
La casa podía quedarse allí.
Vacía.
Porque Emma y yo ya no vivíamos en ella.
Había alquilado un apartamento pequeño cerca de su escuela.
Dos habitaciones.
Un balcón.
Nada impresionante.
Pero por primera vez en años, aquel espacio se sentía completamente mío.
Tres días después abrí una caja que llevaba cinco años guardada.
Dentro estaba mi antigua computadora.
La encendí.
Encontré proyectos.
Presentaciones.
Contactos.
Y un correo que nunca pensé utilizar.
Pertenecía a Samuel Ortega, antiguo director de la empresa donde trabajaba antes de casarme.
Escribí:
“¿Sigue en pie aquella oferta de volver algún día?”
La respuesta llegó nueve minutos después.
“Camila, llevo cinco años esperando ese mensaje.”
Un mes después regresé al mundo empresarial.
No como directora.
Empecé como consultora externa.
Tenía demasiado que reaprender.
Trabajaba mientras Emma estaba en la escuela y estudiaba después de acostarla.
Fue agotador.
Pero cada noche terminaba cansada por construir algo mío.
No por sostener la vida de otra persona.
Tres meses después conseguí mi primer gran cliente.
Seis meses después dirigía nuevamente un equipo.
Y nueve meses después ocurrió algo que jamás habría imaginado.
Entré en una sala de reuniones y encontré a Alejandro sentado al otro lado de la mesa.
Su rostro cambió al verme.
—Camila.
Dejé mi carpeta sobre la mesa.
—Señor Santoro.
Él miró a Samuel.
—¿Ella participa en este proyecto?
Samuel sonrió.
—No participa.
—Lo dirige.
Alejandro quedó en silencio.
La empresa de su exmarido necesitaba nuestra consultoría para salvar una operación que llevaba meses perdiendo dinero.
Y yo era responsable del equipo encargado de decidir si aceptaríamos el contrato.
Durante la reunión Alejandro apenas apartó los ojos de mí.
Cuando terminamos, me alcanzó en el pasillo.
—Has cambiado.
Seguí caminando.
—No.
Me detuve frente al ascensor.
—Volví.
Las puertas se abrieron.
Antes de entrar, Alejandro preguntó:
—¿Por qué nunca me dijiste que querías regresar a trabajar?
Lo miré.
—Porque durante años nunca preguntaste qué quería.
Las puertas se cerraron entre nosotros.
Aquella noche recogí a Emma.
Corrió hacia mí sosteniendo un dibujo.
—¡Mamá!
Había dibujado dos figuras tomadas de la mano.
Ella y yo.
Sobre nuestras cabezas había escrito:
“Mi mamá trabaja y siempre vuelve por mí.”
Tuve que contener las lágrimas.
Entonces mi teléfono vibró.
Un correo de Samuel.
“Necesitamos hablar mañana. El consejo tomó una decisión.”
Debajo había un documento.
Lo abrí.
Y me quedé inmóvil.
La compañía acababa de aprobar mi ascenso como socia.
Pero eso no era lo sorprendente.
Nuestro primer gran proyecto bajo mi dirección sería una adquisición.
La empresa objetivo aparecía en la última página.
Santoro Technologies.
La compañía de Alejandro.
El hombre que creyó que yo no podía sobrevivir sin sus ingresos estaba a punto de descubrir algo.
Yo no quería su dinero.
No quería su casa.
Ni siquiera quería verlo fracasar.
Solo quería recuperar a la mujer que había abandonado para convertirme en su esposa.

Y ahora esa mujer había regresado.
Esta vez…
Alejandro tendría que sentarse frente a ella y negociar.