PARTE 2: LA FIRMA FALSA

—Antes de continuar —dijo el detective Reynolds—, necesito saber si Andrew tenía algún motivo para querer que Katie no llegara a casa.

Sentí que se me helaban las manos.

—No entiendo.

Reynolds colocó su teléfono sobre la mesa.

—Encontramos una cámara de seguridad cerca del lugar del atropello.

Mi corazón se detuvo.

—¿Aparece Andrew?

—Aparece su automóvil.

No tuve tiempo de procesarlo.

Katie se removió en la cama.

—Mamá…

Me acerqué inmediatamente.

—Estoy aquí.

—Papá estaba enfadado.

Reynolds permaneció en silencio.

Katie tragó saliva.

—Lo escuché hablando con la abuela Barbara. Dijeron que tenían que vender la casa antes de que tú descubrieras algo.

Todo empezó a encajar de una forma horrible.

Nuestra casa había pertenecido a mis padres.

Andrew nunca había puesto un centavo en ella.

—¿Qué descubriste, cariño?

—Había papeles en el despacho.

Katie cerró los ojos, agotada.

—Les tomé fotos con mi tableta.

Reynolds me miró.

Dos horas después, la policía recuperó las imágenes.

La primera mostraba un documento.

Poder legal.

Supuestamente firmado por mí.

Autorizaba a Andrew a gestionar y vender la propiedad.

La segunda fotografía mostraba algo peor.

Un contrato preliminar de venta.

La casa ya tenía comprador.

—Yo nunca firmé esto —dije.

Reynolds asintió.

—Eso sospechábamos.

La puerta se abrió.

Barbara entró acompañada de Andrew.

—¿Qué hace la policía aquí? —preguntó ella.

Andrew vio al detective.

Después vio los documentos.

Y se quedó blanco.

Barbara reaccionó primero.

—Seguro que todo tiene una explicación.

Reynolds levantó el poder legal.

—Perfecto. Entonces pueden explicarnos por qué la firma de su nuera parece falsificada.

Barbara dejó de respirar por un instante.

Andrew retrocedió.

—Mamá me dijo que ella había aceptado…

—¡Cállate! —espetó Barbara.

Aquello fue suficiente.

Reynolds observó a ambos.

—Interesante.

Andrew comprendió demasiado tarde lo que acababa de hacer.

Me acerqué a él.

—Katie te vio, ¿verdad?

—No fue como piensas.

—Ella dice que la empujaste.

—Solo intenté quitarle la tableta.

Mi estómago se revolvió.

—¿Y después?

Andrew bajó la mirada.

No necesitaba escuchar más.

Barbara intentó intervenir.

—Todo esto es un malentendido familiar.

Reynolds la miró fríamente.

—Un documento falsificado y una niña hospitalizada no son un problema familiar.

Entonces otro agente entró y le susurró algo.

Reynolds abrió una carpeta recién entregada.

—Parece que también tenemos los registros del notario y varias transferencias relacionadas con la venta.

Barbara perdió finalmente su arrogancia.

—¿Transferencias?

Reynolds giró una página.

—El adelanto de la venta no fue depositado en la cuenta de Andrew.

Miró directamente a mi suegra.

—Fue enviado a una cuenta a nombre de Barbara.

Ella se quedó paralizada.

Andrew la miró como si acabara de descubrir que tampoco él conocía todo el plan.

—Mamá… dijiste que ese dinero era para pagar mis deudas.

Barbara no respondió.

Y entonces comprendí algo.

Andrew había traicionado a su propia hija para proteger el fraude.

Pero Barbara también había estado engañándolo a él.

Me acerqué a la cama de Katie y tomé su mano.

Ya no me importaba su fiesta.

Ni sus amenazas.

Ni salvar mi matrimonio.

—Detective —dije—, quiero presentar cargos y entregarles todo lo que tengo.

Andrew levantó la cabeza.

—¿Vas a destruir nuestra familia?

Lo miré.

—No.

Apreté suavemente la mano de mi hija.

—Estoy protegiendo lo único que queda de ella.

Reynolds pidió a Andrew y Barbara que lo acompañaran.

Antes de salir, Barbara se volvió hacia mí.

Por primera vez, parecía asustada.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Sí lo sé.

Pero entonces Katie abrió los ojos nuevamente.

—Mamá…

Me incliné.

Ella señaló débilmente su tableta.

—Hay otra foto.

Reynolds se detuvo.

Abrimos el último archivo.

Y al verlo, incluso Andrew dejó de hablar.

No era otro contrato.

Era una fotografía tomada accidentalmente desde la puerta del despacho.

Barbara aparecía entregándole dinero a un hombre.

El mismo automóvil que había atropellado a Katie estaba estacionado detrás de él.

Pero eso no era lo peor.

En la mesa, junto al dinero, había una segunda carpeta.

En su portada podía leerse mi nombre.

Y debajo:

PÓLIZA DE SEGURO DE VIDA.

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