Daniel permaneció mirando el acuerdo.
—Sofía, ¿de verdad crees que necesito tu dinero?
—Entonces firma.
Le entregué el bolígrafo.
Margaret golpeó el mostrador.
—¡No firmes nada! Esto es una humillación.
—Qué curioso —respondí—. Pedirme una casa tres días después de casarme no te pareció humillante.
Ethan intervino:
—¡Ya habías dicho que el apartamento sería mío!
—Y puede serlo. La condición está delante de ustedes.
Entonces Brittany colgó el teléfono.
—Ethan… tenemos un problema.
Su padre no compraría ninguna casa. Peor aún: acababa de descubrir que Brittany llevaba meses diciendo a los Hayes que su familia era mucho más rica de lo que realmente era.
Margaret la miró horrorizada.
—¿Entonces qué aportas tú al matrimonio?
Brittany soltó una risa amarga.
—¿Eso es lo único que le importa?
Nadie respondió.
Yo miré a Daniel.
Seguía sin firmar.
Y esa fue mi respuesta.
Recogí el contrato.
—La transferencia queda cancelada.
—¡Sofía! —gritó Margaret.
—Querías comprobar cuánto estaba dispuesta a sacrificar por esta familia. Yo quería comprobar cuánto tardarían ustedes en intentar quedarse con lo mío.
Daniel me siguió hasta la salida.
—Estás destruyendo nuestra relación por una propiedad.
Me detuve.
—No, Daniel. Tu familia intentó destruirla por una propiedad.
—Mi madre solo quería ayudar a Ethan.
—Con algo que no era suyo.
Él guardó silencio.
Entonces Margaret salió detrás de nosotros.
—¡Daniel, dile que recuerde quién manda en esta familia!
Lo miré esperando que, por una vez, me defendiera.
Daniel bajó la mirada.
—Sofía… quizá podrías transferir el apartamento y luego hablamos del contrato.
Sonreí.
Ahí murió lo último que quedaba de mi ingenuidad.
Saqué el teléfono y llamé a mi padre.
—Papá, tenías razón.
Hubo un breve silencio.
—¿Descubrieron la primera propiedad?
—Sí.
—¿Y las otras cuatro?
Miré a Margaret.
Estaba tan cerca que escuchó perfectamente.
—Todavía no saben nada.
Su rostro cambió.
—¿Qué otras cuatro?
Mi padre respondió desde el teléfono:
—Entonces ya conociste sus verdaderas intenciones. Vuelve a casa.
Colgué.
Margaret se acercó.
—Sofía, ¿qué quiso decir tu padre?
Abrí mi bolso.
Saqué un pequeño llavero.
Cinco llaves.
—El apartamento que querías regalarle a Ethan era solo una de las cinco propiedades que recibí antes de casarme.
Nadie habló.
Ethan dejó de sonreír.
Daniel me miró atónito.
—¿Tienes cinco propiedades?
—Tenía que saber si te habías casado conmigo o con lo que pensabas que podía darte.
—¡Me mentiste!
Negué lentamente.
—Nunca me preguntaste cuántas tenía.
Guardé las llaves.
—Y después de hoy, ninguna de ellas tendrá nada que ver con los Hayes.
Margaret cambió inmediatamente de tono.
—Sofía, querida, todo esto ha sido un malentendido…
La miré.
Tres minutos antes me había ordenado regalar una casa.
Ahora volvía a llamarme “querida”.
—No. Ha sido muy útil.
Me marché.
Pero esa misma noche recibí una llamada de mi abogado.
—Señora Bennett, necesito que venga mañana.
—¿Ocurrió algo?
—Su esposo solicitó información sobre sus propiedades hace dos semanas.
Me quedé inmóvil.
Dos semanas.
Nos habíamos casado hacía apenas tres días.
—¿Está seguro?
—Completamente.

Miré mi anillo de bodas.
Daniel no había descubierto aquella mañana que yo tenía más patrimonio.
Ya lo estaba buscando antes de casarse conmigo.
Y de repente comprendí que la petición de Margaret quizá nunca había sido idea de Margaret.