A las cinco de la mañana conseguí quitar la rejilla.
No recuerdo cómo llegué hasta la calle. Solo recuerdo la lluvia, el dolor y las luces de una patrulla deteniéndose frente a mí.
Desperté horas después en el hospital.
Mi pierna necesitó cirugía.
Cuando la enfermera preguntó qué había ocurrido, respondí:
—No me caí. Mi suegra me golpeó y mi esposo impidió que pidiera ayuda.
Tres días después, Mauricio apareció con Beatriz y Rogelio.
Beatriz sonreía.
—Mira todo el drama que armaste por una caída.
Mauricio se inclinó hacia mi cama.
—Cuando salgas, volverás a casa y dirás que fue un accidente.
No contesté.
Saqué de debajo de la almohada un pequeño grabador.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Presioné reproducir.
Su propia voz llenó la habitación:
“Luego dejará su trabajo y se quedará aquí. Así por fin podremos controlarla.”
Beatriz palideció.
—¡Eso está manipulado!
—También grabé lo que ocurrió antes.
Mauricio intentó arrebatarme el aparato, pero una enfermera se interpuso.
Entonces tomé mi teléfono.
—Licenciada Herrera, puede proceder.
Mi abogada respondió por altavoz:
—Daniela, no salgas del hospital con ninguno de ellos. Ya presentamos la denuncia y la solicitud de protección.
Mauricio soltó una carcajada nerviosa.
—Una grabación no demuestra nada.
—No tenemos solamente una grabación —respondió ella.
Hubo un breve silencio.
—La policía está revisando la casa.
Los tres se quedaron inmóviles.
Rogelio fue el primero en mirar a Beatriz.
—¿Qué van a encontrar?
Ella no respondió.
Entonces Mauricio perdió el control.
—¡Mamá, te dije que tiraras esas cosas!
La habitación quedó completamente en silencio.
Mi abogada habló otra vez.
—Gracias, Mauricio. Creo que todos escuchamos eso.
Dos agentes aparecieron en la puerta.
Beatriz retrocedió.
—Daniela, somos familia.
La miré.
—Una familia no deja a alguien con una pierna rota en el suelo para enseñarle a obedecer.
Uno de los policías se acercó a Mauricio.
—Señor, necesitamos que nos acompañe.
Su arrogancia desapareció.
Pero antes de que se lo llevaran, el teléfono de mi abogada volvió a sonar.
Escuchó durante unos segundos.
—Daniela…
Su tono había cambiado.
—Encontraron tus documentos, tus tarjetas y varias pertenencias guardadas bajo llave.
Respiré profundamente.
—¿Eso es todo?
—No.
Miró hacia los policías.
—También encontraron una carpeta con tu nombre.
Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué contiene?
Mi abogada tardó unos segundos en responder.
—Una póliza de seguro de vida que tú nunca firmaste.
Mauricio dejó de forcejear.
Y por primera vez desde que entró al hospital, no parecía enfadado.
Parecía aterrorizado.