Durante los primeros siete días, Fu Hanchuan no me buscó.
Estaba demasiado ocupado acompañando a Shen Qingwei.
La señora Wang me lo contó después.
Qin Qing seguía visitándola con cualquier excusa y ella le enviaba todo lo que ocurría en la mansión Fu.
—El señor solo preguntó una vez si la señora había regresado por su ropa.
—¿Y qué respondió usted?
—Que la habitación estaba vacía.
No era mentira.
Antes de desaparecer, no dejé ni un solo objeto que pudiera hacer pensar que volvería.
Solo un sobre blanco sobre la cama.
Dentro había una única hoja.
“A partir de hoy, la deuda entre Lin Wan y Fu Hanchuan queda saldada.”
Ni una palabra más.
Sin reproches.
Sin despedidas.
El octavo día ocurrió algo inesperado.
Encontraron un automóvil calcinado al borde de un acantilado.
Dentro había restos humanos imposibles de identificar de inmediato.
El vehículo estaba registrado a nombre de una empresa que yo había utilizado durante el divorcio.
La noticia apareció esa misma tarde.
“Mujer desaparecida podría haber muerto en accidente.”
Qin Qing fue quien impulsó discretamente el rumor.
Nunca afirmó que fuera yo.
Solo permitió que todos llegaran solos a esa conclusión.
Y Hanchuan también cayó en la trampa.
La señora Wang me llamó aquella noche.
—Señora…
Era la primera vez que volvía a llamarme así.
—¿Qué pasó?
—El señor… acaba de regresar de la policía.
Guardó silencio unos segundos.
—Está llorando.
Cerré los ojos.
No sentí satisfacción.
Solo un extraño vacío.
Durante tres años soñé con que aquel hombre llorara por mí.
Ahora que ocurría…
Ya no significaba nada.
Dos días después celebraron un funeral simbólico.
Sin cuerpo.
Sin ataúd.
Solo una urna vacía.
Fu Hanchuan permaneció de pie durante horas frente al retrato que habían elegido.
Era una fotografía tomada durante nuestro primer aniversario.
Yo sonreía.
Él me abrazaba por detrás.
Qué irónico.
Aquella fue la única fotografía donde parecía amarme.
Cuando todos los invitados comenzaron a marcharse, la señora Wang escuchó algo que jamás creyó oír.
Hanchuan acarició el marco de la fotografía y murmuró:
—Wanwan… vuelve.
Nadie respondió.
Porque Lin Wan ya no existía.
Mientras tanto, en Ciudad Sur, mi nueva vida acababa de empezar.
—Señorita Lin Chuying.
El director creativo del Grupo Aurora me tendió la mano.
—Bienvenida.
Sonreí con serenidad.
Mi estudio ocupaba el último piso del edificio.
Amplios ventanales.
Mesas de diseño.
Herramientas para joyería.
Nadie conocía mi pasado.
Solo sabían una cosa.
Había ganado el premio europeo de diseño bajo un seudónimo.
Aquella parte tampoco era mentira.
Durante mis años junto a Fu Hanchuan nunca dejé de diseñar.
Solo que él jamás se interesó por mi trabajo.
Decía que eran “dibujitos sin valor”.
Ahora aquellas mismas piezas financiaban mi nueva identidad.
Una semana después recibí un correo cifrado.
No tenía remitente.
Solo un archivo.
Lo abrí.
Era el primer resultado de los tres correos que envié antes de desaparecer.
La autoridad tributaria había iniciado una auditoría extraordinaria contra el Grupo Fu.
El segundo correo había llegado a la comisión reguladora.
El tercero…
Seguía sin respuesta.
Precisamente el más importante.
El relacionado con el accidente de la familia Shen.
Qin Qing me llamó esa noche.
—Wanwan.
—¿Sí?
—Hay algo raro.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué pasó?
—Investigué el accidente de hace tres años.
El mismo accidente en el que Shen Qingwei desapareció.
Esperé.
—El coche nunca explotó.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Los informes públicos fueron modificados.
Los bomberos originales declararon otra cosa.
Abrí inmediatamente mi portátil.
Qin continuó.
—También encontré algo más.
—Habla.
—Antes de desaparecer, Shen Qingwei retiró casi ochenta millones de yuanes desde una cuenta abierta en el extranjero.
Ochenta millones.
Una víctima no huye con semejante cantidad.
Mi respiración comenzó a acelerarse.
—¿Quién autorizó la transferencia?
Qin guardó silencio.
Después respondió muy despacio.
—La firma digital pertenece al propio Fu Hanchuan.
Miré la pantalla durante varios segundos.
Entonces comprendí que había estado investigando la historia equivocada.
Creía que Shen Qingwei era la mujer por la que mi esposo me había destruido.
Pero quizá…
Ella nunca había sido la víctima.
En ese mismo instante llegó el tercer correo.
El remitente seguía siendo anónimo.
Solo contenía una fotografía.

Era una imagen tomada tres años atrás, apenas unas horas antes del supuesto accidente.
En ella aparecían Shen Qingwei… y un hombre al que conocía perfectamente.
No era Fu Hanchuan.
Era su hermano menor, Fu Hanlin, oficialmente muerto desde hacía cinco años.