PARTE 2: YO NUNCA FUI SU ESPOSA POR CASUALIDAD.

Cerré el portátil justo cuando la puerta principal se abrió.

No tenía tiempo para volver a guardar todo.

Tomé mi teléfono, fotografié rápidamente la pantalla y envié las imágenes a mi hermana junto con una sola frase:

“Llama a la policía si dejo de responder.”

Después escuché la voz de Daniel.

—Sofía, ¿estás despierta?

No contesté.

Sus pasos se acercaron al dormitorio.

Cuando apareció en la puerta y vio la maleta abierta, dejó de sonreír.

—¿Qué estás haciendo?

—¿Quién soy, Daniel?

Su mirada cayó sobre el portátil.

Por primera vez en dos años vi miedo en su rostro.

—Puedo explicarlo.

—¿Desde ocho meses antes de conocerme?

Retrocedí hacia la puerta.

Daniel no intentó acercarse.

—No empezó como crees.

—Entonces explícame “OBJETIVO 01”.

Guardó silencio.

Eso fue suficiente.

Salí del apartamento y fui directamente a casa de mi hermana.

A la mañana siguiente entregamos las fotografías y el portátil a las autoridades.

La investigación reveló que “PACIENTES” no era una lista médica.

Eran personas.

Había nombres, fotografías, horarios y registros de seguimiento.

Yo aparecía primero.

Pero no era la única.

Daniel trabajaba desde años atrás para una pequeña empresa privada de investigación llamada Meridian Behavioral Consulting.

Oficialmente estudiaba hábitos de consumo.

Los archivos mostraban algo diferente.

Seguían a personas seleccionadas, recopilaban información privada y preparaban informes para clientes.

Pero mi expediente tenía una particularidad.

No figuraba ningún cliente.

Solo un código:

B17.

Y los pagos relacionados con mi seguimiento habían comenzado antes de que Daniel me conociera.

—¿Por qué alguien pagaría durante años para vigilarme? —pregunté.

La respuesta apareció en la carpeta PAGOS.

Mi padre había muerto cuando yo tenía veintisiete años.

Siempre creí que había dejado pocas cosas: la casa de mi infancia, algunos ahorros y su pequeña empresa.

Pero Daniel había guardado copias de documentos que yo jamás había visto.

Mi padre poseía una participación silenciosa en Bennett Biomedical.

Una empresa que acababa de ser adquirida por más de ochocientos millones de dólares.

Yo era su beneficiaria.

Entonces encontramos el archivo que cambió todo.

“FASE FINAL.”

Decía:

“El matrimonio permite acceso continuo al objetivo. Mantener confianza hasta resolución del patrimonio Bennett.”

Daniel no se había casado conmigo porque alguien quisiera estudiarme.

Se había casado conmigo para permanecer cerca hasta que apareciera aquella herencia.

Pero todavía faltaba descubrir quién había contratado a Meridian.

Tres días después, un investigador me mostró una transferencia antigua.

El código B17 correspondía a una cuenta corporativa.

Reconocí inmediatamente el nombre de la empresa.

Había pertenecido al mejor amigo de mi padre.

Thomas Reed.

El mismo hombre que, después del funeral, me abrazó y prometió:

—Sofía, mientras yo viva, cuidaré de ti como si fueras mi propia hija.

Miré nuevamente la fecha del primer pago.

Thomas había contratado a Daniel exactamente dos semanas después de la muerte de mi padre.

Y ocho meses después, aquel desconocido apareció “por casualidad” en una cafetería y comenzó la historia de amor que yo había creído real.

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