La directora cerró las puertas del auditorio.
—Nadie relacionado con la competencia puede abandonar el edificio hasta que terminemos la revisión.
Valeria soltó una carcajada nerviosa.
—¿Me están acusando por un fallo informático?
La directora sacó varias hojas.
—La cuenta vinculada a su oficina solicitó reducir las puntuaciones de Mateo y Daniel.
Santiago la miró.
—¿Intentaste manipular el concurso?
—¡Lo hice por Patricio!
Las cámaras seguían grabando.
Valeria comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.
Pero Santiago ya no estaba mirando los documentos de la competición.
Había visto otra carpeta dentro del folder rojo.
Mi nombre aparecía en ella.
ELENA RÍOS.
—¿Qué es eso?
La directora dudó.
—Durante la auditoría encontramos coincidencias con archivos antiguos del Grupo Montero.
Trece años atrás, la fundación de la empresa había pagado parte de mis gastos hospitalarios.
Santiago frunció el ceño.
—Yo cancelé esos pagos después del divorcio.
—No exactamente.
La directora colocó frente a él una copia de una transferencia.
Alguien había ordenado cancelar mi cobertura médica dos días antes de que Santiago firmara el divorcio.
La autorización llevaba su firma electrónica.
—Yo no hice esto.
Lo miré.
—Pero creíste que sí.
Santiago guardó silencio.
Entonces apareció otro documento.
Un correo enviado desde la oficina de Valeria trece años atrás.
“Los bebés probablemente no sobrevivirán. Elena aceptó que Santiago continúe con su vida.”
Nunca escribí aquello.
—Valeria… —susurró Santiago.
Ella retrocedió.
—Tu familia quería que terminaras con ella.
—¿Qué hiciste?
La verdad salió poco a poco.
Valeria trabajaba entonces como asesora de la familia Montero.
Había interceptado mis mensajes.
Le dijo a Santiago que yo no quería verlo.
A mí me hizo llegar documentos asegurando que Santiago rechazaba cualquier responsabilidad sobre los bebés.
Pero aquello no absolvía a Santiago.
Me giré hacia él.
—Podías haber venido al hospital.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
—Podías haber preguntado si tus hijos estaban vivos.
No respondió.
—Trece años, Santiago.
Mateo había entendido suficiente.
—¿Él es nuestro padre?
Asentí.
Daniel permaneció callado unos segundos.
Después preguntó:
—¿Nos buscaste alguna vez?
Santiago abrió la boca.
No encontró ninguna mentira que pudiera salvarlo.
—No.
Daniel asintió.
—Entonces mamá tenía razón.
Aquella frase pareció destruirlo más que cualquier escándalo.
La investigación sobre la competencia continuó.
Las puntuaciones originales demostraron que los gemelos habían ganado limpiamente.
Valeria fue apartada del comité patrocinador y su intento de manipulación quedó bajo investigación.
Santiago pidió una prueba de ADN.
No me opuse.
99,99 %.
Mateo y Daniel eran sus hijos.
Pero el informe trajo otra sorpresa.
El médico pidió repetir la muestra de Patricio porque había surgido una incompatibilidad evidente.
Tres días después Santiago recibió el segundo resultado.
Patricio no era su hijo biológico.
Me llamó aquella noche.
No contesté.
Entonces llegó un mensaje:
“Elena, encontré algo sobre el hospital.”
Adjuntó una fotografía de trece años atrás.
Valeria aparecía hablando con el médico que había firmado el informe donde aseguraban que mis gemelos probablemente no sobrevivirían.
Debajo, Santiago escribió:

“Ese hombre recibió dinero de ella.”
Miré a Mateo y Daniel haciendo la tarea en nuestra mesa.
Y comprendí que Valeria no solamente había intentado borrar sus puntuaciones.
Trece años atrás había intentado borrarlos de la vida de su padre antes incluso de que nacieran.