Verónica abrió la puerta con una sonrisa.
—Llegan justo a tiempo.
Pero su expresión desapareció.
No había médicos.
Había dos policías, una trabajadora de protección de menores y Julián Ortega, el abogado de Alejandro Mendoza.
Detrás de ellos estaba Alejandro.
—¿Dónde está mi nieto?
Mateo escuchó aquellas palabras desde el pasillo.
Mi nieto.
Verónica palideció.
—No sé de qué está hablando.
Alejandro levantó la fotografía encontrada en el cementerio.
—Daniel Mendoza era mi hijo.
Mateo dejó caer los pedazos de su carta de Harvard.
Verónica intentó cerrar la puerta.
La trabajadora social la detuvo.
—Tenemos una orden de protección provisional para Mateo García.
Julián colocó otra carpeta sobre la mesa.
—Y una solicitud judicial para congelar las cuentas relacionadas con su fideicomiso.
Verónica perdió la calma.
—¡Ese dinero era para mantenerlo!
—Entonces tendrá que explicar por qué pagó un departamento en Cancún, dos automóviles y cientos de miles de pesos en apuestas —respondió Julián.
Mateo permanecía inmóvil.
Alejandro se acercó lentamente.
—No tienes que venir conmigo si no quieres.
Sacó la fotografía.
—Pero cometí un error hace muchos años con tu padre.
Su voz tembló.
—No pienso cometer otro contigo.
Mateo miró al hombre de la imagen.
Después miró a Alejandro.
Por primera vez notó que tenían los mismos ojos.
Aquella noche Verónica no pudo internarlo.
El supuesto médico nunca apareció.
Cuando los investigadores revisaron sus documentos descubrieron por qué.
El diagnóstico psiquiátrico había sido preparado antes de que Mateo mencionara Harvard.
Verónica llevaba meses planeando declararlo incapaz.
A los dieciocho años, Mateo obtendría control directo sobre una parte importante del fideicomiso de Daniel.
Si era declarado legalmente incapaz, ella podía intentar conservar la administración.
Pero todavía faltaba algo.
Julián encontró el testamento original de Daniel.
Alejandro lo leyó tres veces.
Daniel había dejado acciones del Grupo Mendoza a cualquier hijo suyo que sobreviviera.
Mateo no solamente tenía una herencia económica.
Poseía una participación en la empresa familiar.
—¿Cuánto? —preguntó Elena.
Julián respiró profundamente.
—Con la reestructuración de estos quince años, aproximadamente el nueve por ciento.
Alejandro cerró los ojos.
Su nieto había vivido contando monedas mientras era dueño de una fortuna.
Mateo solo preguntó:
—¿Eso significa que puedo ir a Harvard?
Elena comenzó a llorar.
Alejandro rio por primera vez aquella noche.
—Significa que mañana mismo empezamos con tu pasaporte.
Pero Julián no sonrió.
Había encontrado algo más.
—Alejandro, necesitamos hablar sobre Laura.
La habitación quedó en silencio.
—¿Qué pasa con ella?
El abogado mostró un documento.
La supuesta muerte de Laura había ocurrido cuando Mateo tenía dos años.
Sin embargo, el fideicomiso registraba una transferencia autorizada por ella cuando Mateo tenía siete.
Cinco años después.
Mateo se puso de pie.
—Eso es imposible.
Julián colocó otra hoja sobre la mesa.
Era una solicitud bancaria.
Firma:
Laura García.
Y debajo aparecía el nombre de la persona que había certificado personalmente su identidad.
Verónica García.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
Porque aquello significaba una de dos cosas.

O Verónica había falsificado durante años la firma de una mujer muerta.
O Mateo acababa de descubrir que quizá también le habían mentido sobre la muerte de su madre.