PARTE 2: YA NO SOY LA SEÑORA XIA

El estudio de Tang Fei ocupaba dos plantas de un antiguo edificio industrial.

La habitación que me había preparado era pequeña.

Una cama.

Un escritorio.

Una ventana orientada al sur.

Aquella primera noche dormí mejor que durante los últimos cinco años.

A la mañana siguiente, Tang Fei dejó una carpeta delante de mí.

—Hay alguien que quiere verte.

—¿Quién?

—El director de I+D de Renhe Medical.

Me quedé inmóvil.

—¿Renhe?

—Quieren reiniciar tu antiguo proyecto de rehabilitación.

Abrí la carpeta.

En la portada aparecía un diseño que reconocí inmediatamente.

Era mío.

El prototipo que había creado a los veintitrés años.

Tang Fei me miró.

—Durante cinco años todos creyeron que desapareciste del sector porque no eras suficientemente buena.

Hizo una pausa.

—Es hora de recordarles quién eras antes de convertirte en la señora Xia.

Tres semanas después firmé el contrato.

Y, por primera vez en años, mi nombre volvió a aparecer donde realmente pertenecía:

Diseñadora principal: Lin Wan.

No “señora Xia”.

No “madre de Xiao Yu y Xiao Man”.

Lin Wan.

Mientras tanto, Xia Jingheng comenzó a descubrir cómo funcionaba realmente aquella casa sin mí.

La primera llamada llegó un domingo.

—Mamá, ¿dónde está mi uniforme de educación física?

Era Xiao Yu.

—Pregunta a papá.

—Papá no sabe.

Escuché a Xia Jingheng decir algo al fondo.

Después tomó el teléfono.

—¿Dónde guardabas los uniformes?

—Segundo cajón del armario blanco.

Silencio.

—No están.

—Entonces pregúntale a Shen Lingyi.

Colgué.

Dos días después volvió a llamar.

Esta vez era Xiao Man.

—Mamá, no encuentro mi medicina para la alergia.

Mi corazón se tensó inmediatamente.

Le expliqué dónde estaba y qué debía mostrarle a su padre.

Aquella noche Xia Jingheng me llamó.

—¿Cuándo vuelves?

—No voy a volver.

—Los niños te necesitan.

Cerré los ojos.

—Cuando vivía allí, nadie parecía pensar eso.

No respondió.

—Jingheng, no confundas necesitar todo lo que hacía con necesitarme a mí.

Por primera vez, no encontró una respuesta.

Un mes después llegó la competición de robots.

No pensaba asistir.

Hasta que Xiao Yu me llamó personalmente.

—Mamá…

Su voz sonaba diferente.

—¿Puedes venir?

Guardé silencio.

—Pensé que querías que fuera Lingyi.

—Ella no sabe arreglarlo.

—¿Arreglar qué?

—El robot.

Cuando llegué al recinto, Xiao Yu estaba sentado en el suelo con los ojos rojos.

Shen Lingyi permanecía a su lado intentando consolarlo.

Xia Jingheng también estaba allí.

Me agaché frente al robot.

—Déjame verlo.

Xiao Yu dudó.

—Mamá… ¿tú sabes?

No contesté.

Abrí la carcasa.

Revisé el módulo.

Reprogramé dos parámetros y corregí el sensor delantero.

Doce minutos.

El robot volvió a funcionar.

Xiao Yu me miraba con la boca entreabierta.

—¿Cómo lo hiciste?

Sonreí.

—Porque mamá también sabe hacer algunas cosas.

Shen Lingyi se quedó en silencio.

Pero Xia Jingheng palideció.

Había reconocido el sistema.

—Ese algoritmo…

Levanté la mirada.

—Sí.

—¿Era tuyo?

—El prototipo original, sí.

Aquella noche investigó por primera vez mi nombre en archivos antiguos de Xia Medical.

Encontró patentes.

Diseños.

Presentaciones.

Y finalmente el proyecto por el que me había conocido años atrás.

Entonces descubrió algo todavía peor.

El nuevo dispositivo que Xia Medical llevaba meses intentando desarrollar utilizaba conceptos derivados de aquel trabajo.

Y yo acababa de firmar con su principal competidor.

Dos días después apareció en Nancheng.

—¿Firmaste con Renhe?

—Sí.

—¿Por qué no hablaste conmigo primero?

Lo miré sorprendida.

—¿Como qué?

—Como mi esposa.

—Estamos divorciándonos.

Su mandíbula se tensó.

—Todavía no hemos terminado los trámites.

—Entonces como futura exesposa tampoco necesito tu autorización profesional.

Se quedó callado.

Finalmente preguntó:

—¿Todo esto es para vengarte?

Negué.

—Ese es precisamente tu problema, Jingheng.

—¿Cuál?

—Todavía crees que todo lo que hago gira alrededor de ti.

La sentencia de divorcio llegó meses después.

La custodia principal permaneció temporalmente con Xia Jingheng, pero establecimos un régimen claro de visitas.

Nunca intenté obligar a mis hijos a elegirme.

Simplemente volví a formar parte de sus vidas sin competir con nadie.

Poco a poco las cosas cambiaron.

Una tarde, Xiao Man corrió hacia mí al salir del jardín de infancia.

—¡Mamá!

Shen Lingyi estaba a pocos metros.

La niña ni siquiera la miró.

Se lanzó directamente a mis brazos.

Xiao Yu salió detrás.

Llevaba una pequeña caja.

—Te hice algo.

Dentro había un robot diminuto.

En el lateral había escrito:

“Para mamá. La mejor ingeniera.”

Tuve que apartar la mirada durante unos segundos.

No porque hubiera ganado.

Mis hijos nunca habían sido un premio.

Sino porque finalmente comenzaban a conocerme.

Tiempo después, Xia Jingheng me encontró durante una exposición médica.

Mi dispositivo aparecía detrás de mí bajo enormes focos.

Esta vez, cuando alguien se acercó y preguntó:

—Señor Xia, ¿conoce a la diseñadora Lin?

Él permaneció en silencio unos segundos.

Después respondió:

—Sí.

Me miró.

—La conozco.

Ya no dijo:

“Es la señora Xia.”

Porque aquella mujer había dejado de existir.

Cuando terminó el evento, se acercó.

—Lin Wan.

Era extraño escucharlo pronunciar mi nombre completo.

—¿Sí?

—Lo siento.

No pregunté por qué.

Quizá se disculpaba por Shen Lingyi.

Por los niños.

Por los cinco años.

O por haber convertido a una mujer con sueños propios en una figura silenciosa dentro de su casa.

Ya no importaba.

—Acepto tus disculpas.

Sus ojos se iluminaron ligeramente.

Pero añadí:

—Eso no significa que vaya a regresar.

Su expresión volvió a apagarse.

Tomé mi bolso.

Mis hijos me esperaban en la entrada para pasar el fin de semana conmigo.

Xiao Man corrió hacia mí.

Xiao Yu levantó orgullosamente su nuevo robot.

Caminé hacia ellos.

El día 1.094 había pedido el divorcio.

El día 1.095 abandoné la residencia Xia.

Durante mucho tiempo pensé que aquella mañana había dejado atrás una familia.

Después comprendí la verdad.

No había abandonado mi vida.

Había regresado a ella.

Y desde entonces dejé de contar los días que había sido la señora Xia.

Porque finalmente había comenzado a contar los días en los que volvía a ser yo.

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