Llegué a la oficina cuarenta minutos después.
Emma me esperaba frente al elevador.
—Antes de entrar, prométeme que no vas a hacer ninguna locura.
—Ya terminé con Daniel. Difícilmente puedes sorprenderme.
Emma hizo una mueca.
—Entonces prepárate.
Las puertas se abrieron.
Había empleados reunidos frente a Recursos Humanos.
Y en medio del pasillo estaba Chloe.
Llorando.
Daniel estaba a su lado.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Emma me entregó su teléfono.
En la pantalla aparecía un correo enviado esa mañana a varios directivos.
Una denuncia interna.
Chloe acusaba a Daniel de haber mantenido una relación inapropiada con ella aprovechándose de su posición como jefe.
Me quedé inmóvil.
—¿Ella lo denunció?
—Hace una hora.
Emma bajó la voz.
—Pero eso no es lo peor.
Abrió otra imagen.
Eran capturas de conversaciones entre Chloe y Daniel.
Mensajes.
Regalos.
Reservas de hotel.
Transferencias.
Y promesas de ascensos.
Daniel me vio.
Caminó inmediatamente hacia mí.
—Luna, gracias a Dios.
Intentó tomarme del brazo.
Retrocedí.
—No me toques.
—Chloe está mintiendo. Está intentando destruirme porque anoche le dije que entre nosotros nunca habría nada serio.
Chloe soltó una carcajada desde el otro extremo del pasillo.
—¿Nunca habría nada serio?
Levantó su teléfono.
—Entonces explícale por qué llevas seis meses diciéndome que terminarías con ella.
Daniel palideció.
Yo no sentí nada.
Eso fue lo extraño.
La noche anterior aquello me habría destrozado.
Ahora solo confirmaba una decisión que ya había tomado.
—Luna —dijo Daniel—, podemos hablar en mi oficina.
—No tenemos nada que hablar.
—¡Claro que sí! ¡Eres mi novia!
Lo miré.
—Era.
Aquella palabra pareció asustarlo más que todo el escándalo.
—Estás exagerando por una noche.
Emma soltó una risa incrédula.
Yo simplemente saqué mi gafete de empleada.
Lo dejé sobre el escritorio de recepción.
—También renuncio.
Daniel quedó paralizado.
—No puedes.
—Acabo de hacerlo.
—Luna, tú diriges tres de nuestros proyectos más importantes.
—Lo sé.
—¿Quién va a terminarlos?
Sonreí ligeramente.
—Supongo que Chloe. Parece muy talentosa.
Me di la vuelta.
Daniel me siguió hasta el elevador.
—¡Espera!
Las puertas estaban cerrándose cuando metió la mano.
—¿Adónde vas?
—Chicago.
Su expresión cambió.
Daniel sabía perfectamente lo que significaba aquella ciudad.
Durante años, mi padre había querido abrir allí la nueva sede de nuestra empresa familiar.
—¿Vas a trabajar para tu padre?
—Voy a trabajar para mí.
—¿Y nosotros?
Lo miré durante unos segundos.
—Nosotros terminamos anoche.
—Estabas enojada.
—No.
Negué lentamente.
—Te di una elección muy sencilla. Ella o nuestra relación.
—¡Solo estaba ayudándola!
—Entonces sigue ayudándola.
Las puertas se cerraron.
Esa misma tarde entregué oficialmente mi renuncia.
Tres días después estaba haciendo maletas cuando Daniel apareció en casa de mis padres.
Mi padre abrió la puerta.
—Quiero hablar con Luna.
—Ella decidirá si quiere hablar contigo.
Salí al recibidor.
Daniel parecía no haber dormido.
—Chloe retirará la denuncia si le pago.
—Qué bien.
—Mi junta directiva está furiosa.
—Qué mal.
Apretó la mandíbula.
—¿De verdad no te importa?
—Ya no.
Entonces dijo algo que finalmente reveló por qué había venido.
—Tu padre canceló la reunión de inversión.
Lo miré.
Ahí estaba.
El verdadero miedo.
La empresa de mi familia llevaba meses negociando una inversión enorme en la compañía de Daniel.
Y él había asumido que mi relación con él garantizaba el acuerdo.
—Yo no le pedí que cancelara nada.
—Pero puedes convencerlo.
—No.
Daniel abrió los ojos.
—Luna, sin ese dinero podemos perder la expansión.
—Entonces quizá deberías concentrarte en tu empresa.
—¡Después de todo lo que construimos juntos!
Aquello sí me hizo reír.
—¿Construimos?
Me acerqué.
—Cuando trabajaba hasta medianoche, decías que simplemente estaba aprendiendo.
—Cuando conseguía clientes, decías que era porque tu apellido abría puertas.
—Cuando mi familia te presentó inversionistas, decías que era mérito tuyo.
Tomé aire.
—Ahora que me voy, resulta que lo construimos juntos.
Daniel no respondió.
Mi padre apareció detrás de mí.
—Luna, llegó el auto.
Mi maleta estaba preparada.
Daniel la miró.
Entonces comprendió que Chicago no era una amenaza.
Era real.
—No puedes desaparecer así.
—Claro que puedo.
—¿Cuándo vuelves?
Tomé la maleta.
—No estoy planeando volver.
Su rostro se quebró.
—Luna…
Por primera vez escuché verdadero miedo en su voz.
Pero ya era tarde.
Pasé junto a él.
Antes de subir al automóvil, mi teléfono vibró.
Emma.
“Acaban de descubrir quién filtró los documentos de Chloe.”
Debajo llegó otro mensaje.
“Y Daniel tiene un problema mucho peor.”
“Las transferencias que aparecen en las capturas no salieron de su cuenta personal.”
Me detuve.
Emma envió una última fotografía.
Era un estado financiero.
Reconocí inmediatamente el nombre de la cuenta.
Pertenecía a uno de los proyectos financiados por mi familia.
Daniel no solo había usado mi relación para acercarse a Chloe.
Al parecer también había usado dinero que jamás le perteneció.
Miré hacia la casa.

Daniel seguía parado en la entrada, observándome marchar.
Todavía creía que su mayor problema era haber perdido a su novia.
No tenía idea de que acabábamos de encontrar el hilo que podía hacer caer toda su empresa.