Aquella noche casi no dormí.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba el día en que Xia Jinghang me tomó de la mano frente al registro civil y me prometió que jamás me haría llorar.
Qué irónico.
Al final, las lágrimas no llegaron porque me hubiera abandonado.
Llegaron porque dejé de creer en él.
A la mañana siguiente, mi madre me acompañó al hospital.
Mientras esperaba mi turno para las pruebas preoperatorias, el teléfono comenzó a vibrar sin descanso.
Veinte llamadas perdidas.
Treinta mensajes.
Todos eran de Xia Jinghang.
«Lingyi, hablemos.»
«He bloqueado a Tang Qiao.»
«No volveré a verla.»
«Por favor, no tomes una decisión impulsiva.»
No respondí a ninguno.
Cuando terminé los análisis de sangre, una enfermera salió al pasillo.
—Señora Lin Lingyi.
Me levanté lentamente.
Justo en ese instante, alguien irrumpió jadeando por la puerta.
—¡Lingyi!
Era Xia Jinghang.
Tenía la camisa desabrochada, el cabello revuelto y el rostro cubierto de sudor.
Parecía haber conducido a toda velocidad.
Se plantó delante de mí y agarró mi muñeca.
—No puedes hacerlo.
Retiré la mano con calma.
—¿Qué no puedo hacer?
—Ese es nuestro hijo.
Lo miré fijamente.
—¿Ahora recuerdas que también es tu hijo?
Su expresión se quebró.
—Sé que me equivoqué.
—Te prometo que cortaré toda relación con Tang Qiao.
—Renunciaré a su departamento si hace falta.
—Podemos empezar de nuevo.
Negué lentamente con la cabeza.
—Xia Jinghang.
—No estás intentando salvar nuestro matrimonio.
—Solo intentas evitar perderlo todo al mismo tiempo.
Sus labios temblaron.
—No es verdad.
Saqué el teléfono y abrí una fotografía.
Era una captura de pantalla enviada por una antigua compañera de su empresa apenas una hora antes.
En ella aparecía Tang Qiao llorando en la oficina mientras varias personas la consolaban.
Debajo podía leerse el comentario que alguien había escrito.
“El presidente Xia acaba de marcharse corriendo porque su esposa quiere divorciarse. Parece que esta vez las cosas van en serio.”
Un minuto después aparecía otra imagen.
Xia Jinghang abrazando a Tang Qiao antes de salir del edificio.
Su mano seguía acariciándole el cabello.
Le entregué el teléfono.
—¿Eso también forma parte de tu arrepentimiento?
Su rostro perdió completamente el color.
Abrió la boca varias veces sin encontrar una explicación.
En ese momento comprendí que aún seguía intentando protegerla.
Incluso ahora.
La enfermera volvió a llamarme.
—Señora Lin, ya puede pasar.
Respiré profundamente.
Di un paso hacia la puerta.
Xia Jinghang volvió a interponerse.
Esta vez, sus ojos estaban completamente rojos.
—Lingyi…
—Te lo suplico…

—Dame otra oportunidad.
Lo observé durante unos segundos.
Después apoyé con suavidad una mano sobre mi vientre.
—La oportunidad te la di durante cuatro meses.
—Cada revisión a la que no fuiste.
—Cada llamada que ignoraste.
—Cada mentira que elegiste creer antes que a tu propia familia.
Bajé lentamente la mano.
—El hombre al que amé ya desapareció.
—Y el padre que este bebé merecía nunca llegó a existir.
Sin volver la vista atrás, crucé la puerta del área médica mientras Xia Jinghang permanecía inmóvil en el pasillo, comprendiendo por primera vez que había cosas que ningún arrepentimiento podía recuperar.