—No abras nada más desde aquí —dijo Lucía.
—¿Por qué?
—Porque si Camila descubrió un fraude, alguien pudo vigilar su computadora.
Desconectó el equipo.
A la mañana siguiente trabajamos desde una copia forense.
Lo primero que apareció fueron transferencias.
Durante dos años, casi tres millones de dólares habían salido de la empresa hacia cuatro proveedores.
Tres no tenían empleados.
El cuarto compartía dirección con una propiedad de Héctor.
Pero había algo extraño.
—Mateo autorizó pagos —dije.
—Sí —respondió Lucía—. Pero mira las fechas.
Mi hijo menor había aprobado cinco operaciones.
Todas mientras yo estaba en Alemania.
Todas después de la supuesta muerte de Camila.
Sentí un peso en el pecho.
—¿Crees que Mateo está involucrado?
—Creo que debemos dejar de adivinar.
Lucía abrió otro archivo.
Camila había fotografiado facturas, contratos y extractos.
En una carpeta llamada SEGURO encontramos algo distinto.
Una fotografía tomada desde un automóvil.
Mostraba a Héctor hablando con un hombre frente a una clínica privada.
La siguiente imagen mostraba su matrícula.
Lucía investigó el nombre.
Doctor Esteban Rivas.
El mismo médico que había firmado el certificado de defunción de Camila.
—Tenemos que encontrarlo.
No hizo falta.
Rivas había desaparecido siete meses atrás.
Su clínica estaba cerrada.
Su licencia médica había sido suspendida por irregularidades administrativas poco después del funeral.
Entonces recibí un mensaje de Patricia.
Cena en casa esta noche. Mateo quiere hablar contigo.
No respondí.
Dos minutos después llegó otro.
No le digas a Héctor que te escribí.
Miré a Lucía.
—Mi hermana sabe algo.
Esa noche llegué solo.
Patricia abrió la puerta.
Tenía los ojos hinchados.
—¿Dónde está Héctor?
—Dijo que tenía una reunión.
—¿Rodrigo?
—Con él.
Mateo apareció desde el pasillo.
Parecía enfermo.
—Papá, necesito enseñarte algo.
Sacó un teléfono viejo.
—Camila me lo dio dos días antes del accidente.
Lo miré fijamente.
—¿Por qué nunca me dijiste?
Mateo empezó a llorar.
—Porque después del funeral mamá me dijo que tú podías morir si te enterabas de ciertas cosas mientras te recuperabas.
Patricia cerró los ojos.
—Yo estaba asustada.
—¿De quién?
No respondió.
Mateo encendió el teléfono.
Había un video.
Camila aparecía sentada frente a la cámara.
Viva.
—Papá, si estás viendo esto, significa que algo salió mal.
Sentí que me faltaba el aire.
Camila continuó:
—Descubrí el dinero, pero eso no es lo peor. Alguien está usando tu enfermedad para intentar declararte incapaz de administrar tus acciones.
Lucía tenía razón.
Aquello no era solamente dinero robado.
Camila levantó un documento frente a la cámara.
—Si consiguen que pierdas el control legal, Héctor puede activar una cláusula del acuerdo societario.
Entonces dijo algo que me dejó inmóvil.
—Pero no puede hacerlo mientras yo siga siendo tu heredera directa.
El video terminó.
Miré a Patricia.
—¿Dónde está mi hija?
Ella comenzó a temblar.
—Julián…
—¿Dónde está Camila?
—Yo no vi su cuerpo.
—Eso ya lo sé.
—No entiendes.
Patricia abrió un cajón y sacó un sobre.
Dentro había una fotografía fechada apenas seis semanas atrás.
Una mujer salía de un centro de rehabilitación.
Más delgada.
Cabello corto.
Caminaba apoyándose en un bastón.
Pero reconocí inmediatamente su rostro.
Camila.
Mi hija estaba viva.
En el reverso había una dirección.
—¿Quién te envió esto?
Patricia negó con la cabeza.
—Llegó sin remitente.
Entonces sonó la puerta principal.
Mateo miró la cámara exterior desde su teléfono.
Su rostro perdió todo el color.
—Papá…
Me mostró la pantalla.

Héctor había regresado.
Pero no estaba con Rodrigo.
Estaba acompañado por el doctor Esteban Rivas.
El médico que había certificado la muerte de mi hija llevaba siete meses supuestamente desaparecido.
Y ambos estaban entrando en la casa.