—¿Doscientos pesos? —repetí, sintiendo cómo una helada corriente de rabia me recorría la espalda—. Miguel, hablo de dieciocho mil pesos mensuales. Todos los meses. Durante tres años.
Miguel no pudo sostenerme la mirada. Retrocedió dos pasos hasta chocar contra la barra de la cocina, mientras Karla apretaba los labios con despecho.
—Las medicinas han subido mucho de precio, Rodrigo —intervino Karla con voz aguda—. Y además, mantener esta casa cuesta. Tú no tienes idea de cómo han estado las cosas aquí.
En ese momento, mi teléfono vibró. Era la llamada de Javier, mi abogado y amigo de la infancia. Me alejé unos metros para contestar en el patio, tratando de calmar mi respiración.
—Rodrigo, ya revisé el registro público de la propiedad —dijo Javier con tono grave. Hizo una pausa que me heló la sangre—. Hay un problema enorme. La casa no está a tu nombre.
—¿De qué hablas? Yo envié todo el dinero a través de la cuenta de mi madre y le di el poder a Miguel únicamente para los trámites de escrituración cuando la construimos.
—Ahí está el detalle. Miguel utilizó ese poder hace dos años para escriturar la propiedad a nombre de su esposa, Karla. Pero no solo eso… solicitaron un préstamo hipotecario gravando la propiedad por un millón y medio de pesos. La casa tiene una orden de embargo preventiva porque llevan seis meses sin pagar las cuotas.
El teléfono casi se me cae de la mano.
No solo habían despojado a mi madre de su espacio, de su dignidad y de su comida; habían vendido el techo que le pertenecía y se habían gastado el dinero para financiar la vida de lujo con la que impresionaban a los familiares de Karla. La tienda de vinos de Miguel, los coches nuevos y las mariscadas de los fines de semana estaban construidos sobre la estafa a su propia sangre.
Regresé a la sala. Mi madre estaba sentada en una silla de plástico, encorvada, intentando pasar desapercibida.
—Karla… —dije con voz baja pero firme—. Tienes hasta las doce de la noche para sacar todas tus cosas de este lugar. Y tú, Miguel, vas a escucharme muy bien.
—Tú no puedes corrernos —gritó Karla, sacando el pecho—. ¡Esta casa está a mi nombre! ¡Legalmente es mía y de mi familia!
—Está a tu nombre por un acto de fraude procesal y abuso de confianza sobre una persona de la tercera edad —dijo Javier, entrando por la puerta principal con una carpeta llena de documentos y acompañado por dos patrulleros de la policía estatal—. Hola, Miguel. Te presento la denuncia penal formal que acabamos de ingresar en la Fiscalía.
El rostro de Karla se desfiguró. Miguel cayó de rodillas sobre el piso del comedor.
—Hermano, por favor… —suplicó Miguel con lágrimas de cobardía—. Karla me presionó. Decía que tú ganabas en dólares y que no te iba a importar. Íbamos a pagar el préstamo con las ganancias del negocio, pero nos fue mal…
—Le robaste a tu madre. La pusiste a dormir en un cuarto con humedad junto a la lavadora mientras tú regalabas botellas de tequila. No hay perdón para esto.
Javier presentó las órdenes precautorias. Como el dinero de las transferencias desde Estados Unidos estaba perfectamente documentado a través de mis extractos bancarios y la firma de mi madre en el poder había sido manipulada bajo coacción, el juez congeló las cuentas de Miguel y dictó una medida cautelar de desalojo inmediato contra Karla y sus parientes para evitar el ocultamiento de bienes.
Esa misma tarde, mientras la policía supervisaba cómo Karla sacaba sus bolsas de ropa entre gritos y recriminaciones hacia Miguel, entré al cuartito del fondo.
Tomé las pocas pertenencias de mi madre, la foto de mi padre y la llevé de la mano hacia la recámara principal de la planta baja. Saqué todas las cajas de licor a la calle y tendí la cama con sábanas limpias y suaves.
—Hijo… no quiero que tu hermano vaya a la cárcel —susurró ella, tomándome las manos con sus dedos desgastados.
—Mamá —le dije, arrodillándome frente a ella—, él tomó sus decisiones. Ahora te toca a ti descansar. Nunca más vas a volver a comer sola en una esquina, ni vas a volver a pedir prestado para tus medicinas.
Dos meses después, el juicio civil anuló las escrituras fraudulentas por vicio de origen, regresando la propiedad a mi nombre. Para evitar la cárcel, Miguel tuvo que ceder sus participaciones del negocio para abonar a la deuda hipotecaria, quedando en la ruina absoluta y abandonado por Karla tan pronto como se quedó sin dinero.

Hoy, la luz del sol entra de lleno por la ventana del jardín en el cuarto de doña Elena. La mesa del comedor está servida todos los días con comida caliente, y en la cabecera, siempre sentada en el lugar de honor, está la mujer que lo dio todo por nosotros y que finalmente recuperó el lugar que nunca debieron quitarle.