PARTE 2: UNA VIDA DISTINTA

Isabela creyó que Matías estaba bromeando.

—¿Trabajar… yo?

Él colocó un hacha junto a la puerta.

—Aquí todos trabajan. Yo también.

A la mañana siguiente le construyó un bastón nuevo con madera de encino, mucho más ligero que el elegante bastón de plata que su familia le había dado solo para aparentar.

—Pruébalo.

Isabela dio unos pasos inseguros.

Por primera vez en años, el apoyo no le lastimó la mano.

Durante los días siguientes aprendió a moler maíz, alimentar las gallinas, llevar las cuentas de las pieles que Matías vendía en el pueblo y preparar remedios con hierbas de la sierra.

Cuando se cansaba, Matías simplemente decía:

—Descansa cinco minutos.

Nunca:

—No puedes.

Ni:

—Eres una carga.

Aquellas palabras cambiaron algo dentro de ella.


Tres semanas después bajaron juntos al mercado de Santa Rosalía.

Los comerciantes saludaban a Matías con respeto.

Mientras él negociaba unas pieles, Isabela escuchó dos voces conocidas.

—¡Es ella!

Se giró lentamente.

Frente a la tienda estaban su madre y don Ramiro.

Los dos quedaron petrificados.

—¿Sigues viva? —preguntó su madre, incapaz de ocultar el sobresalto.

Don Ramiro frunció el ceño al verla de pie.

—La enfermera nunca llegó…

Matías cerró el trato sin apresurarse.

Solo entonces caminó hasta colocarse al lado de Isabela.

—No existía ninguna enfermera, ¿verdad?

Nadie respondió.

Los vecinos comenzaron a mirar.

Don Ramiro recuperó la compostura.

—Hicimos lo necesario por el bienestar de la familia.

—¿Abandonar a su hija en una tormenta? —preguntó Matías con calma.

El hombre evitó responder.

Su madre dio un paso adelante.

—Isabela, vuelve con nosotros. Todo fue un malentendido.

Ella sonrió por primera vez desde que la habían abandonado.

—No.

Los dos quedaron inmóviles.

—La hija que dejaron morir en la montaña ya no existe.

Se apoyó en su nuevo bastón de madera.

—Y el apellido Del Risco tampoco me hace falta.

Don Ramiro apretó los dientes.

—No sobrevivirás aquí.

Matías levantó una libreta.

—Curioso.

La abrió frente a todos.

—Porque las cuentas del último mes dicen exactamente lo contrario.

Los comerciantes rieron al ver los registros perfectamente ordenados.

—Desde que Isabela lleva mis libros, las ventas aumentaron casi el doble.

Ella bajó la vista, avergonzada.

Matías negó con serenidad.

—No la rescaté.

Miró directamente a don Ramiro.

—Solo le di la oportunidad que ustedes nunca quisieron darle.

En ese momento, el dueño de la mina del pueblo se acercó con una carpeta en la mano.

—¿Señorita Isabela?

Ella lo miró confundida.

—Revisé los planos que corrigió para Matías.

Le sonrió.

—Necesito una administradora para la nueva explotación minera.

El salario era mayor que todo el dinero que su familia le había entregado antes de abandonarla.

Don Ramiro sintió que el rostro se le endurecía.

Porque acababa de comprender que la hija a la que había considerado una carga… estaba empezando una vida mucho más valiosa sin ellos.

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