Me giré despacio.
Lucas estaba a menos de dos metros.
Había cambiado.
Llevaba traje oscuro, el cabello más corto y unas gafas que no recordaba.
Pero sus ojos eran exactamente iguales.
—Hola —dije.
Dos años resumidos en una palabra.
Lucas abrió la boca, pero Clara apareció entre nosotros.
—Perfecto. Ya se saludaron. Mi trabajo aquí terminó.
—Clara —dijimos ambos.
Ella escapó riéndose.
Durante la cena, Lucas ocupó el asiento a mi derecha.
Yo hablé con todos menos con él.
Hasta que un camarero dejó frente a mí una copa.
Lucas la apartó inmediatamente.
—Tiene kiwi.
Lo miré.
—¿Y?
Frunció el ceño.
—Eres alérgica.
Mi corazón dio un golpe absurdo.
—Todavía lo recuerdas.
Su expresión cambió.
—Recuerdo muchas cosas.
Bajé la mirada.
—No deberías.
—Tú tampoco.
Aquello me hizo levantar la cabeza.
Lucas sostuvo mi mirada durante varios segundos.
—Me eliminaste de todas partes.
—Después de que me rechazaste. Era bastante lógico.
—También dejaste de ver a nuestros amigos.
—Necesitaba distancia.
—Dos años, Maya.
Sonreí sin humor.
—¿Qué querías? ¿Que siguiera sentándome a tu lado fingiendo que no pasaba nada?
Lucas apretó la mandíbula.
—No.
—Entonces funcionó.
Me levanté.
—Voy por aire.
Salí a la terraza.
Treinta segundos después, escuché la puerta.
—No vine para discutir —dijo Lucas.
—Entonces vuelve adentro.
—Vine porque Clara me prometió que estarías aquí.
Me giré.
—¿Qué?
Lucas metió una mano en el bolsillo.
—Durante dos años pregunté por ti.
—Nunca me escribiste.
—Me habías bloqueado.
—Tenemos veinte amigos en común.
—Y tú les pediste que no me hablaran de ti.
Eso era cierto.
Lucas respiró profundamente.
—Aquella tarde en la tienda te mentí.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
—¿Sobre qué?
—Sobre no sentir nada.
Me reí, incrédula.
—No hagas esto.
—Me gustabas.
—Entonces ¿por qué me rechazaste?
Lucas miró hacia el salón.
—Porque esa mañana recibí una oferta para incorporarme a un proyecto de investigación fuera del país durante tres años. No sabía si regresaría. Y pensé que aceptar tus sentimientos para marcharme semanas después sería egoísta.
Lo miré fijamente.
—Eso fue hace dos años.
—No fui.
—¿Qué?
—Rechacé el puesto.
La rabia llegó antes que cualquier otra emoción.
—Entonces pudiste decírmelo.
—Sí.
—¿Y no lo hiciste?
Lucas bajó la mirada.
—Al día siguiente fui a buscarte.
Sacó el teléfono.
Abrió una fotografía antigua.
Era la puerta de mi viejo departamento.
En el suelo había una bolsa de la tienda de té con leche.
Mango pomelo.
Poco azúcar.
Sin hielo.
Y encima, una pequeña caja.
Reconocí inmediatamente el envoltorio.
La misma joyería del collar que todavía guardaba.
—Llegué demasiado tarde —dijo—. Tu compañera me dijo que te habías mudado esa mañana.
Sentí un nudo en la garganta.
Entonces Lucas deslizó la pantalla hacia la siguiente fotografía.
Era una nota escrita de su puño y letra.
Solo una frase:
“Si todavía quieres escuchar mi respuesta completa, esta vez déjame terminar.”
—¿Dónde está esa nota? —pregunté.
Lucas levantó lentamente los ojos.
—Eso es lo extraño.
Señaló hacia el salón.
—Se la entregué personalmente a Clara.
Me quedé inmóvil.

En ese instante, detrás de nosotros se abrió la puerta de la terraza.
Clara estaba allí.
Ya no sonreía.
Y en su mano sostenía una pequeña caja que yo llevaba dos años creyendo perdida.