La audiencia comenzó cuarenta minutos después.
Adrien pidió primero la palabra.
Su abogado presentó el divorcio como una separación sencilla: él conservaría Groupe Valenti, yo recibiría 250 millones y Enzo quedaría bajo mi cuidado.
Entonces llegó la parte que hizo que Hélène levantara lentamente la mirada.
—Mi cliente no solicita custodia compartida —declaró el abogado—. Considera que las necesidades especiales del menor requieren una atención que la señora Valenti puede proporcionar mejor.
Necesidades especiales.
Una forma elegante de repetir el insulto de Adrien.
La jueza miró a Enzo.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Sí, señora.
—¿Quieres decirme algo?
Enzo miró a su padre.
Luego señaló la carpeta abierta frente al abogado de Adrien.
—Ese documento tiene un error.
Algunas personas sonrieron.
Adrien incluso suspiró.
—Enzo, basta.
Pero mi hijo continuó.
—La página diecisiete dice que mi padre posee el 68,4 % de los derechos de voto de Groupe Valenti.
La sala quedó quieta.
—¿Y? —preguntó la jueza.
Enzo contó con los dedos.
—Las participaciones que aparecen en las páginas nueve, once y catorce suman 43,4 %. El otro 25 % pertenece al fondo Mercer.
Miró hacia mí.
—El fondo de mi abuelo.
Diez segundos.
Eso fue todo.
El abogado principal de Adrien arrebató la carpeta a su asistente.
Pasó páginas frenéticamente.
Vanessa dejó de sonreír.
Adrien me miró.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
Hélène se levantó.
—Precisamente ahí está el problema, señor Valenti. Mi clienta no hizo nada. Su equipo jurídico presentó documentación societaria incompatible con los registros que nosotros aportamos.
Entregó una carpeta a la jueza.
Mi padre había convertido deuda en acciones años atrás.
Después creó una estructura fiduciaria destinada a protegerlas.
Yo conservaba los derechos establecidos en aquellas cláusulas.
Adrien jamás había sido dueño absoluto del imperio que presumía controlar.
Pero Hélène todavía no había terminado.
—Además, el acuerdo de divorcio pretende que mi clienta renuncie a cualquier reclamación relacionada con Groupe Valenti a cambio de 250 millones.
La jueza frunció el ceño.
—¿Cuando ya posee derechos económicos propios?
—Exactamente.
El abogado de Adrien pidió un receso.
La jueza lo negó por el momento.
Entonces Hélène colocó sobre la mesa varios informes financieros.
—También solicitamos revisar determinadas transferencias realizadas durante los últimos dieciocho meses.
Vanessa palideció.
Adrien la miró.
—¿Qué transferencias?
Por primera vez, su confusión parecía auténtica.
Eso me sorprendió.
Hélène abrió el primer informe.
Más de treinta millones habían salido de sociedades vinculadas al grupo hacia una consultora llamada Riva Strategic Partners.
Vanessa Riva.
—Son honorarios legítimos —dijo ella rápidamente.
Enzo inclinó la cabeza.
—No todos.
Adrien giró hacia él.
—¿Qué dijiste?
Enzo señaló otra página.
—Hay pagos repetidos.
Hélène comprobó los números.
Dos facturas distintas.
Misma cantidad.
Misma fecha.
Mismo concepto.
Pero enviadas a cuentas diferentes.
El abogado de Adrien dejó de tomar notas.
—Necesitamos suspender la audiencia.
Esta vez la jueza aceptó un breve receso.
Adrien se acercó a Vanessa inmediatamente.
—¿Qué demonios hiciste?
Ella retrocedió.
—No sabes de qué estás hablando.
Yo tampoco conocía todavía toda la respuesta.
Hasta que Hélène me entregó un documento que acababa de recibir nuestro contador.
—Mara, encontramos la cuenta que recibió los pagos duplicados.
Miré el titular.
No era Vanessa.
Tampoco Adrien.
Era una sociedad patrimonial creada siete años atrás.
Exactamente el año en que nació Enzo.
Y su beneficiario final figuraba con un nombre que conocía demasiado bien.
El padre de Adrien.

Levanté lentamente los ojos.
El hombre que llevaba siete años diciéndole a Adrien que Enzo era una vergüenza para el apellido Valenti estaba sentado en la última fila.
Y cuando comprendió que yo había leído su nombre, se levantó y salió de la sala sin mirar a su propio hijo.