PARTE 2: Un Nombre Que Lo Cambió Todo

El hombre permaneció inmóvil.

Sus dedos seguían entre los míos.

No intentó apartarlos.

Solo me observó con una intensidad que hizo desaparecer el ruido de la cafetería.

—¿Cariño? —repitió lentamente.

Sentí que el calor me subía hasta las orejas.

—Lo siento… eso salió sin pensar.

Quise retirar la mano.

Él la sujetó con suavidad.

No con fuerza.

Solo lo suficiente para impedir que huyera.

—Nadie me llama así.

Su voz seguía siendo tranquila.

Pero había algo distinto.

Algo más cálido.

Respiré hondo.

—Entonces… empecemos otra vez.

Sonreí con torpeza.

—Soy Lina Harper.

Él tardó unos segundos en responder.

—Alexander Hayes.

El nombre cayó como una piedra dentro de mi cabeza.

Los comentarios luminosos explotaron otra vez.

【¡Lo dijo! ¡El protagonista reveló su verdadero nombre!】

【Alexander Hayes, presidente del Grupo Hayes. Patrimonio superior a los treinta mil millones de dólares.】

【Solo revela su identidad cuando decide confiar en alguien.】

Tragué saliva.

Así que realmente era él.

Alexander inclinó ligeramente la cabeza.

—¿No vas a decirme que todo fue un engaño?

Miré el teléfono que Samantha me había entregado.

Abrí la conversación.

Miles de mensajes.

Fotografías.

Audios.

Todas mis imágenes.

Pero ni una sola palabra escrita por mí.

Apagué la pantalla.

—Sí hubo un engaño.

Vi cómo sus ojos perdían brillo.

Antes de que pudiera hablar, continué.

—Las fotos eran mías.

Pero los mensajes no.

Alexander permaneció en silencio.

Le conté toda la verdad.

Cómo Samantha robó mis fotografías.

Cómo había mantenido aquella relación durante meses.

Cómo, al descubrir que él usaba silla de ruedas, decidió desaparecer.

No omití nada.

Cuando terminé, esperaba encontrar rabia.

En cambio, Alexander preguntó una sola cosa.

—¿Entonces nunca me escribiste?

Negué despacio.

—No.

Bajó la mirada durante unos segundos.

Después soltó una risa breve.

Amarga.

—Eso explica muchas cosas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosas?

Sacó su teléfono.

Abrió la conversación.

—La mujer con la que hablaba parecía amable.

Pero siempre respondía con una frialdad que no coincidía con las fotografías.

Me mostró un mensaje.

“Hoy fue un día difícil.”

La respuesta de Samantha había sido:

“Qué mal.”

Otro.

“Pasé toda la tarde en rehabilitación.”

Ella respondió:

“Espero que mejores.”

Alexander sonrió con tristeza.

—Siempre pensé que la chica de las fotos sonreía demasiado para escribir así.

Sentí un nudo en la garganta.

Por primera vez entendí cuánto había soportado aquel hombre.

No solo el accidente.

También la decepción constante.

Respiré hondo.

—Alexander…

—¿Sí?

—¿Te gustaría empezar de verdad?

Él levantó lentamente la vista.

—¿Desde el principio?

Asentí.

—Sin mentiras.

Sin fotos robadas.

Sin cuentas falsas.

Solo tú y yo.

Durante varios segundos no respondió.

Entonces levantó la mano y llamó a alguien.

—Daniel.

Una voz masculina respondió de inmediato.

—¿Sí, señor?

—Cancela todas las reuniones de esta tarde.

Hubo un breve silencio.

—¿Ocurrió algo?

Alexander me miró sin apartar los ojos de los míos.

Y, por primera vez, sonrió de verdad.

—Sí.

Creo que, por fin… conocí a la mujer con la que realmente he estado esperando hablar.

En ese mismo instante, la puerta de la cafetería se abrió de golpe.

Un hombre alto, de traje negro y expresión helada entró acompañado por cuatro guardaespaldas.

Su mirada recorrió el local hasta detenerse en mí.

Después observó mi mano unida a la de Alexander.

Su rostro cambió por completo.

—Hermano…

Su voz era peligrosamente tranquila.

—¿Es ella… la mujer que te hizo llorar durante todos estos meses?

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