PARTE 2: CINCO DÍAS DEMASIADO TARDE

El número desconocido siguió vibrando en mi pantalla.

Lo observé durante unos segundos antes de contestar.

—¿Sí?

Al otro lado hubo un breve silencio.

Después escuché una voz femenina.

—¿Es Qin Shu?

No reconocí a la mujer.

—Sí. ¿Quién habla?

Ella pareció respirar aliviada.

—Soy Lin Wan.

Mi mano se detuvo.

Conocía ese nombre.

Por supuesto que lo conocía.

Era la mujer por la que Chu Yì’An había abandonado el aeropuerto cinco días antes.

La mujer que llevaba años ocupando un lugar que nadie mencionaba abiertamente dentro de nuestro matrimonio.

Lin Wan continuó:

—Perdona por llamarte así. Conseguí tu número a través de Yì’An.

Me reí suavemente.

Así que podía darle mi número a ella.

Pero durante cinco días no había encontrado tiempo para marcarlo él mismo.

—¿Qué necesitas?

Mi tono debió de sorprenderla.

Esperaba lágrimas.

Reproches.

Quizá una esposa furiosa reclamándole que se alejara de su marido.

Pero yo ya no tenía energía para representar aquel papel.

—Quería explicarte lo del aeropuerto.

Miré por la ventana de mi antigua habitación.

Mi madre estaba abajo regando unas plantas.

Mi padre reparaba tranquilamente una silla.

Todo era tan cotidiano que la voz de Lin Wan parecía pertenecer a otra vida.

—No hace falta.

—Qin Shu, creo que estás entendiendo mal.

—No estoy entendiendo nada.

Hice una pausa.

—Chu Yì’An me dejó esperando dos horas sin decir una palabra. Eso ocurrió. No necesito saber por qué.

Ella guardó silencio.

Luego habló con más suavidad.

—Aquel día tuve un accidente menor.

—Yì’An recibió mi llamada y vino inmediatamente.

Claro.

Finalmente tenía la explicación que durante aquellas dos horas había esperado desesperadamente.

Cinco días tarde.

—Entiendo.

—No fue su intención abandonarte.

—Lin Wan.

La interrumpí.

—¿Él te pidió que me llamaras?

—No.

Respondió demasiado rápido.

Entonces comprendí.

—Así que ni siquiera sabe que estás hablando conmigo.

Otra pausa.

—Solo pensé que deberías saber la verdad.

Sonreí.

—Entonces dime algo.

—¿Qué?

—Después de recogerte, ¿te llevó al hospital?

—Sí.

—¿Estuviste ingresada cinco días?

—No.

—¿Estabas inconsciente?

—Tampoco.

—¿Le quitaron el teléfono?

La mujer dejó de responder.

Yo cerré los ojos.

—Entonces ya sé suficiente.

Colgué.

Mi teléfono volvió a vibrar casi inmediatamente.

Esta vez era Chu Zihan, mi cuñada.

No contesté.

Después llegó un mensaje.

“Cuñada, mamá está furiosa. ¿Por qué no vuelves? Mi hermano llegó hoy y preguntó dónde estabas.”

Me quedé mirando esa última frase.

Llegó hoy.

Preguntó dónde estabas.

Así que realmente habían pasado cinco días antes de que Chu Yì’An descubriera que su esposa no estaba en casa.

No porque hubiera estado buscándome.

Sino porque finalmente regresó y el lugar donde esperaba encontrarme estaba vacío.

Contesté solo una frase.

“Estoy en casa de mis padres.”

Chu Zihan respondió casi inmediatamente.

“Entonces vuelve mañana. Mamá tiene cita en el hospital y tú sabes que no le gusta ir sola.”

Me quedé mirando el mensaje.

Ni siquiera preguntó por qué me había marchado.

Ni cómo había vuelto a Yuncheng.

Ni qué había ocurrido en el aeropuerto.

Lo primero que recordó fue que su madre necesitaba compañía.

Durante ocho años yo había sido eso para ellos.

Una persona siempre disponible.

Cerré la conversación.

Un minuto después apareció una llamada.

Esta vez sí era Chu Yì’An.

Mi dedo quedó suspendido sobre la pantalla.

Qué extraño.

Durante años, cada vez que aparecía su nombre, respondía antes del tercer tono.

A veces incluso abandonaba lo que estuviera haciendo.

Ahora lo observé sonar hasta apagarse.

Volvió a llamar.

No contesté.

A la tercera vez, mi madre entró con una cesta de ropa.

—¿No vas a responder?

—No.

Ella dejó la cesta sobre la cama.

No preguntó quién era.

Solo dijo:

—Entonces no respondas.

Aquella sencilla frase me hizo sonreír.

En la familia Chu siempre tenía que justificar cada decisión.

En casa de mis padres, podía decir “no” y aquello era suficiente.

Finalmente llegó un mensaje de Yì’An.

“¿Por qué te fuiste a Yuncheng sin avisarme?”

Lo leí dos veces.

Después escribí:

“Te avisé.”

Él respondió:

“¿Cuándo?”

Sentí algo frío recorrerme el pecho.

Abrí nuestra conversación.

Mis mensajes seguían allí.

“¿Dónde estás?”

“Sigo esperando en la puerta de salida.”

También estaban las llamadas sin responder.

Hice una captura y se la envié.

Pasaron varios minutos.

Entonces apareció:

“No vi el teléfono.”

No respondí.

Otro mensaje.

“Lin Wan tuvo un accidente. Era urgente.”

Después:

“Pensé que tomarías un taxi a casa.”

Me quedé inmóvil.

Aquella frase fue mucho peor que cualquier disculpa mediocre.

Él sabía que me había dejado allí.

Sabía que yo estaba esperando.

Y simplemente había supuesto que, tarde o temprano, encontraría la manera de volver sola.

Como siempre.

Me ocuparía de mí misma.

Después regresaría a casa.

Prepararía la cena.

Cuidaría de su madre.

Y cuando él finalmente apareciera, probablemente ni siquiera preguntaría cuánto tiempo había esperado.

Escribí:

“No regresé.”

Tres palabras.

Yì’An llamó inmediatamente.

Esta vez contesté.

—Qin Shu.

Su voz era más grave de lo habitual.

—¿Qué estás haciendo?

Por poco me reí.

—Viviendo unos días con mis padres.

—Mamá dijo que llevas cinco días sin contestar.

—Sí.

—¿Sabes cuánto se preocuparon?

Miré la pantalla.

No podía creerlo.

—¿Se preocuparon?

—Claro.

—Tu madre me dejó seis mensajes.

—Entonces deberías haber respondido.

—Todos eran para pedirme que volviera a cocinar, acompañarla al hospital o preparar algo para Zihan.

Al otro lado reinó el silencio.

—Eso no significa que no estén preocupadas.

—¿Y tú?

Mi pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Yì’An no habló.

Sonreí lentamente.

—¿Cuándo te diste cuenta de que no estaba?

—Qin Shu…

—Solo responde.

Otra pausa.

—Esta tarde.

Cerré los ojos.

Aunque ya lo sabía, escucharlo directamente fue diferente.

—Cinco días.

—He estado ocupado.

—Lo sé.

—Lin Wan…

—No necesito escuchar su nombre.

Su tono se endureció.

—No seas irracional.

Aquella palabra.

Después de ocho años, seguía sabiendo exactamente dónde hacer daño.

Antes yo habría empezado a explicarme.

Le habría dicho que no estaba celosa.

Que entendía que hubiera emergencias.

Que solo quería una llamada.

Pero esta vez simplemente pregunté:

—¿Cuándo vuelves a Yuncheng?

—¿Para qué?

—Para hablar.

Pareció desconcertado.

—Puedes volver tú. Mamá tiene cita mañana.

Me reí.

No pude evitarlo.

Yì’An guardó silencio.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Qin Shu.

—Solo acabo de entender algo.

—¿Qué?

Miré mi antigua habitación.

Mis libros.

Las fotografías universitarias.

La mesa en la que había estudiado antes de convertirme en la señora Chu.

—Que incluso después de descubrir que desaparecí durante cinco días, tu primera preocupación sigue siendo quién acompañará mañana a tu madre al hospital.

Esta vez no respondió.

—Buenas noches, Yì’An.

—Espera.

Colgué.

Después lo bloqueé temporalmente.

No para castigarlo.

Simplemente quería dormir.

Aquella noche abrí el armario donde mi madre todavía guardaba algunas cajas antiguas.

Encontré diplomas.

Cuadernos.

Una fotografía de mi graduación.

En ella tenía veintidós años.

Cabello corto.

Traje azul.

Una sonrisa enorme.

Sostenía un certificado entre las manos.

Administración financiera.

Había sido una de las mejores de mi promoción.

Después me casé.

Chu Yì’An decía que no necesitaba trabajar.

—Mi esposa no tiene que agotarse por un salario.

En aquel momento creí que aquello era amor.

Ahora entendía que, poco a poco, había entregado mi carrera, mi tiempo y finalmente mi identidad.

Al día siguiente llamé a una antigua compañera.

—¿Sigue en pie aquella oferta que me hiciste?

Ella tardó unos segundos en recordar.

Después casi gritó.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

—Qin Shu, te la ofrecí hace tres años.

—Lo sé.

—Ahora el puesto es diferente.

Mi corazón bajó ligeramente.

Pero ella continuó:

—Ahora necesito una socia.

Me incorporé.

—¿Qué?

Se rio.

—Ven mañana a la oficina.

Por primera vez en ocho años, abrí el armario de mi madre y busqué ropa para una entrevista.

Mientras me abotonaba una camisa blanca, escuché un coche detenerse frente a la casa.

Mi madre miró por la ventana.

Su expresión cambió.

—Shushu.

—¿Qué ocurre?

Ella se giró hacia mí.

—Ha venido Yì’An.

Mi mano se detuvo sobre el último botón.

Habían pasado seis días.

Finalmente había venido.

Bajé las escaleras.

Chu Yì’An estaba en la sala.

Llevaba la misma expresión serena de siempre, pero había viajado durante la noche y se notaba el cansancio bajo sus ojos.

Sobre la mesa había varios regalos caros.

Su costumbre habitual.

Cada vez que visitaba a mis padres, llegaba cargado de cosas.

Mi madre no parecía impresionada.

Mi padre tampoco.

Yì’An se levantó cuando me vio.

Sus ojos recorrieron mi ropa.

—¿Adónde vas?

—Tengo una cita.

—¿Con quién?

—No tiene nada que ver contigo.

Frunció el ceño.

—Qin Shu, basta.

La sala se quedó en silencio.

Mi padre dejó lentamente su taza.

Yì’An debió de darse cuenta de que su tono no era apropiado.

Respiró.

—Vine a llevarte a casa.

—No voy.

Él pareció no entender.

—Mamá ya está enfadada. Si sigues haciendo esto, será más difícil cuando regreses.

Sentí una tranquilidad inesperada.

—Entonces no regresaré.

Su rostro cambió.

—¿Qué quieres decir?

Subí a mi habitación.

Y regresé con una carpeta.

La coloqué delante de él.

Chu Yì’An la abrió.

Dentro estaban algunos documentos personales, registros bancarios y una lista que había preparado durante la madrugada.

Casa Chu.

Tarjetas adicionales.

Cuentas domésticas.

Seguro médico de Xu Qin.

Cuotas del club de Chu Zihan.

Gastos que durante años yo había administrado casi sin que nadie lo notara.

—Voy a dejar de encargarme de todo esto.

Yì’An levantó la mirada.

—¿Por un incidente en el aeropuerto?

Negué.

—No.

—Por ocho años.

Se quedó completamente quieto.

—¿Quieres divorciarte?

La pregunta salió finalmente.

Yo todavía no había pronunciado aquella palabra.

Pero cuando él lo hizo…

extrañamente no sentí miedo.

Lo miré directamente.

—Todavía estoy pensando qué quiero.

Sus dedos apretaron la carpeta.

—Somos marido y mujer desde hace ocho años. No puedes destruir nuestro matrimonio porque fui a ayudar a Lin Wan una vez.

—Sigues sin entenderlo.

—Entonces explícame.

Me acerqué.

—El problema no es que hayas ido con ella.

—El problema es que sabías que yo estaba allí esperando y aun así no pensaste en mí durante cinco días.

Yì’An abrió la boca.

Pero antes de que pudiera responder, su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Yo también.

LIN WAN.

Durante unos segundos ninguno se movió.

Después Yì’An contestó instintivamente.

—¿Qué ocurre?

La voz al otro lado hablaba con urgencia.

Su expresión cambió.

—No llores. Dime dónde estás.

Sentí algo dentro de mí romperse.

No con dolor.

Con claridad.

Porque ni siquiera había terminado nuestra conversación.

Ni siquiera había respondido a la posibilidad de perder un matrimonio de ocho años.

Pero en cuanto ella llamó…

todo su cuerpo volvió a inclinarse hacia otra dirección.

Yì’An tomó el abrigo.

—Tengo que salir un momento.

Asentí.

—Ve.

Se detuvo.

Quizá esperaba que protestara.

No lo hice.

Caminó hacia la puerta.

Pero antes de que saliera, dije:

—Chu Yì’An.

Se volvió.

—Cuando regreses, quizá yo ya no esté aquí.

Su expresión se endureció.

—¿Qué significa eso?

Sonreí.

—Exactamente lo mismo que significó cuando me dejaste en el aeropuerto.

Esta vez…

serás tú quien tenga que descubrir adónde fui.

La puerta permaneció abierta durante varios segundos.

Por primera vez, Chu Yì’An no siguió inmediatamente la voz de Lin Wan.

Y por primera vez en ocho años…

vi verdadero miedo en sus ojos.

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