Su Wei sostuvo mi teléfono con una calma que me dio más seguridad que cualquier promesa que Chen Kai me hubiera hecho durante dos años.
—Déjamelo a mí.
Antes de que pudiera detenerlo, llamó a mi suegra.
Ella contestó casi inmediatamente.
—¡Xiaoxiao! ¿Por fin has decidido responder? Escúchame, la familia de tu tío ya está de camino. Dile a Kai Kai que prepare el coche y regresen ahora mismo. Todavía tienes tiempo para—
—Soy Su Wei.
El silencio fue instantáneo.
Después, la voz de mi suegra cambió.
—Oh… Wei. ¿Dónde está Xiaoxiao?
Mi hermano me miró.
—Sentada al lado de nuestra madre, comiendo las empanadillas que lleva meses esperando probar.
Mi suegra soltó una risa incómoda.
—Claro, claro. Solo que hoy tenemos muchos invitados y Xiaoxiao conoce mejor la cocina. Somos familia, tampoco pasa nada porque vuelva antes…
—Entonces cocine usted.
La cara de Chen Kai cambió.
Mi madre dejó de mover las manos.
Yo también me quedé inmóvil.
Mi suegra tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Qué has dicho?
—Que cocine usted.
Su Wei habló despacio.
—O que cocine su hijo.
—O su marido.
—O cualquiera de los invitados que piensa alimentar.
—Mi hermana acaba de llegar a casa de sus padres. No regresará para cocinar para veinte personas.
La voz de mi suegra subió inmediatamente.
—¿Qué clase de manera de hablar es esa? Xiaoxiao es la nuera de nuestra familia. Durante el Año Nuevo es normal que ayude a atender a los invitados.
Su Wei sonrió.
Pero aquella sonrisa no tenía nada de amable.
—Es curioso.
—Cuando se casó, ustedes dijeron que se convertía en hija de su familia.
—Pero cuando trabaja, es nuera.
—Cuando entrega regalos, es hija.
—Cuando quiere visitar a sus padres, resulta que pertenece a ustedes.
Mi suegra se quedó sin palabras.
Chen Kai finalmente intervino.
—Hermano, no hace falta exagerar.
Su Wei giró lentamente hacia él.
—¿Exagerar?
Le mostró la pantalla.
—Cuarenta llamadas.
—Tu madre llamó cuarenta veces en menos de una hora porque quería que mi hermana regresara a cocinar.
Chen Kai frunció el ceño.
—Ya sabes cómo es mi madre.
—Sí.
Su Wei asintió.
—Ahora quiero saber cómo eres tú.
Chen Kai guardó silencio.
—Tu esposa llevaba menos de media hora en casa de sus padres.
—¿Por qué no le dijiste a tu madre que dejara de llamar?
—Porque habría discutido conmigo.
—¿Y?
—No quería convertir el Año Nuevo en una pelea.
Mi hermano lo observó durante un momento.
—Así que preferiste que tu esposa cediera.
Chen Kai no respondió.
Aquella frase me atravesó.
Porque era exactamente eso.
Durante dos años, Chen Kai nunca me había ordenado directamente que sirviera a su familia.
Nunca había levantado la voz.
Nunca me había dicho:
“Tienes que obedecer a mi madre.”
Su forma era mucho más suave.
“Ella ya es mayor.”
“No discutas hoy.”
“Hazlo por mí.”
“Solo esta vez.”
Y aquellas pequeñas frases habían conseguido exactamente lo mismo.
Yo siempre terminaba cediendo.
Mi madre se sentó a mi lado.
—Xiaoxiao.
Su voz era baja.
—¿Esto ocurre a menudo?
Miré sus manos.
Seguían cubiertas de harina.
Durante dos años yo había ocultado todo.
Cuando mamá preguntaba si estaba cansada, decía que no.
Cuando papá preguntaba si Chen Kai me trataba bien, respondía que sí.
Cuando Su Wei decía que podía llamarlo si alguien me hacía sufrir, me reía.
¿Por qué?
Porque había sido yo quien eligió casarme.
Porque no quería admitir que la vida que defendí frente a todos no era tan feliz como decía.
—Sí.
Una sola palabra.
Los ojos de mi madre se enrojecieron.
—¿Desde cuándo?
—Desde que me casé.
Chen Kai levantó la cabeza.
—Xiaoxiao, eso no es justo.
Me giré hacia él.
—¿Qué parte?
—Mi madre puede ser exigente, pero tampoco te ha tratado tan mal.
Algo dentro de mí se rompió.
No con ruido.
Con claridad.
—El invierno pasado tuve fiebre de treinta y nueve grados.
Chen Kai quedó inmóvil.
—Tu madre llamó porque vuestro tío venía a cenar.
—Yo dije que estaba enferma.
—Ella respondió que bastaba con tomar un medicamento y cocinar algo sencillo.
Mi madre abrió los ojos.
Yo continué.
—Tú estabas a mi lado.
—¿Recuerdas qué dijiste?
Chen Kai bajó la mirada.
Claro que lo recordaba.
Yo también.
—Dijiste: “Haz dos platos y luego descansa”.
El rostro de Su Wei se endureció.
—¿Con treinta y nueve grados?
No contestó.
—También el cumpleaños de mamá —continué—. Habíamos acordado venir aquí a cenar.
—Tu madre llamó aquella tarde diciendo que quería comer pescado estofado.
—Me pediste que fuera a preparárselo primero.
Mi madre me miró.
Ahora entendía por qué había llegado casi tres horas tarde aquel día.
—Y cuando mi padre estuvo hospitalizado…
Esta vez mi voz tembló.
—Me quedé aquí una noche.
—A las siete de la mañana tu madre me llamó para preguntarme dónde había dejado sus medicamentos para la presión.
—Después me preguntó cuándo regresaría porque nadie había preparado el desayuno.
Papá dejó lentamente el ajo que estaba pelando.
Su rostro no mostraba rabia.
Eso era peor.
Solo decepción.
—Xiaoxiao —dijo—. ¿Por qué nunca nos dijiste nada?
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Porque pensé que podía soportarlo.
Mi madre tomó mi mano.
—¿Y por qué tenías que soportarlo?
No supe responder.
Durante demasiado tiempo había confundido ser buena esposa con no tener límites.
Su Wei volvió a levantar el teléfono.
Mi suegra seguía en la llamada.
Había escuchado casi todo.
Entonces su voz explotó.
—¡Xiaoxiao! ¿Ahora estás contando asuntos familiares delante de tus padres para hacerme quedar como una villana?
Respiré.
Después tomé el teléfono de manos de mi hermano.
—Mamá.
—¡No me llames así si vas a hablar mal de mí a mis espaldas!
La ironía casi me hizo reír.
—Bien.
Hice una pausa.
—Señora Chen.
Toda la habitación quedó inmóvil.
Incluso Chen Kai levantó la cabeza.
Mi suegra también guardó silencio.
Era la primera vez desde mi boda que dejaba de llamarla mamá.
—Hoy no voy a regresar.
—¿Qué?
—Tampoco cocinaré para sus invitados.
—¡Su Xiaoxiao!
—Si tienen hambre, pueden pedir comida.
—Si no quieren pedirla, pueden cocinar.
—Hay cuatro adultos sanos en esa casa.
Mi suegra casi gritó.
—¡Eres la nuera!
—Sí.
—No la cocinera.
Colgué.
Apagué el teléfono.
Y por primera vez desde que comenzó aquella mañana, el silencio no me pareció aterrador.
Me pareció libertad.
Chen Kai se levantó.
—Xiaoxiao, tenemos que hablar.
—Habla.
Miró a mis padres.
—En privado.
Negué.
—Todo lo que he hecho para proteger tu imagen durante dos años lo hice en privado.
—Hoy puedes hablar delante de todos.
Apretó los labios.
—Sé que mi madre se pasa algunas veces.
—¿Algunas?
—Pero está acostumbrada a esa forma de vivir.
—Entonces que siga viviendo así.
Lo miré directamente.
—Sin mí.
El rostro de Chen Kai cambió.
—¿Qué quieres decir?
—Que no volveré hoy.
—Ya lo dijiste.
—Tampoco mañana.
—Xiaoxiao…
—Y no volveré mientras la situación siga igual.
Se quedó mirándome.
—¿Quieres separarte de mí por cocinar?
Mi hermano dio un paso, pero levanté una mano.
Aquello tenía que decirlo yo.
—No.
—Quiero dejar de vivir en una casa donde todos consideran que mi tiempo vale menos que el suyo.
Chen Kai frunció el ceño.
—Yo nunca dije eso.
—Nunca fue necesario.
—Cada vez que tú descansabas mientras yo limpiaba, lo dijiste.
—Cada vez que tu madre me llamaba y tú pedías que yo cediera, lo dijiste.
—Cada vez que ella quería algo y automáticamente se convertía en responsabilidad mía, lo dijiste.
Se quedó en silencio.
Después murmuró:
—Puedo cambiar.
Lo miré durante mucho tiempo.
Dos años atrás, habría llorado al escuchar aquellas palabras.
Ahora solo pregunté:
—¿Qué vas a cambiar?
No respondió inmediatamente.
—Ayudaré más en casa.
Sonreí con amargura.
—¿Ayudar?
Parpadeó.
—También es tu casa.
—No me estás ayudando cuando lavas tu propia ropa.
—No me ayudas cuando limpias el lugar donde tú también vives.
—No me ayudas cuando atiendes a tu propia madre.
Su rostro se puso rojo.
—No quise decirlo así.
—Pero llevas dos años pensándolo así.
Mi padre habló entonces por primera vez.
—Chen Kai.
Él se volvió inmediatamente.
—Papá.
—No me llames papá ahora.
Su voz seguía tranquila.
—Primero escucha.
Chen Kai palideció.
Mi padre señaló hacia mí.
—Cuando se casó contigo, mi hija no dejó de ser hija de esta familia.
—Nosotros no la criamos durante veintiséis años para entregársela a otra familia como empleada doméstica.
Mi madre se limpió discretamente una lágrima.
Papá continuó:
—Si ustedes quieren una nuera que cocine, limpie, atienda invitados y no tenga derecho a visitar a sus propios padres, buscaron a la persona equivocada.
Chen Kai abrió la boca.
No salió nada.
Entonces su teléfono empezó a sonar.
MAMÁ.
Lo observamos.
La llamada terminó.
Volvió a sonar.
Chen Kai respiró profundamente.
Finalmente contestó.
—Mamá.
La voz de mi suegra era tan fuerte que todos pudimos escucharla.
—¡Trae inmediatamente a tu esposa! ¡Tu tía ya llegó y todavía no hay nada preparado!
Antes, Chen Kai me habría mirado.
Yo habría entendido.
Me habría levantado.
Esta vez no me moví.
Él me miró igualmente.
Pero quizá algo en mi expresión le hizo comprender que aquella puerta ya se había cerrado.
—Mamá.
Su voz tembló un poco.
—Hoy cocinas tú.
Silencio.
—¿Qué dijiste?
—Xiaoxiao no vuelve hoy.
—¡Chen Kai! ¿Te has vuelto loco por culpa de esa mujer?
Él cerró los ojos.
Y entonces dijo una frase que yo había esperado dos años.
—No es “esa mujer”.
—Es mi esposa.
Sentí un pequeño movimiento dentro del pecho.
Pero no fue suficiente.
Ya no bastaba con una frase correcta después de cientos equivocadas.
Mi suegra comenzó a llorar.
Después a gritar.
Luego dijo que se sentía mal.
Chen Kai palideció.
—Mamá, ¿qué ocurre?
Allí estaba.
El viejo reflejo.
La culpa.
El miedo.
La obediencia.
Tomó las llaves del coche.
—Tengo que ir a verla.
Asentí.
—Ve.
Se quedó sorprendido.
Quizá esperaba que lo detuviera.
—¿No vienes?
—No.
—Pero si realmente le pasa algo…
—Eres su hijo.
Lo miré.
—Ocúpate tú.
Aquella frase lo dejó sin palabras.
Chen Kai salió.
La puerta se cerró.
Mi madre me sirvió por fin las empanadillas que llevaba toda la mañana preparando.
Me comí doce.
Por primera vez en dos años, durante el segundo día del Año Nuevo Lunar, terminé una comida caliente sin levantarme una sola vez a servir a nadie.
Pensé que aquella era la parte más difícil.
Me equivocaba.
A las nueve de la noche, Chen Kai regresó.
Solo.
Su expresión era extraña.
—Mi madre está perfectamente.
No me sorprendió.
—Dijo que le dolía el pecho porque estaba enfadada.
Su Wei soltó una risa fría.
Chen Kai se sentó frente a mí.
—Discutimos.
—Lo siento.
—Le dije que, cuando volvamos, ya no vivirás con ellos durante las fiestas.
Levanté la cabeza.
—¿Cuando volvamos?
Él se quedó inmóvil.
—Sí.
—Chen Kai.
Puse los palillos sobre la mesa.
—Creo que todavía no entiendes algo.
Su rostro se tensó.
—¿Qué?
—Yo no he decidido volver contigo.
Pareció recibir un golpe.
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
—¡Pero acabo de discutir con mi madre por ti!
Respiré.
Y aquella frase terminó de destruir la poca esperanza que todavía conservaba.
—¿Por mí?
Él comprendió demasiado tarde.
—No quise decir…
—Exactamente por eso necesitamos separarnos un tiempo.
Me levanté.
—Porque todavía crees que ponerle un límite a tu madre es un sacrificio que haces por mí.
—No entiendes que debería ser algo que haces porque tú también reconoces que está mal.
Chen Kai se quedó sentado.
Ya no intentó discutir.
Esa noche dormí en mi antigua habitación.
A la mañana siguiente me despertó mi madre.
—Xiaoxiao.
—¿Qué ocurre?
Su expresión era complicada.
—Tu suegra está abajo.
Me incorporé.
—¿Aquí?
—No vino sola.
Me acerqué a la ventana.
Fuera había tres coches.
Mi suegra.
Mi suegro.
Dos tías de Chen Kai.
Y detrás de ellos…
varios familiares.
Mi hermano apareció en la puerta.
—Parece que vinieron a buscarte.
Entonces escuchamos golpes en la entrada.
La voz de mi suegra atravesó el patio.
—¡Su Xiaoxiao!
—¡Sal!
—¡Hoy vamos a dejar claro delante de tus padres qué clase de nuera eres!
Su Wei empezó a bajar las escaleras.
Lo agarré del brazo.
—Espera.
—¿Qué?
Abrí el armario.
Saqué una pequeña carpeta que había guardado allí desde hacía seis meses.

Mi hermano miró la portada.
—¿Qué es eso?
Respiré profundamente.
Dentro estaban las transferencias bancarias.
Los recibos.
Las cuotas del préstamo.
El dinero que yo había entregado durante dos años a la familia Chen.
Y un documento que ninguno de ellos sabía que existía.
La escritura del apartamento donde Chen Kai y yo vivíamos.
Mi hermano abrió los ojos.
—Xiaoxiao…
Lo cerré.
—Ayer solo quería descansar un día.
Miré hacia la ventana, donde mi suegra seguía exigiendo que saliera.
—Pero ya que han venido todos…
Tomé la carpeta.
—Vamos a aprovechar para hacer cuentas.
Y mientras bajaba las escaleras, comprendí que las cuarenta llamadas del día anterior no habían sido el verdadero final.
Solo habían sido la primera grieta.
Lo que mi suegra todavía no sabía era que aquella mañana no iba a llevarse de vuelta a una nuera obediente.
Iba a descubrir quién había estado pagando realmente la casa en la que llevaba dos años dándome órdenes.