PARTE 2: SIN EL DINERO

Tres horas después, el salón de bodas estaba casi vacío.

Clara seguía con el vestido blanco.

Pero ya no sonreía.

El organizador se acercó a César con expresión incómoda.

—Señor Qin… el pago del banquete fue rechazado.

César frunció el ceño.

—Imposible. La cuenta corporativa siempre funciona.

Sacó el teléfono.

Una notificación apareció en la pantalla.

Acceso revocado.

Luego otra.

Vehículo recuperado por el propietario.

Y una tercera.

Proyecto Qin suspendido por decisión del consejo inversionista.

El color desapareció de su rostro.

Su padre intentó llamar al banco.

No obtuvo respuesta.

Su madre preguntó nerviosa:

—¿Qué está pasando?

César apretó los dientes.

—Es Mónica.

Mientras tanto, yo ya estaba en el otro salón reservado por mi padre.

Los invitados que realmente habían venido por mí nos acompañaron sin hacer preguntas.

Mi madre me abrazó por primera vez en toda la noche.

—Perdóname por no haber insistido más.

Negué con una sonrisa cansada.

—Ya terminó.

En ese instante sonó mi teléfono.

Era César.

Contesté.

—¿Qué quieres?

Su voz ya no sonaba segura.

—Mónica… esto no tiene sentido.

—¿Qué parte?

—Retiraste todo.

Miré la copa de agua que tenía frente a mí.

—No.

—Solo recuperé lo que siempre perteneció a mi familia.

Guardó silencio.

Respiró hondo.

—La villa… el coche… los fondos… ¿de verdad vas a dejarme sin nada?

Solté una risa breve.

—¿No pensabas formar una nueva familia?

—Eso es diferente.

—¿En qué?

No respondió.

Continué con calma.

—Hace una hora me dijiste que debía criar al hijo de otra mujer.

Ahora me preguntas por una casa.

La diferencia entre nosotros es bastante clara.

Del otro lado solo se escuchó su respiración.

—Mónica… podemos hablar.

—No.

Colgué.

Cinco minutos después, mi abogado me envió un mensaje.

“La empresa Qin acaba de solicitar una reunión urgente. Sin el fondo de expansión, no podrán cubrir la nómina del próximo mes.”

Le respondí con una sola frase.

“Toda negociación queda suspendida.”

Mientras guardaba el teléfono, mi padre se sentó a mi lado.

—¿Te duele?

Miré el anillo que ya no llevaba en la mano.

—Sí.

Él tomó mi mano en silencio.

—Pero pasará.

Asentí.

En ese mismo momento, el celular volvió a vibrar.

Esta vez era una fotografía enviada por un invitado.

Mostraba a Clara llorando en medio del salón vacío, mientras varios proveedores retiraban las flores, las mesas y hasta el arco del altar por falta de pago.

Y César, que horas antes había querido tener dos esposas…

Ahora ni siquiera podía pagar una sola boda.

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