PARTE 2: La fotografía que Nathaniel nunca logró olvidar

La recepción se celebraba en el último piso de un hotel de lujo.

Apenas entramos, comprendí por qué Nathaniel necesitaba una asistente.

Todo el mundo quería algo de él.

Inversionistas.

Directores.

Clientes.

Personas que sonreían demasiado.

Yo llevaba quince minutos tomando notas cuando una mujer elegante se acercó.

—Nathaniel.

Él se tensó.

—Victoria.

Ella me observó.

—¿Nueva asistente?

—Emma Bennett.

Su copa quedó suspendida en el aire.

—¿Bennett?

Nathaniel cambió inmediatamente de tema.

Aquello fue suficiente para despertar mi curiosidad.

Más tarde, mientras él hablaba con unos inversionistas, Victoria se acercó nuevamente.

—Así que finalmente te contrató.

—¿Finalmente?

Sonrió.

—Pregúntale cuántas veces apareció tu currículum en esta empresa antes de que solicitaras el puesto.

Antes de que pudiera responder, Nathaniel apareció.

—Victoria.

Una palabra.

Ella se marchó sonriendo.

En el coche de regreso, crucé los brazos.

—¿Cuántas veces?

—¿Qué?

—Mi currículum.

Silencio.

—Nathaniel.

Era la primera vez que decía su nombre sin “señor Moore”.

Sus orejas volvieron a ponerse rojas.

—Tres.

Me quedé boquiabierta.

—¿Cómo tenías mi currículum antes de que yo solicitara trabajo?

—Tu padre me lo enviaba.

Ahora fui yo quien quedó muda.

Llamé a papá desde el coche.

—¿Le mandaste mi currículum a Nathaniel?

—Claro.

—¿Tres veces?

—Tal vez cuatro.

—¡Papá!

—Nunca te contrataba. Pensé que seguía resentido por aquella paliza.

Miré a Nathaniel.

Él observaba obstinadamente por la ventana.

—¿Por qué no me contrataste antes?

—No había un puesto adecuado.

—Mentira.

Suspiró.

—Porque no quería que pensaras que habías conseguido trabajo por conocerme.

Aquella respuesta me dejó sin palabras.

A la mañana siguiente encontré algo todavía más extraño.

Mientras organizaba unos archivos antiguos, una fotografía cayó de una carpeta.

Era de una feria escolar.

Yo tendría unos doce años.

Aparecía sobre una bicicleta, riéndome.

Detrás de mí había un chico flaco sosteniendo una mochila.

Nathaniel.

En la parte posterior alguien había escrito:

“Emma Bennett — carrera juvenil, 2009.”

Entró justo cuando sostenía la fotografía.

Se detuvo.

—¿Por qué tienes esto?

Por primera vez, el hombre que podía intimidar una sala llena de ejecutivos parecía querer desaparecer.

—Devuélvemela.

—Primero explícame algo.

Le mostré la fecha.

—Mi padre dijo que te golpeó porque te encontró trepando nuestro muro.

Nathaniel cerró los ojos.

—Tu padre recuerda la mitad de la historia.

—¿Cuál es la otra mitad?

Se acercó al escritorio y abrió el cajón inferior.

Sacó un sobre viejo.

Dentro había otra fotografía de aquella misma tarde.

Esta vez aparecía nuestro muro.

Nathaniel estaba trepado sobre él.

Pero no estaba mirando hacia mi ventana.

Estaba intentando alcanzar una mochila roja atrapada en el tejado del cobertizo.

Reconocí inmediatamente la mochila.

Era mía.

—Yo había olvidado esto.

—Lo sé.

—Entonces… ¿mi padre te golpeó por intentar devolverme la mochila?

Nathaniel hizo una mueca.

—No exactamente.

—¿Qué significa “no exactamente”?

Antes de responder, su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió por completo.

—Es tu padre.

Contestó.

No puso el altavoz, pero escuché claramente la voz alterada de papá.

—Nathaniel, no le enseñes a Emma ese sobre.

Lo miré.

Nathaniel también me miró.

Entonces mi padre añadió:

—Ella todavía no sabe por qué desapareciste del pueblo al día siguiente.

Mi sonrisa se borró.

Nathaniel apretó lentamente el teléfono.

Y comprendí que aquella vieja paliza jamás había sido el verdadero secreto entre ellos.

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