A las 7:55 llegué al Registro Civil.
Llevaba un vestido sencillo, el cabello recogido y una carpeta con los documentos que había recuperado del apartamento con ayuda del administrador del edificio.
El hombre que esperaba junto a la entrada se llamaba Adrian Whitmore.
Treinta años.
Abogado corporativo.
Hijo de un viejo amigo de mi padre.
Nuestros padres llevaban años bromeando con que algún día terminaríamos juntos.
Yo siempre había odiado aquella idea.
Adrian también.
O eso creía.
Cuando me vio, miró el reloj.
—Llegaste temprano.
—Tú también.
—Mi madre me amenazó con llamarme cada cinco minutos.
Casi sonreí.
Entonces su expresión se volvió seria.
—Sophie, antes de entrar necesito preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Estás aquí porque realmente quieres esto?
La pregunta me sorprendió.
Durante años Ethan había decidido cuándo hablábamos, cuándo terminaban nuestras discusiones y hasta cuándo debíamos casarnos.
Adrian, en cambio, ni siquiera había cruzado aquella puerta y ya estaba preguntándome qué quería yo.
—No —respondí.
Él asintió.
—Perfecto.
Parpadeé.
—¿Perfecto?
Sacó otro documento de su carpeta.
—Porque yo tampoco vine a casarme contigo.
Era una solicitud relacionada con una sociedad que nuestros padres habían creado años atrás.
Necesitábamos comparecer personalmente para resolver una cuestión administrativa vinculada a nuestras participaciones.
Solté una carcajada nerviosa.
—¿Entonces nuestros padres nos engañaron?
—Digamos que dramatizaron bastante la explicación.
Entramos juntos.
Y entonces escuché mi nombre.
—¡Sophie!
Me giré.
Ethan estaba junto a otra ventanilla con su madre.
Llevaba traje.
Flores.
Y aquella expresión segura del hombre convencido de que yo terminaría obedeciendo.
Hasta que vio a Adrian.
—¿Quién es él?
—No es asunto tuyo.
Su madre intervino.
—Sophie, deja esta ridiculez. Tenemos la cita preparada.
Ethan extendió la mano.
—Ven.
Miré aquella mano.
Durante años habría corrido hacia ella.
Esta vez no me moví.
—Te dije que terminamos.
—Estabas enfadada.
—No. Estaba despierta.
Adrian permaneció en silencio.
No habló por mí.
No necesitaba hacerlo.
Entonces Ethan vio la carpeta que llevaba.
Su expresión cambió.
—¿Qué documentos son esos?
—Los míos.
—Yo guardaba tus documentos.
—Ese era precisamente el problema.
Pasé junto a él.
Pensé que aquello sería el final.
Me equivocaba.
Cuando Adrian y yo terminamos nuestro trámite, encontró algo extraño en los documentos de la sociedad.
—Sophie, mira esto.
Había una solicitud presentada seis meses antes.
Mi firma aparecía al final.
Pero yo jamás había visto aquel papel.
—¿Qué autoriza?
Adrian leyó dos veces.
—Una transferencia de tus participaciones.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿A quién?
Giró la página.
El beneficiario era Ethan Cole.
Me quedé helada.
—Eso es imposible.
Adrian sacó su teléfono.
—Voy a pedir que revisen el expediente antes de sacar conclusiones.
Entonces encontramos el documento utilizado para verificar mi identidad.
Una copia de mi identificación.
La misma que Ethan llevaba meses guardando “para que yo no volviera a perderla”.
Pero había algo todavía peor.
La solicitud necesitaba un testigo.
Y junto a aquella firma apareció un nombre que reconocí inmediatamente.
Clara Bennett.
Clara.
“Luna”.
La mujer a la que Ethan llamaba esposa dentro del juego.
Adrian me miró.
—¿La conoces?
Volví la vista hacia el otro extremo del Registro Civil.
Ethan ya no estaba.

Su madre tampoco.
Y comprendí por qué había insistido tanto en que yo apareciera allí exactamente aquella mañana.
Quizá Ethan nunca había planeado casarse conmigo ese día.
Quizá necesitaba que yo estuviera presente para completar algo que llevaba seis meses preparando a mis espaldas.