Gabriel no respondió.
Durante siete años había imaginado cientos de veces cómo sería volver a verme.
Pero evidentemente nunca había imaginado que yo estaría allí, frente a él, sonriendo como si nuestra historia no hubiera terminado en una traición.
—Ana… —repitió.
—¿Sí, general?
La palabra “general” pareció dolerle.
—No me llames así.
—¿Por qué? Es tu título.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
—Has cambiado.
—Tú también.
Uno de sus compañeros se acercó.
—¿Se conocen?
Gabriel tardó demasiado en responder.
—Sí.
Lo miré.
—Fuimos prometidos.
El hombre abrió los ojos.
—¿Qué?
Gabriel apretó la mandíbula.
—Hace mucho tiempo.
—Siete años —corregí.
El silencio cayó sobre la mesa.
Entonces uno de los oficiales preguntó:
—¿No fue ella la mujer que desapareció antes de tu boda?
Gabriel me miró.
—Sí.
Sonreí.
—La misma.
No quería hablar del pasado.
Pero Gabriel me siguió cuando salí al balcón.
—¿Por qué regresaste?
—Trabajo.
—¿Te vas a quedar?
—No lo sé.
—Ana, necesito explicarte lo que ocurrió.
Me apoyé contra la barandilla.
—Ya no necesitas explicarme nada.
—Sí necesito.
—¿Por qué?
Su voz bajó.
—Porque nunca te engañé de la forma que crees.
Lo miré.
—Te vi con mi hermana.
—Lo sé.
—Vi sus mensajes.
—Lo sé.
—Vi los anillos.
Gabriel cerró los ojos.
—También lo sé.
Entonces saqué de mi bolso una pequeña caja.
La abrí.
Dentro estaba el anillo de compromiso que había dejado atrás siete años antes.
Gabriel se quedó inmóvil.
—Nunca lo vendí —dije—. Nunca lo tiré.
Él dio un paso hacia mí.
—Entonces todavía…
Negué.
—No confundas recuerdos con sentimientos.
Su expresión cambió.
—Ana, yo nunca me casé con Natalia.
—¿Por qué?
—Porque ella no era la mujer que creías.
Fruncí el ceño.
Gabriel respiró profundamente.
—La noche antes de tu boda descubrí que Natalia estaba involucrada con personas que intentaban acceder a información militar a través de mí.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—Por eso actué como si estuviera con ella.
—¿Quieres que crea que tuviste una relación con mi hermana para protegerme?
—No.
Su voz se quebró.
—Lo hice para mantenerte viva.
El viento golpeó las ventanas del balcón.
Yo no podía hablar.
Gabriel continuó:
—Habían descubierto que eras la única persona a la que yo escuchaba. Querían utilizarte para llegar hasta mí. Natalia aceptó colaborar con los investigadores, pero necesitábamos que todos creyeran que ella era importante para mí.
—¿Y yo?
—Tenías que desaparecer.
Sentí un frío recorrerme.
—¿Por eso nunca me buscaste?
—Te busqué.
Lo miré.
—Nunca recibí una llamada.
—Porque todas tus comunicaciones estaban siendo vigiladas.
Sacó su teléfono y abrió un archivo.
Había fotografías.
Informes.
Fechas.
Mi nombre aparecía en varios documentos.
—Durante siete años mantuvimos vigilancia sobre las personas que intentaban encontrarte.
Mi respiración se volvió pesada.
—¿Y Natalia?
Gabriel bajó la mirada.
—Desapareció hace tres años.
—¿Qué?
—Entró como testigo protegida. Su identidad fue cambiada.
Entonces comprendí algo.
La mujer que yo había odiado durante siete años había estado escondida.
Pero aún faltaba una pregunta.
—¿Por qué nunca me lo contaste cuando todo terminó?
Gabriel me miró directamente.
—Porque no terminó.
Sacó un sobre negro.
—Hace seis meses recibimos información de que alguien volvió a buscarte.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía.
Era reciente.
Yo aparecía entrando al edificio donde trabajaba.
Sentí que el corazón se me detenía.
Debajo de la imagen había una frase escrita a mano:
“SI ANA REGRESA, GABRIEL TAMBIÉN.”
Levanté la mirada.
Gabriel ya no parecía el hombre elegante de la recepción.
Parecía un soldado.
—Ahora entiendes por qué sigo soltero.
Me quedé mirando la fotografía.
Siete años atrás pensé que había abandonado mi boda.
Ahora acababa de descubrir algo mucho peor.

Tal vez aquella boda nunca había sido una traición.
Había sido una operación.
Y alguien acababa de reactivarla.