PARTE 2: LOS HIJOS QUE LUCA NUNCA SUPO QUE EXISTÍAN

Luca llegó hasta nuestra mesa, pero no se sentó.

No podía apartar los ojos de los gemelos.

—¿Cuántos años tienen? —preguntó finalmente.

Su voz era apenas un susurro.

No respondí.

Evelyn se acercó lentamente.

—Luca, vámonos.

Él no se movió.

Amara levantó la mirada y preguntó:

—Mamá, ¿por qué ese señor nos mira así?

Luca cerró los ojos durante un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, había algo diferente en ellos.

Miedo.

—Nia… —dijo—. ¿Son míos?

La pregunta cayó sobre la mesa como una piedra.

Noah frunció el ceño.

—¿Mamá?

Tomé la mano de mi hijo.

—Termina tu postre.

Luca retrocedió un paso.

—Dímelo.

Lo miré directamente.

—¿Por qué debería hacerlo?

—Porque necesito saberlo.

Solté una pequeña risa sin humor.

—¿Ahora necesitas saberlo?

Su mandíbula se tensó.

—Nunca me dijiste que estabas embarazada.

—Nunca preguntaste.

El silencio fue absoluto.

Evelyn miró a Luca.

—¿Qué está pasando?

Él no respondió.

Sus ojos seguían clavados en los niños.

Entonces Noah levantó la cabeza.

—Mi papá se llama Daniel.

Luca palideció.

Noah continuó, completamente inocente:

—Pero mamá dice que algunas personas pueden parecerse mucho sin ser familia.

Aquella frase pareció golpear a Luca más fuerte que cualquier respuesta.

—¿Daniel? —repitió.

—Sí —respondió Amara—. Es el hombre que nos cuida.

Luca me miró.

—¿Quién es Daniel?

—Alguien que estuvo cuando tú no estabas.

Evelyn retrocedió.

—Luca…

Él levantó una mano.

—Necesito hablar con Nia a solas.

—No —respondí.

Su rostro se endureció.

—Por favor.

Fue la primera vez que lo escuché decir esa palabra.

El hombre que una vez había firmado acuerdos de miles de millones sin pedir permiso estaba frente a mí, incapaz de controlar el temblor de sus manos.

—Cinco minutos —dijo.

Miré a los gemelos.

—Vayan con la camarera. Mamá estará aquí.

Cuando se alejaron, Luca se sentó frente a mí.

—¿Cuándo nacieron?

—Hace seis años.

Se quedó inmóvil.

—Seis…

Asentí.

—¿Y son míos?

No respondí.

Él apretó los puños.

—Nia.

—Sí.

Su respiración se quebró.

—¿Los dos?

—Sí.

Luca bajó la cabeza.

Durante unos segundos, pareció incapaz de hablar.

—Entonces todo este tiempo…

—Todo este tiempo estuvieron creciendo.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Lo miré fijamente.

—Porque después de que firmamos el divorcio descubrí que estaba embarazada.

Su rostro perdió el color.

—¿Y por qué no me llamaste?

—Lo hice.

Luca levantó la mirada.

—¿Qué?

—Tres veces.

Se quedó helado.

—Tu asistente me dijo que no querías volver a hablar conmigo. Después recibí un correo de tu abogado diciendo que cualquier comunicación debía hacerse por canales legales.

Él negó lentamente.

—Yo nunca ordené eso.

—Pero ocurrió.

Sacó el teléfono.

—Quiero una prueba de ADN.

—Ya existe.

Luca se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

Saqué de mi bolso una pequeña carpeta.

La coloqué sobre la mesa.

—La hice hace seis años.

Él la miró como si fuera una sentencia.

No la abrió.

—¿Y cuál fue el resultado?

Lo miré a los ojos.

—Noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento.

Luca cerró los ojos.

Por primera vez desde que lo conocía, vi lágrimas en su rostro.

Pero antes de que pudiera decir algo, Evelyn tomó la carpeta.

Había permanecido detrás de él todo ese tiempo.

Abrió la primera página.

Leyó.

Y su expresión cambió por completo.

—Luca…

Él se volvió.

—¿Qué?

Evelyn levantó lentamente la mirada.

—Hay algo que tienes que saber.

Sacó una segunda hoja que estaba detrás del informe de ADN.

—Este documento no estaba en la carpeta original.

Lo miré.

Yo tampoco lo había visto antes.

Evelyn leyó la primera línea.

Después levantó la cabeza.

—La clínica que realizó esta prueba pertenece a una empresa de Moretti Global.

Luca frunció el ceño.

—Eso es imposible.

Evelyn negó.

—No.

Le dio la vuelta al documento.

En la parte inferior aparecía una firma.

La firma de la persona que había recibido los resultados seis años atrás.

Luca la reconoció inmediatamente.

Su rostro se quedó completamente blanco.

Porque no era su abogado.

No era su asistente.

Era alguien de su propia familia.

Y esa persona había sabido durante seis años que los gemelos existían.

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