PARTE 2: EL DINERO QUE NUNCA LLEGÓ

Cerré la puerta de mi oficina y llamé al departamento de contabilidad.

—Necesito todos los pagos realizados a Rosa Martínez durante los últimos doce meses.

—Señor Whitmore, son casi las dos de la mañana.

—Entonces tendrás que trabajar hasta que los encuentres.

Cinco minutos después, recibí el informe.

Lo abrí.

Y sentí que algo frío me atravesaba el pecho.

Según nuestros registros, Rosa había recibido su salario completo cada mes.

Tres transferencias.

Tres comprobantes.

Tres firmas digitales.

Pero ninguna había llegado a su cuenta.

—¿Quién autorizó estos pagos?

La respuesta apareció debajo.

Harrison Blake.

Mi administrador de propiedades.

El hombre que llevaba nueve años manejando el personal de la mansión.

Lo llamé.

No contestó.

Volví a intentarlo.

Nada.

Entonces revisé los comprobantes bancarios.

Las cuentas de destino no coincidían con las de Rosa.

Todas terminaban en una misma institución financiera.

Y una de ellas estaba registrada a nombre de una empresa que reconocí inmediatamente.

Blake Consulting LLC.

La empresa de Harrison.

Me levanté de golpe.

No era un error administrativo.

Alguien estaba robando los salarios de mi personal.

Y llevaba meses haciéndolo.

Pero entonces encontré algo peor.

Una carpeta antigua dentro del sistema contenía las nóminas de otros empleados.

Abrí la primera.

Un jardinero.

Dos meses de salarios desaparecidos.

Otra.

Una cocinera.

Cuatro meses.

Otra.

Una empleada doméstica que había trabajado para mi familia durante seis años.

Cinco meses sin cobrar.

Todos los pagos aparecían como realizados.

Todos habían terminado en cuentas vinculadas a Harrison.

Sentí rabia.

Pero no fue eso lo que me hizo detenerme.

En la última página aparecía una autorización maestra.

No llevaba la firma de Harrison.

Llevaba la firma de alguien que conocía desde que era niño.

Mi hermana.

Victoria.

Me quedé mirando su nombre.

No podía ser.

Victoria administraba parte de las inversiones familiares y tenía acceso a determinadas cuentas, pero jamás había manejado la nómina del personal.

Al menos eso creía.

Entonces escuché tres golpes en la puerta.

Era Camila.

Entró lentamente.

—¿Encontraste el dinero de mi mamá?

La miré.

—Sí.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Entonces le pagarán?

No respondí inmediatamente.

—Camila, necesito preguntarte algo.

Ella asintió.

—¿Quién te dijo que yo había autorizado el pago de tu mamá?

La niña bajó la mirada.

—El señor Harrison.

—¿Te dijo algo más?

Camila apretó las correas de su mochila.

—Sí.

—¿Qué?

Miró hacia la puerta antes de susurrar:

—Dijo que tu hermana le había dado permiso.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Victoria?

Camila asintió.

—Pero hay otra cosa.

—¿Qué cosa?

La niña sacó un pequeño sobre rosa de su mochila.

—Encontré esto en la oficina del señor Harrison.

Lo abrió.

Dentro había una copia de una transferencia bancaria y una fotografía.

La transferencia mostraba una cantidad enorme de dinero.

La fotografía mostraba a Harrison entregando un sobre a Victoria.

Pero eso no era lo peor.

Al fondo aparecía mi padre.

Mi padre había muerto hacía seis años.

Y debajo de la fotografía había una fecha de apenas tres semanas atrás.

Me quedé inmóvil.

—Camila…

Ella señaló la fotografía.

—¿Ese hombre no es tu papá?

No pude responder.

Porque acababa de reconocer el reloj que llevaba.

El mismo reloj que había sido enterrado con él.

Y entonces mi teléfono comenzó a sonar.

Número desconocido.

Contesté.

Nadie habló durante varios segundos.

Después una voz masculina susurró:

—Si quieres saber quién está realmente detrás del dinero que desapareció, deja de investigar a Harrison.

Tragué saliva.

—¿Quién eres?

La respuesta llegó en un tono casi divertido.

—Alguien que sabe por qué tu padre fingió estar muerto.

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