PARTE 2: SEGUNDA PARTE: NO SABÍA A QUIÉN ACABABA DE DECLARARLE LA GUERRA

Guardé el teléfono sin responder.

—¿Contestará? —preguntó Henry.

Negué con la cabeza.

—No.

Dejé el móvil sobre la mesa de cristal y abrí una carpeta azul.

—Si Adrian quiere una guerra, primero tendrá que descubrir contra quién está luchando.

Henry respiró hondo.

—Ya confirmamos que aterrizó hace una hora. No vino solo.

—¿Vanessa?

—Y dos abogados del bufete Shaw & Pierce.

Sonreí apenas.

Seguía actuando como abogado de Langford Group.

Ni siquiera había esperado a que terminara nuestro matrimonio.

—Margaret ya llegó —anunció la secretaria desde la puerta.

La mejor especialista en divorcios del Reino Unido entró con una carpeta gruesa bajo el brazo.

Me estrechó la mano.

—He leído el informe preliminar.

Se sentó frente a mí.

—Quiero hacerte una sola pregunta.

Asentí.

—¿Todavía existe alguna posibilidad de reconciliación?

Pensé en la bofetada.

En Vanessa sonriendo.

En Lily abrazándose a mi cuello mientras subíamos al avión.

—Ninguna.

Margaret cerró la carpeta.

—Perfecto. Entonces dejaremos de pensar como una esposa y empezaremos a pensar como una directora ejecutiva.

Aquellas palabras me devolvieron una parte de mí que había olvidado.

Durante tres años me esforcé por salvar un matrimonio.

Ahora iba a proteger a mi hija.

Y a mi empresa.

Henry colocó otra carpeta sobre la mesa.

—Encontramos algo más.

La abrí.

Eran registros de reuniones.

Facturas.

Correos electrónicos.

Adrian había asistido durante meses a encuentros privados organizados por Langford Group.

Mucho antes de aquella bofetada.

Mucho antes de que Vanessa empezara a aparecer constantemente en nuestras vidas.

Mi pecho se tensó.

—Todo esto ocurrió mientras seguía casado conmigo.

—Sí.

—¿Y nunca lo declaró como conflicto de intereses?

Henry negó lentamente.

Margaret levantó la vista.

—Eso puede destruir su licencia profesional.

No sentí satisfacción.

Solo una inmensa decepción.

Porque el hombre con quien me casé no había cambiado en una noche.

Simplemente yo había dejado de justificarlo.

En ese momento sonó el intercomunicador.

—Señorita Quinn.

—¿Sí?

—Hay un señor Adrian Shaw en recepción.

Miré el reloj.

Habían pasado exactamente veintitrés horas desde que me golpeó.

—¿Solo?

—No.

La recepcionista hizo una pausa.

—Está acompañado por la señorita Vanessa Lang.

Henry soltó una risa incrédula.

—Ni siquiera intenta ocultarlo.

Me puse de pie.

—No los hagas subir.

Cinco minutos después observaba el vestíbulo desde las cámaras de seguridad.

Adrian caminaba de un lado a otro.

Vanessa permanecía junto a él con los brazos cruzados.

La recepcionista mantenía una sonrisa impecable.

—Lo siento, señor.

—Necesito ver a Victoria.

—¿Tiene cita?

—Soy su esposo.

La recepcionista consultó la pantalla.

—No aparece registrado como contacto autorizado.

Adrian frunció el ceño.

—Dígale que Adrian Shaw está aquí.

Ella hizo una llamada fingiendo consultar.

Después respondió con absoluta tranquilidad.

—La señorita Quinn ha indicado que cualquier comunicación deberá hacerse únicamente a través de sus abogados.

Vi cómo el rostro de Adrian cambiaba.

Por primera vez.

Empezaba a entender que ya no podía dar órdenes.

Vanessa dio un paso al frente.

—¿Sabe quién soy?

La recepcionista sonrió con educación.

—No es necesario.

—Mi familia hace negocios con Quinn Global.

—En ese caso, pueden solicitar una reunión por los canales corporativos.

Vanessa apretó los labios.

Nadie reaccionó.

Nadie corrió a impresionarlos.

Nadie parecía reconocer sus nombres.

Adrian sacó el teléfono y marcó mi número.

Mi móvil vibró sobre la mesa.

Lo miré unos segundos.

Y presioné el botón de rechazo.

Una vez.

Dos.

Tres veces.

Después bloqueé también ese número internacional.

Henry observó la pantalla de seguridad.

—Está perdiendo la paciencia.

No respondí.

Porque en ese instante llegó un correo electrónico.

Asunto: Confirmación de reunión extraordinaria del Consejo de Administración.

Lo abrí.

Mañana, a las nueve de la mañana.

Toda la junta directiva estaría presente.

También los representantes de NordTech.

Y, como invitados especiales…

Los ejecutivos de Langford Group.

Leí la última línea dos veces.

Después levanté lentamente la vista hacia Henry.

—Así que Vanessa vendrá a negociar personalmente.

Él asintió.

—Sí.

Margaret cerró su carpeta.

—Entonces mañana ya no será un asunto familiar.

Negué despacio.

—No.

Miré nuevamente la imagen de Adrian esperando inútilmente en el vestíbulo.

Todavía creía que había venido a recuperar a su esposa.

Lo que aún no sabía…

era que, al entrar en esa sala de juntas al día siguiente, descubriría quién ocupaba realmente la silla desde la que se decidiría el futuro de Langford Group.

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