Me quedé mirando a Samuel Shen.
En mi vida anterior apenas habíamos intercambiado unas pocas palabras.
Para mí había sido simplemente aquel ingeniero brillante que permaneció soltero toda su vida.
—¿Escuchó nuestra conversación? —pregunté.
—Lo suficiente.
Samuel abrió la puerta de la cantina.
—¿Comemos?
Durante la siguiente hora no me preguntó por Daniel.
Hablamos de estructuras, materiales y del problema de vibración que llevaba semanas afectando uno de nuestros proyectos.
Cuando mencioné una posible modificación en los soportes, Samuel dejó los palillos.
—¿Por qué no presentaste esa propuesta?
—Mi jefe dijo que una ingeniera joven debía aprender primero a seguir instrucciones.
Samuel guardó silencio.
Después dijo:
—Mañana tráeme tus cálculos.
No fue romántico.
Pero extrañamente me sentí más escuchada durante aquella hora que durante décadas junto a Daniel.
Antes de despedirnos, pregunté:
—¿Por qué aceptó esta cita?
Samuel me miró.
—Porque pedí que me presentaran contigo.
Me quedé inmóvil.
—¿Conmigo?
—He leído tres de tus informes técnicos.
Hizo una pausa.
—Quería conocer a la persona que los escribió.
Aquella respuesta me acompañó toda la noche.
Daniel había hablado durante cincuenta años de un amor capaz de hacer arder el corazón.
Samuel acababa de interesarse primero por mi mente.
Y, por primera vez, pensé que quizá yo también había entendido mal el amor.
Los días siguientes fueron tranquilos.
Hasta que ocurrió el incidente.
Daniel llevó realmente a Maya hacia una zona restringida durante una prueba.
No llegaron a entrar.
El personal de seguridad los detuvo.
La consecuencia no fue una tragedia ni una conspiración.
Fue algo mucho más humillante para Daniel:
un informe disciplinario ordinario.
Cuando regresó al departamento, estaba furioso.
Me encontró revisando cálculos junto a Samuel.
—¿Tú me denunciaste?
Levanté la mirada.
—No.
Samuel cerró la carpeta.
—El personal de seguridad hizo su trabajo.
Daniel me observó durante varios segundos.
—En nuestra otra vida jamás habrías permitido que me ocurriera esto.
Ahí estaba.
La confirmación definitiva.
También había regresado.
Me puse de pie.
—En nuestra otra vida tampoco llevabas mujeres a zonas restringidas para impresionarlas.
Su rostro se endureció.
—Estás disfrutando esto porque estoy con Maya.
—No, Daniel.
Negué.
—Fui yo quien te la presentó.
Aquello pareció enfurecerlo todavía más.
Entonces comprendí algo extraño.
Daniel había conseguido exactamente lo que afirmó haber deseado antes de morir.
Maya.
La emoción.
La mujer que hacía latir su corazón.
Entonces, ¿por qué seguía mirando hacia mí?
Dos meses después, Samuel y yo todavía no hablábamos de matrimonio.
Trabajábamos.
Comíamos juntos.
Caminábamos algunas tardes después del turno.
Él nunca intentó apresurarme.
Una noche Daniel me encontró sola.
—Clara, ¿de verdad vas a casarte con Samuel?
—No lo sé.
Pareció aliviado.
—Entonces todavía puedes reconsiderar.
Lo miré sorprendida.
—¿Reconsiderar qué?
Daniel tardó demasiado en responder.
Finalmente entendí.
En su primera vida había confundido estabilidad con ausencia de amor.
Ahora que ya no tenía mi estabilidad, comenzaba a comprender qué había perdido.
Pero esa lección ya no me pertenecía.
—Daniel, moriste diciéndome que nunca me amaste.
Su rostro palideció.
—Te creí.
Pasé junto a él.
—Esta vez voy a hacerte el favor de respetar tus últimas palabras.
Al día siguiente entregué mis cálculos a Samuel.
Los revisó cuidadosamente.
Después levantó la mirada.
—Funcionan.
Sonreí.
No hubo declaración apasionada.

No hubo destino.
Solo respeto.
Y para alguien que había pasado cincuenta años siendo considerada únicamente una esposa adecuada, aquello era suficiente para empezar.
DANIEL RENACIÓ CREYENDO QUE ESTA VEZ PODRÍA VIVIR CON LA MUJER QUE AMABA; NO IMAGINÓ QUE YO TAMBIÉN HABÍA REGRESADO PARA DESCUBRIR CÓMO ERA UNA VIDA EN LA QUE PRIMERO ME ELEGÍAN A MÍ.