Pasé la primera página.
Bianca Blake.
Debajo aparecía otro nombre.
Thomas Xie.
Y después una serie de transferencias vinculadas a Gu Holdings.
Damian intentó quitarme la carpeta.
Mr. Zhou se interpuso.
—El señor Su dejó instrucciones claras.
—¡Era mi suegro!
—Y ella era su hija.
Aquello lo detuvo.
Miré a Mr. Zhou.
—Explíqueme.
El anciano respiró profundamente.
Mi padre llevaba casi un año investigando irregularidades en una antigua inversión conjunta entre Su Capital y Gu Holdings.
Thomas Xie había sido director financiero de una subsidiaria de los Gu.
Dieciocho años atrás desapareció después de denunciar movimientos de activos que, según él, perjudicaban a varios inversionistas.
Entre ellos estaba mi padre.
—¿Y Bianca?
Mr. Zhou señaló la carpeta.
—Es hija de Thomas Xie.
El silencio fue absoluto.
Damian soltó lentamente el brazo de Bianca.
—¿Es verdad?
Ella no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Su expresión ya había cambiado.
—Te acercaste a mí por esto —murmuró Damian.
Bianca finalmente habló.
—Al principio, sí.
Había entrado en Gu Holdings buscando documentos relacionados con su padre.
Después descubrió que Margaret había participado en varias operaciones cuestionadas y que algunos activos de Su Capital habían terminado respaldando negocios de los Gu sin autorización suficiente.
—¿Y mi padre?
Pregunté.
Bianca bajó la mirada.
—Descubrió quién era yo hace seis meses.
Esperaba escuchar que ella le había hecho daño.
Pero la verdad era distinta.
Mi padre no había muerto por una conspiración secreta.
Había estado enfermo desde hacía tiempo.
Lo que la familia había ocultado era que, poco antes de su última hospitalización, había sufrido una crisis durante una discusión relacionada con aquellos documentos.
El informe público simplemente había omitido las circunstancias para evitar un escándalo empresarial.
No había pruebas de que Bianca hubiera provocado su muerte.
Y yo no iba a inventarlas.
—Entonces ¿por qué aparece su nombre arriba?
Mr. Zhou respondió:
—Porque su padre quería que usted supiera que ella tenía parte de la información.
Bianca comenzó a llorar.
—Yo le entregué copias.
Margaret gritó:
—¡Mentirosa!
Abrí el sobre sellado.
Era una carta de mi padre.
No contenía una acusación dramática.
Contenía instrucciones.
“Entrega todo a abogados independientes. No permitas que el duelo decida por ti. Protege lo que pueda demostrarse.”
Exactamente como él.
Incluso al final, papá confiaba más en los documentos que en la rabia.
Hice lo que pidió.
La revisión duró meses.
Encontró operaciones que requerían ser revertidas, activos cuya titularidad debía aclararse y transferencias que habían beneficiado indebidamente a entidades relacionadas con los Gu.
También descubrió que la famosa fortuna de Damian no era tan independiente como él creía.
Una parte importante de la expansión de Gu Holdings había dependido durante años de activos, garantías y acuerdos vinculados a mi familia.
Cuando esas relaciones fueron revisadas, Damian perdió algo más importante que dinero.
Perdió control.
Margaret fue apartada de determinadas funciones mientras se investigaban sus decisiones.
Thomas Xie fue localizado y prestó declaración sobre lo ocurrido años atrás.
Bianca entregó los documentos que conservaba.
Y después desapareció de la vida de Damian.
No porque yo la expulsara.
Porque cuando él descubrió que había entrado en su empresa utilizándolo para acercarse a la verdad sobre su padre, tampoco pudo confiar en ella.
Fue casi irónico.
Los dos habían construido una relación engañándose.
Solicité el divorcio.
Damian vino a verme una última vez.
—Elena, cometí errores.
Miré su mano.
La misma que me había golpeado delante del féretro de mi padre.
—No fue un error.
Él bajó los ojos.
—Puedo compensarte.
—Eso dijiste del brazalete.
Lo puse sobre la mesa entre nosotros.
—Siempre creíste que todo tenía precio.
—¿Qué quieres entonces?
—Que firmes los documentos y salgas de mi vida.
Meses después recuperé las joyas familiares que pudieron identificarse como mías.
Pero solo conservé una a la vista.
El brazalete de jade.
Nunca borré la inscripción interior.
Thomas Xie.
Porque aquel nombre me recordaba la última lección de mi padre.
Damian creyó que me había humillado cuando llevó a otra mujer a su funeral usando aquello que me pertenecía.
En realidad, me entregó exactamente la pieza que necesitaba para descubrir lo que llevaba años escondido.
Y al final no destruí a la familia Gu.
Ni siquiera tuve que intentarlo.
Simplemente dejé de permitir que mi padre, mi matrimonio y mi patrimonio siguieran sosteniendo sus secretos.
El brazalete volvió a mi muñeca.
Mi apellido volvió a ser Su.
Y el día que Damian me preguntó qué le había quitado, le respondí con la única verdad que necesitaba escuchar:
—Nada.
Sonreí.
—Solo recuperé lo que nunca fue tuyo.