Mi jefe, Marcus Chen, entró con las flores como si aquello fuera perfectamente normal.
—Tu madre estaba preocupada —dijo—. Me pidió que viniera.
Lo miré fijamente.
—¿Y también te pidió que dijeras que eres mi prometido?
Marcus tosió.
—Eso fue idea suya.
Daniel dejó mi expediente sobre la mesa.
—Entonces no es su prometido.
—No —respondimos Marcus y yo al mismo tiempo.
Los ojos de Daniel volvieron hacia mí.
—Entiendo.
—No parece.
—Soy tu médico. No necesito entender nada más.
Mentiroso.
Seguía teniendo exactamente la misma expresión que ponía diez años atrás cuando estaba celoso y fingía que no.
Marcus dejó las flores.
—Tu madre piensa que deberíamos casarnos porque tengo apartamento, coche y un trabajo estable.
—Yo también tengo trabajo.
—Se lo dije.
—¿Y?
—Respondió que trabajar hasta enfermarte demuestra que necesitas marido.
Me tapé la cara.
Daniel carraspeó.
—La paciente necesita descansar.
Marcus entendió la indirecta.
Cuando finalmente nos quedamos solos, Daniel me entregó las órdenes para las pruebas.
—Hazte la ecografía hoy.
—¿Estás preocupado?
—Estoy siendo cuidadoso.
Horas después llegaron los primeros resultados.
No había indicios de una enfermedad grave.
Los estudios apuntaban a cambios benignos que necesitaban seguimiento médico, además de descanso y control de algunos factores que podían empeorar mis molestias.
Sentí que podía respirar nuevamente.
Daniel permaneció junto al escritorio.
—No ignores síntomas durante dos semanas otra vez.
—Sí, doctor Jiang.
Frunció el ceño.
—Siempre fuiste terrible siguiendo instrucciones.
—Y tú siempre fuiste terrible explicando cosas.
El silencio cambió.
Los dos sabíamos de qué estaba hablando.
—¿Por qué nunca quisiste acercarte más a mí? —pregunté finalmente.
Daniel tardó varios segundos en responder.
—Porque teníamos diecinueve años.
Parpadeé.
—Eso no explica diez meses de “todavía no”.
—Para mí sí.
Se quitó las gafas.
—Mi padre abandonó la universidad cuando mi madre quedó embarazada. Se casaron porque creyeron que debían hacerlo. Pasaron años culpándose mutuamente por las vidas que no tuvieron.
Su voz se volvió más baja.
—Yo estaba enamorado de ti. Precisamente por eso tenía miedo de que tomáramos decisiones importantes simplemente porque estábamos enamorados y éramos jóvenes.
Lo miré incrédula.
—Podrías habérmelo dicho.
—Sí.
—En vez de eso me hiciste creer que no me deseabas.
Daniel cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
Aquello era casi absurdo.
Habíamos perdido nuestra relación no porque él no sintiera nada.
Sino porque ninguno de los dos sabía hablar de lo que realmente temía.
—Cuando terminaste conmigo —continuó—, pensé que explicarlo después solo parecería una excusa.
—Así que elegiste diez años de silencio.
—No dije que hubiera sido inteligente.
Me reí.
Él también.
Pero no hubo reconciliación milagrosa en aquella consulta.
Daniel seguía siendo mi médico.
Yo seguía siendo su paciente.
Y ambos entendíamos que esa línea importaba.
Terminó mi evaluación y organizó mi seguimiento con otra especialista.
Tres meses después, cuando mi atención ya no dependía de él, nos encontramos accidentalmente en una cafetería cerca del hospital.
Esta vez no había bata.
Ni mascarilla.
Ni jefe con flores.
Daniel levantó su café.
—¿Puedo sentarme?
—Depende.
—¿De qué?
—¿Vas a tardar otros diez años en decir lo que piensas?
Sonrió.
—Estoy intentando mejorar.
Se sentó.
Empezamos desde el principio.
No como dos jóvenes intentando adivinar lo que el otro sentía.
Como dos adultos capaces de preguntar.
Meses después, mi madre volvió a mencionar a Marcus.
—Tiene apartamento propio —insistió.
—Mamá.
—¿Qué?
—Deja de buscarme marido.
Daniel, sentado al otro lado de la mesa, casi se atragantó con el café.
Mi madre lo miró.
Luego me miró.
—¿Y este médico?
Suspiré.
—Este lo encontré yo.
Daniel sonrió.
Diez años atrás había terminado nuestra relación convencida de que el hombre que amaba nunca había querido acercarse realmente a mí.
Necesité entrar por casualidad en su consulta para descubrir algo mucho más sencillo:
Daniel no me había rechazado porque yo no fuera suficiente.
Había sido un joven asustado que confundió prudencia con silencio.
Y yo había confundido ese silencio con indiferencia.
La segunda vez no intentamos recuperar lo que habíamos perdido.
Construimos algo nuevo.
Esta vez sin adivinar.
Sin callarnos.
Y, sobre todo, sin dejar que un “todavía no” reemplazara una conversación que debimos haber tenido diez años antes.