PARTE 2: NO ERES SU PADRE

Kang-jun leyó aquella frase tres veces.

«Si Seo Kang-jun viene a buscarme, no permitan que se acerque a mi bebé.»

Sintió algo que no había sentido ni durante las peores crisis de su imperio.

Miedo.

—¿Quién escribió esto? —preguntó.

La enfermera veterana cerró inmediatamente la historia clínica.

—La propia paciente.

—¿Cuándo?

—Cuando ingresó por primera vez durante el embarazo.

Kang-jun levantó lentamente la mirada.

—¿Ya había estado aquí?

La enfermera dudó.

—Varias veces.

Aquella respuesta lo golpeó.

Mientras él asistía a cenas, cerraba contratos y aparecía en revistas junto a Chae-rin…

Seo-yeon había pasado sola por aquellas puertas.

—Presidente Seo.

Uno de sus hombres apareció detrás.

—Encontramos información sobre la señorita Han durante estos últimos meses.

Kang-jun giró la cabeza.

—Habla.

—Después del divorcio abandonó Seúl durante un tiempo. Regresó hace cuatro meses. Ha estado viviendo sola.

—¿Su familia?

El hombre guardó silencio.

—La familia Han cortó el contacto con ella.

Kang-jun apretó la mandíbula.

—¿Por qué?

—Porque decidió tener al bebé.

Entonces comprendió la magnitud de lo ocurrido.

Seo-yeon había perdido a su marido.

Después a su familia.

Y aun así había elegido proteger a aquel niño.

Completamente sola.

—Kang-jun.

Chae-rin apareció al final del pasillo.

—Nos vamos.

Él ni siquiera se movió.

—Vete tú.

—¿Estás hablando en serio? ¿Por esa mujer?

Kang-jun la miró.

—Está luchando por su vida.

—¡Es tu exesposa!

—Precisamente.

Chae-rin soltó una risa amarga.

—No me digas que ahora vas a jugar a ser el marido preocupado.

Aquella frase dolió porque era cierta.

Kang-jun no respondió.

Chae-rin tomó su bolso.

—Cuando salga de ese quirófano, te rechazará.

Él volvió la mirada hacia las puertas.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué te quedas?

Su respuesta fue apenas un susurro.

—Porque una vez ya me fui.


Casi dos horas después, las puertas se abrieron.

Kang-jun se levantó de golpe.

—¿Han Seo-yeon?

El médico lo observó.

—¿Familia?

Kang-jun tardó demasiado en responder.

—Soy…

Miró la nota sobre el mostrador.

—El padre del bebé.

—La madre está estable, pero hemos tenido que realizar una intervención de urgencia. El bebé también está estable y permanecerá bajo observación.

Las piernas de Kang-jun casi dejaron de sostenerlo.

—¿Puedo verla?

—Cuando despierte, ella decidirá.

Por primera vez, nadie aceptó su apellido como una orden.

Y él no protestó.

Esperó.


Seo-yeon despertó al amanecer.

Lo primero que preguntó fue:

—¿Mi bebé?

—Está estable —respondió la enfermera—. Los médicos lo están vigilando.

Seo-yeon cerró los ojos.

Dos lágrimas silenciosas resbalaron por sus mejillas.

Entonces la enfermera añadió:

—Hay alguien esperando fuera.

Seo-yeon abrió los ojos inmediatamente.

—¿Quién?

No necesitó escuchar la respuesta.

Su rostro cambió.

—No.

—Señorita Han…

—No permitan que entre.

La enfermera asintió.

Cuando salió, Kang-jun seguía sentado en el mismo lugar.

—No quiere verlo.

Él bajó la mirada.

—Entiendo.

Y continuó esperando.

Un día.

Después otro.

No intentó entrar.

No llamó a sus abogados.

No utilizó sus contactos.

Simplemente permaneció allí.

Hasta que, al tercer día, Seo-yeon finalmente dijo:

—Cinco minutos.

Kang-jun entró.

Parecía otro hombre.

La camisa estaba arrugada.

Tenía ojeras.

Seo-yeon lo miró sin emoción.

—¿Por qué sigues aquí?

—Quería saber que estabas bien.

—Ya lo sabes.

Señaló la puerta.

—Puedes irte.

Kang-jun no se movió.

—¿Es mío?

Seo-yeon guardó silencio.

—Mírame y pregúntamelo otra vez —dijo finalmente.

Él levantó los ojos.

—¿El bebé es mi hijo?

—Sí.

Una sola palabra.

Y toda su arrogancia se derrumbó.

Kang-jun cerró los ojos.

—Seo-yeon…

—No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras derecho a hacerlo.

Él quedó inmóvil.

—Cuando te fuiste, intenté decírtelo.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué?

—Te llamé esa noche.

Seo-yeon soltó una risa sin alegría.

—Cinco veces.

Kang-jun recordó su teléfono vibrando durante una reunión.

Lo había apagado.

—Después fui a tu oficina.

—Yo no te vi.

—Ordenaste que no me dejaran entrar.

El silencio fue devastador.

—Así que dejé de intentarlo.

Kang-jun bajó la cabeza.

—Lo siento.

Seo-yeon lo observó.

—Tus disculpas llegan nueve meses tarde.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Su voz tembló por primera vez.

—No sabes lo que fue escuchar sola el corazón de tu hijo por primera vez.

Kang-jun apretó los puños.

—No sabes lo que fue tener miedo cada noche y no tener a quién llamar.

Una lágrima cayó por la mejilla de Seo-yeon.

—Y ahora apareces porque viste una camilla y de repente recuerdas que alguna vez fui tu esposa.

Kang-jun no intentó defenderse.

—Tienes razón.

Aquello la sorprendió.

—No puedo pedirte que me perdones.

La miró.

—Pero déjame asumir mi responsabilidad como padre.

—Un padre no aparece cuando descubre que tiene un hijo.

Seo-yeon sostuvo su mirada.

—Un padre se queda.

Kang-jun respiró profundamente.

—Entonces déjame demostrar que puedo quedarme.


Y lo hizo.

No recuperó a Seo-yeon con flores.

Ni con dinero.

Ni comprando hospitales.

Durante meses, simplemente estuvo presente.

Acompañó las revisiones cuando ella se lo permitió.

Aprendió a preparar biberones.

Canceló reuniones para estar con su hijo.

Y cuando la familia Seo exigió quedarse con el bebé por ser «heredero de la sangre Seo», Kang-jun hizo algo que nadie esperaba.

Se enfrentó públicamente a ellos.

—Mi hijo no es propiedad de esta familia.

Su padre golpeó la mesa.

—¿Renunciarías a tu posición por esa mujer?

Kang-jun respondió sin pestañear:

—Ya perdí una familia por elegir mal una vez.

—No cometeré el mismo error dos veces.

Seo-yeon se enteró días después.

Pero tampoco volvió con él.

Kang-jun tuvo que aprender la lección más difícil de su vida:

Cambiar no garantizaba ser perdonado.

Solo significaba dejar de ser el hombre que había causado aquel daño.


Un año después, Seo-yeon estaba sentada en un parque mientras su pequeño hijo intentaba caminar sobre el césped.

Kang-jun permanecía unos pasos detrás.

—Ven —dijo él extendiendo los brazos.

El niño dio dos pasos inseguros.

Luego tres.

Y cayó directamente contra su pecho.

Kang-jun rio.

Una risa auténtica.

Seo-yeon lo observó en silencio.

El hombre que una vez consideró que ella era demasiado ordinaria para su mundo ahora estaba de rodillas sobre el césped, con un juguete infantil en el bolsillo y puré de frutas sobre una manga.

—Seo-yeon.

Ella levantó la mirada.

—Gracias.

—¿Por qué?

Kang-jun miró al niño.

—Por permitirme conocerlo.

Ella permaneció callada.

—No confundas esto con una segunda oportunidad para nosotros.

—No lo hago.

Y por primera vez, Seo-yeon le creyó.

Kang-jun ya no exigía regresar.

No pedía perdón cada día.

No utilizaba al niño para acercarse a ella.

Solo cumplía su promesa.

Se quedaba.

Seo-yeon se levantó.

—Tenemos hambre.

Kang-jun parpadeó.

—¿Tenemos?

—Tu hijo y yo.

Comenzó a caminar.

Después se detuvo.

—Puedes venir si quieres.

Kang-jun sonrió y tomó al pequeño en brazos.

No era una reconciliación.

Todavía no.

Quizá nunca lo sería.

Pero mientras caminaban juntos, Seo-yeon comprendió que aquello estaba bien.

Porque algunas historias de amor no necesitan terminar con una mujer regresando al hombre que la abandonó.

A veces el verdadero final consiste en que ella recupere su vida…

y que él aprenda que ser padre no era un derecho otorgado por su apellido.

Era una responsabilidad que debía merecer cada día.

Kang-jun había llegado nueve meses tarde.

Pero esta vez, cuando su hijo extendió la pequeña mano hacia él…

no volvió a marcharse.

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