Mi padre volvió a llamar cuarenta minutos después.
—Nora, no reacciones cuando escuches esto.
Me senté en el borde de la cama.
—Habla.
—Sí tuviste un hijo.
Sentí que el teléfono casi se me escapaba.
—¿Qué?
—Encontré al obstetra que te atendió. Diste a luz siete meses después de desaparecer.
Miré hacia la puerta.
Al otro lado del pasillo escuchaba a Leo jugando.
—Entonces podría ser mío.
—No.
La voz de mi padre se quebró.
—Tu bebé era una niña.
El mundo pareció inclinarse.
Durante seis años había celebrado cumpleaños, soportado rechazos y besado la frente de un niño que Douglas juraba que había salido de mi vientre.
—¿Dónde está mi hija?
—El registro dice que murió once horas después de nacer.
Me cubrí la boca.
—¿Causa?
—No aparece.
Eso me dio más miedo que cualquier respuesta.
Aquella tarde esperé hasta encontrar dos cabellos de Leo en su almohada.
Guardé ambos.
Mi padre organizó una prueba privada comparando mi ADN con el suyo.
El resultado llegó esa misma noche.
Probabilidad de maternidad biológica: excluida.
Leo no era mi hijo.
Pero había algo más.
Gregory había enviado también una muestra antigua de Douglas obtenida de registros médicos familiares.
Leo tampoco era hijo de Douglas.
Me quedé mirando la pantalla.
Entonces escuché voces abajo.
Brenda y Douglas discutían en la cocina.
Bajé descalza y me detuve detrás de la puerta.
—Ya está recordando —susurró Douglas.
—Entonces tenemos que acelerar todo —respondió Brenda.
—No puedo declararla incapaz si recuperó la memoria.
—Todavía podemos demostrar que es inestable.
Sentí náuseas.
Douglas continuó:
—Mientras siga creyendo que Leo es suyo, tenemos algo con qué controlarla.
Brenda soltó una risa seca.
—¿Y si pregunta por la niña?
Silencio.
Mi corazón dejó de latir durante un segundo.
Douglas bajó la voz.
—No preguntará.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque Nora cree que murió.
Me sujeté a la pared.
Mi hija estaba viva.
Antes de poder retroceder, el teléfono vibró en mi mano.
Era mi padre.
Abrí su mensaje.
Una fotografía apareció en pantalla.
Una niña de seis años salía de una escuela privada de Santa Bárbara.
Cabello castaño.
Ojos claros.
En la muñeca llevaba una pequeña pulsera de plata.
La reconocí.
Había pertenecido a mi madre.
Debajo, mi padre escribió:
“Encontramos a la niña que aparece con el número de nacimiento de tu hija.”
Mis lágrimas cayeron sobre la pantalla.
Entonces llegó otro mensaje.
“Pero Nora, hay un problema.”
Apareció una segunda fotografía.
La niña estaba tomada de la mano de una mujer.
Amplié su rostro.
Era Brenda.
Y detrás de ellas caminaba Leo.
Mi padre llamó inmediatamente.
—Nora, acabo de recibir el registro original del hospital.
—Dímelo.
—Leo nació exactamente el mismo día que tu hija.
Me quedé helada.
—Eso significa…
—Que aquella noche no desapareció un bebé.
Mi padre respiró hondo.
—Intercambiaron a dos.
