PARTE 2: Mientras Julian celebraba su boda, yo eliminé cada rastro que podía llevarlo hasta nuestros hijos

No regresé al apartamento de Park Avenue.

Tampoco llamé a Julian.

Desde el taxi contacté primero con mi abogada, Rachel Moore.

—Quiero irme de Nueva York.

—¿Por cuánto tiempo?

Miré por la ventana.

—No lo sé.

Hubo un silencio.

—Anna, estás embarazada y tienes una situación médica que requiere seguimiento. Antes de viajar, habla con tu doctora y asegúrate de hacerlo de forma segura.

Tenía razón.

No iba a poner a mis bebés en peligro por huir impulsivamente.

Después llamé al doctor Miller.

Cuando confirmó que podía trasladar mi atención médica siguiendo ciertas precauciones y con un nuevo especialista esperándome, tomé mi decisión.

No desaparecería ilegalmente.

No falsificaría documentos.

Simplemente dejaría de organizar mi vida alrededor de Julian Sterling.

Durante las siguientes horas hice únicamente lo necesario.

Rachel inició el proceso correspondiente para proteger mis asuntos personales.

Yo retiré mis pertenencias esenciales del apartamento con ayuda de una amiga mientras Julian seguía en Florida.

A las 7:18 p. m., Evelyn llamó.

No contesté.

A las 7:21 llegó su mensaje.

La recepción comienza en cuarenta minutos. Julian espera que estés presente mañana para la declaración familiar.

Me quedé mirando aquellas palabras.

¿Declaración familiar?

Mi esposo acababa de celebrar otra boda públicamente y su madre todavía esperaba que yo cooperara con alguna versión preparada de la historia.

Bloqueé la pantalla.

A las nueve de la noche estaba en un hotel.

A las diez, Julian llamó por primera vez.

Después otra vez.

Y otra.

Veintisiete llamadas antes de medianoche.

No respondí ninguna.

A la mañana siguiente llegó un mensaje diferente.

Anna, la ceremonia no era lo que crees. Llámame.

Solté una risa amarga.

Había visto su rostro.

Había escuchado su “acepto”.

No necesitaba una explicación para decidir que aquello había cruzado mi límite.

Dos días después abandoné Manhattan.

No publiqué dónde iba.

Solo Rachel, mi nueva especialista y dos personas de absoluta confianza conocían mi dirección.

Julian podía comunicarse conmigo por medio de mi abogada.

Nada más.

Tres semanas después, Rachel apareció con una carpeta.

—Julian está impugnando la narrativa pública de esa ceremonia.

—¿Qué narrativa?

—Afirma que existían acuerdos contractuales y empresariales relacionados con Scarlet y que ciertos medios presentaron el evento como algo diferente de lo que él esperaba.

La miré sin emoción.

—¿Dijo “acepto”?

—Sí.

—¿Me avisó?

—No.

—Entonces lo demás es problema suyo.

Rachel asintió.

—Hay algo que sí puede convertirse en problema tuyo.

Sacó varios documentos.

Sterling Enterprises estaba preparando desde meses atrás una reorganización.

Mi nombre aparecía en algunos borradores.

No como esposa.

Como beneficiaria vinculada a determinadas participaciones familiares.

—Nunca he visto esto.

—Eso pensé.

Pasé otra página.

Entonces encontré una referencia a los gemelos.

Todavía no habían nacido.

Sin embargo, alguien ya había preparado documentos internos que hablaban de:

“descendientes Sterling previstos.”

Sentí frío.

—¿Quién sabía que eran gemelos?

—Julian.

—Evelyn también.

—¿Scarlet?

—Nunca se lo dije.

Rachel sacó una fotografía tomada durante la boda.

Scarlet sostenía una carpeta mientras hablaba con Evelyn.

En una esquina podía distinguirse el mismo código que aparecía en los documentos sobre mis bebés.

—Esto no demuestra que Scarlet conociera su contenido —advirtió Rachel—. Pero alguien llevó información relacionada con la reorganización a Florida.

Aquella noche, por primera vez, escuché uno de los mensajes de voz de Julian.

Su voz ya no sonaba controlada.

—Anna, sé que estás a salvo porque Rachel me lo confirmó. No voy a intentar localizarte. Pero necesito que escuches algo: Scarlet sabía de los gemelos antes de que yo se lo dijera.

Me quedé inmóvil.

El mensaje continuó.

—Y mi madre sabía que tú estarías en la clínica cuando se transmitiera la ceremonia.

Lo reproduje otra vez.

Después llamé a Rachel.

—¿Cómo podría Evelyn saber dónde estaría esa tarde?

—Tu cita estaba en el calendario familiar compartido antes de que cambiaras tus accesos.

Entonces comprendí algo que me revolvió el estómago.

Quizá no había sido casualidad que yo descubriera aquella boda precisamente así.

Dos semanas después, Julian dejó de llamar.

En su lugar llegó un sobre a través de Rachel.

Dentro había una carta escrita a mano.

Anna:

No te pediré que vuelvas. Tampoco voy a pedirte que me perdones.

Pero encontré el contrato que mi madre firmó con Scarlet seis meses antes de nuestra boda en Florida.

Debajo había una copia.

Leí lentamente.

Scarlet recibiría una participación considerable en un proyecto conjunto después de cumplir ciertas condiciones públicas y corporativas.

Pero había una cláusula marcada por Julian.

La operación deberá completarse antes del nacimiento de los herederos Sterling.

Mi mano se quedó inmóvil sobre el papel.

Seis meses antes.

Evelyn había organizado aquel acuerdo antes incluso de que yo supiera que estaba embarazada.

Seguí leyendo la carta de Julian.

Hay algo peor.

Encontré una segunda versión del contrato.

Tiene fecha de hace dos años.

Dos años.

Mucho antes de mi embarazo.

Mucho antes de aquella boda.

Incluso antes de que Scarlet apareciera públicamente en nuestras vidas.

Al final, Julian había escrito una sola frase:

Mi madre no organizó la boda porque Scarlet estuviera embarazada. La organizó porque llevaba dos años esperando que tú te fueras.

Debajo había añadido:

Y creo que finalmente descubrí por qué.

Dentro del sobre quedaba una última fotografía.

Evelyn aparecía veinte años más joven junto a mi madre.

Las dos sostenían el mismo documento.

Mi madre llevaba muerta once años.

Pero en el reverso había una nota escrita con su letra:

“Si Anna algún día se casa con un Sterling, Evelyn nunca debe descubrir lo que dejé a nombre de mi hija.”

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