Brenda no dijo nada.
Yo tampoco.
Nos quedamos mirándonos mientras el silencio de la casa se hacía insoportable.
—¿Qué haces despierto? —preguntó finalmente.
Señalé el suelo.
—Escuché algo.
Su rostro cambió apenas.
—Debe ser una tubería.
—Las tuberías no golpean tres veces.
Brenda sonrió.
—Estás cansado, Shawn.
Luego caminó hacia el sótano.
—No hay nada ahí abajo.
—Entonces abre.
Se detuvo.
—¿Ahora?
—Ahora.
Por primera vez desde que llegué, vi miedo en sus ojos.
—La llave está con el administrador.
—¿Qué administrador?
No respondió.
Eso fue suficiente.
A la mañana siguiente fui al pueblo y encontré a Nancy, la antigua cuidadora de mis padres.
Cuando mencioné el candado, palideció.
—Yo sabía que algo estaba mal.
—¿Qué viste?
Nancy miró hacia la puerta antes de bajar la voz.
—La última vez que fui a esa casa, escuché a tu madre gritar.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué gritó?
—Tu nombre.
Me quedé inmóvil.
Nancy sacó un pequeño papel doblado de su bolso.
—Tu madre me lo dio antes de que Brenda me despidiera.
Lo abrí.
Solo había una frase escrita con la letra temblorosa de mi madre:
“Shawn, no confíes en Brenda.”
Debajo había una segunda línea.
“Busca donde tu padre guardaba las herramientas.”
Regresé a casa antes del anochecer.
Brenda no estaba.
Fui directamente al antiguo cobertizo.
Las herramientas de mi padre seguían allí, cubiertas de polvo.
Recordé algo de mi infancia.
Siempre escondía las cosas importantes dentro de una vieja caja metálica roja.
La encontré debajo de una estantería.
Dentro había fotografías, documentos y una memoria USB.
También había una llave.
Una llave pequeña.
Con una etiqueta escrita a mano:
“Bodega.”
Sentí un escalofrío.
Corrí hacia la casa.
El candado del sótano seguía allí.
Probé la llave.
Encajó.
La puerta se abrió con un chirrido.
Bajé las escaleras.
El aire era frío y húmedo.
Al fondo había una pared de cemento.
Pero uno de los ladrillos parecía diferente.
Me acerqué.
Entonces escuché algo.
Una respiración.
—¿Mamá?
Silencio.
—¿Papá?
Tres golpes débiles respondieron desde detrás de la pared.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Sentí que las manos empezaban a temblarme.
Saqué el teléfono y llamé a emergencias.
Pero antes de poder decir una palabra, escuché la puerta del sótano cerrarse detrás de mí.
Me giré.
Brenda estaba allí.
Y esta vez no sonreía.
Tenía un teléfono en una mano y una expresión que jamás había visto en mi hermana.
—Debiste irte ayer, Shawn.
Miré la pared.
Luego a ella.
—¿Dónde están nuestros padres?
Brenda apretó la mandíbula.
—Ya no puedes salvarlos.
Y desde detrás de los ladrillos llegó una voz débil.

La voz de mi padre.
—¡Shawn… no le creas!