Don Ernesto no gritó.
Ni levantó la mano.
Simplemente permaneció inmóvil bajo la lluvia, observando a su esposa mientras el joven intentaba cubrirse con una camisa arrugada.
Graciela fue la primera en hablar.
—Ernesto… yo puedo explicarlo.
Él la miró como si nunca la hubiera visto.
—Hazlo.
Iván dio un paso hacia atrás.
—Señor, esto no es…
—Cállate.
La voz del anciano sonó tan firme que el muchacho bajó inmediatamente la cabeza.
Don Ernesto señaló la camioneta.
—Sube.
Graciela obedeció sin decir una palabra.
Después volvió la vista hacia mí.
—Ximena… tú…
Le sostuve la mirada.
—Solo llamé a su esposo porque pensé que necesitabas ayuda.
Aquellas palabras la hicieron comprender que todo había sido planeado.
Durante el trayecto nadie habló.
Yo seguía detrás del taxi con mi automóvil.
Cuando llegamos a la casa de Las Lomas, Mauricio ya esperaba en la sala.
Miró el rostro desencajado de su padre.
Después a su madre.
—¿Qué pasó?
Don Ernesto dejó las llaves sobre la mesa.
—Pregúntale a ella.
Graciela comenzó a llorar.
—Fue un error…
—¿Tres años son un error? —pregunté con calma.
Toda la habitación quedó en silencio.
Los tres me miraron.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Mauricio.
Saqué el teléfono.
Abrí la aplicación bancaria.
—Hace tres días desaparecieron un millón ochocientos mil pesos de una cuenta que tu familia utiliza para “gastos domésticos”.
Deslicé la pantalla.
—No fue la primera vez.
Mostré una hoja llena de movimientos.
—Durante treinta y seis meses hubo transferencias similares.
Joyerías.
Viajes.
Hoteles.
Restaurantes.
Departamentos.
Siempre utilizando cuentas distintas.
Pero siempre terminaban en los mismos beneficiarios.
Don Ernesto frunció el ceño.
—¿Cuánto dinero?
Respiré lentamente.
—Cinco millones novecientos ochenta y cuatro mil pesos.
Mauricio abrió mucho los ojos.
—Eso es imposible.
—No lo es.
Le entregué varias copias.
Había pasado toda la tarde descargando estados de cuenta.
Cada transferencia estaba resaltada.
Cada fecha coincidía con supuestos retiros para tratamientos médicos de Graciela, actividades benéficas o reparaciones de la casa.
Nada era verdad.
Don Ernesto pasó lentamente las páginas.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Todo esto salió de la cuenta familiar?
—Sí.
Graciela intentó acercarse.
—Ernesto…
Él retrocedió.
—No me toques.
Mauricio tomó otra hoja.
—Aquí dice que compraste un departamento.
Graciela bajó la cabeza.
—Yo…
—¿Para quién?
Nadie respondió.
Entonces sonó mi teléfono.
Era Clara.
La directora financiera de mi empresa.
Contesté en altavoz.
—Ximena.
Ya encontramos al beneficiario final.
Toda la familia levantó la vista.
—¿Quién es?
—Iván Salgado.
Pero eso no es lo más importante.
Abrí el altavoz completamente.
—Habla.
—El departamento, el automóvil deportivo y las joyas nunca estuvieron registrados a nombre de Iván.
Hubo un breve silencio.
—Están registrados a nombre de una empresa.
Miré el documento que Clara acababa de enviarme.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué empresa?
—Grupo Villaseñor Patrimonial.
Mauricio se quedó inmóvil.
Don Ernesto levantó lentamente la cabeza.
Aquella sociedad era la empresa familiar creada treinta años antes.
La misma donde él, Graciela y Mauricio aparecían como únicos socios autorizados.
Eso significaba una sola cosa.
Los casi seis millones no habían sido robados únicamente por Graciela.

Alguien dentro de la propia familia había autorizado cada transferencia durante tres años.
Y solo había una persona con la firma necesaria para hacerlo además de ella.
Mauricio.