PARTE 2: LA PERSONA QUE LLEGÓ ANTES QUE YO

La imagen tardó unos segundos en cargar.

Cuando apareció, dejé de respirar.

Había tres vehículos frente al chalé.

Dos hombres revisaban documentos junto a la entrada mientras una mujer con una carpeta hablaba con Mateo.

Doña Pilar gritaba detrás de él.

Activé el audio.

—¡Mi hijo vive aquí! —vociferaba—. ¡No pueden echarnos de nuestra propia casa!

La mujer respondió con absoluta calma:

—Según el Registro de la Propiedad, este inmueble pertenece exclusivamente a su esposa.

Mateo palideció.

Entonces entendí quiénes eran.

La llamada que hice antes de marcharme había sido a Lucía Ferrer, mi abogada.

Le había pedido iniciar el divorcio, proteger mis bienes y bloquear cualquier movimiento relacionado con mi patrimonio.

Pero aquello era demasiado rápido.

Llamé inmediatamente.

Lucía contestó al segundo tono.

—Estaba esperando tu llamada.

—¿Enviaste gente a mi casa?

Hubo una pausa.

—No exactamente.

Sentí un escalofrío.

—Explícate.

—Cuando revisamos los documentos que me enviaste, encontramos algo urgente.

Abrió un archivo compartido.

Allí estaba una solicitud presentada dos semanas antes.

Mateo había intentado utilizar el chalé como garantía para obtener financiación empresarial.

Mi casa.

Mi firma.

Solo había un problema.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sé —respondió Lucía—. Por eso solicitamos medidas inmediatas.

Miré nuevamente las cámaras.

Mateo estaba discutiendo por teléfono.

Entonces Lucía añadió:

—Y hay algo peor.

La auditoría había detectado que parte del dinero desviado por Mateo terminaba en una sociedad desconocida.

Su administradora figuraba como Pilar Serrano.

Mi suegra.

Me quedé helada.

Durante años aquella mujer me había tratado como una intrusa mientras utilizaba dinero procedente de mi patrimonio.

—¿Cuánto?

Lucía guardó silencio un instante.

—Más de seiscientos mil euros.

Cerré los ojos.

Pero todavía faltaba una pieza.

—¿Quién ordenó revisar la casa esta noche?

—El banco.

—¿Por qué?

—Porque alguien intentó ejecutar la garantía falsa ayer.

Volví a mirar la pantalla.

Mateo había dejado de gritar.

Estaba mirando fijamente a su madre.

Doña Pilar también había dejado de actuar indignada.

Ahora parecía aterrada.

Lucía continuó:

—El banco rastreó la solicitud.

—¿Hasta Mateo?

—No.

Abrí los ojos.

—Entonces, ¿hasta quién?

Lucía me envió una copia del registro digital.

La solicitud no había sido presentada desde la oficina de Mateo.

Había salido de un dispositivo dentro del chalé.

A las 4:52 de aquella misma mañana.

Doce minutos después de que Mateo me despertara.

Y el usuario autenticado no era él.

Era Pilar.

Miré nuevamente la cámara.

Mateo acababa de arrebatarle el teléfono a su madre.

Entonces escuché su voz atravesar el sistema de seguridad:

—Mamá… ¿qué hiciste?

Doña Pilar retrocedió.

Y respondió con una frase que hizo que incluso Mateo perdiera el color.

—Lo necesario para que ella nunca descubriera que la empresa tampoco es tuya.

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