Lo que ocurrió semanas después comenzó con una llamada a medianoche.
—Sofía, baja.
Reconocí inmediatamente la voz de Adrián.
Me acerqué a la ventana.
Su automóvil estaba estacionado frente a mi edificio.
—¿Estás loco? Son casi las doce.
—Probablemente.
—Entonces vete a casa.
—No hasta que bajes.
Debí colgar.
En cambio, diez minutos después estaba frente a él.
Adrián sostenía una carpeta.
—Federico confesó.
Mi expresión cambió.
—¿Qué dijo?
—Que alguien le pagó para acercarse a ti aquella noche.
Sentí un escalofrío.
Adrián me entregó la carpeta.
Dentro había transferencias bancarias, mensajes y fotografías.
—¿Quién?
—Todavía no lo sabemos.
Levanté la mirada.
—¿Por eso viniste?
—No.
—¿Entonces?
Adrián guardó silencio.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía no saber qué decir.
Finalmente murmuró:
—Quería comprobar que estabas bien.
Mi corazón dio un golpe absurdo.
—Podías llamar.
—No habrías contestado.
—Correcto.
—Por eso vine.
Debería haberme burlado.
Pero no pude.
Durante toda nuestra vida habíamos convertido cada encuentro en una batalla.
Sin embargo, aquella noche permanecimos sentados dentro de su automóvil durante casi dos horas.
Sin competir.
Sin atacarnos.
Simplemente hablando.
Y ese fue nuestro verdadero problema.
Porque descubrimos que debajo de veinte años de rivalidad había algo que ninguno quería admitir.
Nos conocíamos demasiado bien.
Adrián sabía cuándo yo mentía.
Yo sabía cuándo él estaba preocupado aunque fingiera indiferencia.
Él recordaba que odiaba las pasas.
Yo recordaba que bebía café sin azúcar cuando estaba nervioso.
Pequeñas cosas.
Demasiadas.
Durante las semanas siguientes empezamos a encontrarnos con excusas cada vez peores.
Una reunión empresarial.
Una cena con clientes.
Un documento que perfectamente podía enviar un asistente.
Hasta que una noche discutimos en la terraza de un hotel.
—Deja de seguirme —espeté.
—Tú aceptas verme.
—Porque tenemos negocios pendientes.
Adrián soltó una risa.
—Claro. Por eso llevamos cuarenta minutos discutiendo sobre con quién cenaste ayer.
Me quedé callada.
Él se acercó un paso.
—¿Estás celosa, Primavera?
—Preferiría declararme en bancarrota.
—Eso no fue un no.
—Adrián…
Su sonrisa desapareció.
—Dime que realmente me odias.
Abrí la boca.
No salió ninguna palabra.
Aquello fue suficiente.
Nuestra relación cambió esa noche.
No de forma perfecta.
Seguíamos discutiendo.
Seguíamos compitiendo.
Pero dejamos de fingir que solo éramos enemigos.
Y meses después aparecieron dos líneas en una prueba de embarazo.
Me quedé mirando el resultado durante diez minutos.
Después hice lo que siempre hacía cuando perdía el control.
Huí.
No porque Adrián fuera cruel.
Precisamente porque ya no lo era.
Porque admitir que esperaba un hijo suyo significaba aceptar algo todavía más aterrador:
que aquel hombre había dejado de ser mi enemigo hacía mucho tiempo.
Por eso desaparecí.
Hasta aquella madrugada.
Hasta que Adrián atravesó cientos de kilómetros para encontrarme.
Ahora estaba frente a mí, mirando mi vientre.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—Casi cinco meses.
Sus ojos se endurecieron.
—Cinco meses.
Soltó mi mano.
Pensé que estaba furioso.
Pero cuando levantó la mirada, vi algo diferente.
Dolor.
—Me quitaste cinco meses, Sofía.
No supe responder.
—Tenía miedo.
—¿De mí?
—De nosotros.
Adrián cerró los ojos un instante.
Luego preguntó:
—¿Pensabas no decírmelo nunca?
—No lo sé.
—Pues yo sí sé algo.
Se acercó.
—No voy a obligarte a casarte conmigo. Tampoco voy a llevarte de regreso si no quieres.
Respiré lentamente.
—¿Entonces qué quieres?
Su mirada descendió hacia mi vientre.
—Quiero tener la oportunidad de ser su padre.
Aquellas palabras destruyeron todas las defensas que había preparado.
Pero antes de poder responder, el teléfono de Adrián comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
Contestó.
—Habla.
Escuchó durante varios segundos.
Entonces me miró.
—¿Estás seguro?
Silencio.
—Envíamelo.
Colgó.
—¿Qué ocurrió?
Adrián no respondió inmediatamente.
Abrió un archivo que acababa de recibir.
Era una transferencia bancaria.
La misma cuenta utilizada para pagar a Federico meses atrás.
Pero esta vez había un nombre asociado.
Lo reconocí.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—No puede ser.
Adrián apretó la mandíbula.
—Puede.
La persona que había organizado aquella trampa no era un rival empresarial.

Ni alguien de la familia Pei.
Era alguien de mi propia familia.
Y mientras observaba aquel nombre en la pantalla, comprendí algo todavía peor.
Mi desaparición nunca había sido un secreto.
Alguien sabía exactamente dónde estaba.
Y quizá Adrián no había sido el primero en encontrarme.