A las 23:59 estaba sentado en el sofá de mi casa con Elena dormida a mi lado.
No había conseguido llegar a su habitación.
Se había quedado dormida abrazada a mi brazo.
Miré el reloj.
00:00.
Abrí la aplicación bancaria.
Cancelé la transferencia mensual de 4.500 euros.
Después bloqueé la tarjeta platino vinculada a mi cuenta.
Cancelé el pago automático del todoterreno.
Por último, eliminé la autorización que permitía cargar a mi cuenta los gastos domésticos de Bárbara.
Cuatro movimientos.
Menos de un minuto.
Tres años de lujos acababan de terminar.
El teléfono sonó a las 00:07.
Bárbara.
Lo silencié.
00:09.
Otra llamada.
00:11.
Tomás.
00:14.
Bárbara otra vez.
Entonces llegó un mensaje.
“Lucía te pidió que cuidaras de mí.”
Lo leí dos veces.
Respondí:
“Lo hice. Nunca me pidió que financiara a la mujer que humillaría a su hija.”
Bloqueé el teléfono.
Creí que aquello terminaría ahí.
Me equivocaba.
A las ocho de la mañana apareció Tomás.
—Tenemos un problema.
—Bárbara tiene muchos.
—No hablo del dinero.
Sacó una llave antigua.
—Anoche, después de que os fuerais, mamá perdió completamente los nervios.
—Normal.
—Subió al ático.
Fruncí el ceño.
—¿Qué ático?
—El trastero superior del piso. Siempre lo mantiene cerrado.
Tomás dejó la llave sobre la mesa.
—Cuando oyó que habías cancelado los pagos empezó a sacar cajas.
—¿Qué había dentro?
—Cosas de Lucía.
Me puse de pie.
—¿Qué cosas?
—No lo sé. Pero cuando intenté mirar, mamá me gritó que aquello tenía que desaparecer antes de que tú volvieras.
Una hora después estábamos otra vez en el ático.
Bárbara no estaba.
Había salido para hablar con el administrador del edificio después de descubrir que no podía cargar determinados gastos a mi cuenta.
Abrimos el trastero.
Había ropa vieja.
Fotografías.
Documentos.
Y al fondo, detrás de dos maletas, una caja metálica.
Encima estaba escrito:
DIEGO.
Reconocí inmediatamente la letra.
Lucía.
Me temblaron las manos.
Dentro encontré un teléfono antiguo, varios informes médicos y una carta.
“Diego:
Si estás leyendo esto, significa que mamá incumplió su promesa.”
Tuve que detenerme.
Tomás se quedó detrás de mí.
Seguí leyendo.
“Lo que voy a pedirte será injusto. Cuida de ella mientras trate bien a Elena. Pero si algún día hace con nuestra hija lo que hizo conmigo, no le debes nada.”
Cerré los ojos.
Lucía lo sabía.
Sabía perfectamente quién era su madre.
Y había dejado una condición que Bárbara jamás me contó.
Continué.
“Hay otra cosa que necesito que sepas. Mi enfermedad no empezó cuando creemos.”
Debajo había informes médicos.
Análisis realizados casi un año antes de que Lucía me dijera que estaba enferma.
—¿Por qué escondió esto? —preguntó Tomás.
No respondí.
Había algo todavía peor.
Los documentos mostraban retiradas repetidas de medicamentos prescritos a Lucía.
Pero ella nunca los había recibido.
La persona autorizada para recogerlos era Bárbara.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Tu madre recogía la medicación?
Tomás palideció.
—Yo no sabía nada.
Encontré un segundo sobre.
Dentro había extractos bancarios.
Durante los últimos meses de vida de Lucía, alguien había transferido dinero desde una cuenta que yo desconocía hacia una sociedad llamada Bellmont Patrimonial.
Administrador:
Tomás Álvarez.
Mi hermano.
Levanté lentamente la mirada.
Tomás retrocedió.
—Diego, te juro que no sé qué es eso.
—Lleva tu nombre.
—Nunca he tenido una empresa llamada Bellmont.
—Entonces alguien utilizó tu identidad.
El teléfono antiguo tenía batería.
Lo encendí.
Había grabaciones de voz.
La última estaba fechada nueve días antes de la muerte de Lucía.
Pulsé reproducir.
La voz de mi esposa llenó el trastero.
Débil.
Agotada.
Pero perfectamente reconocible.
“Diego, si escuchas esto, quiero que sepas que no estoy segura de que mi madre me esté dando la medicación correcta.”
Tomás se llevó una mano a la boca.
“Encontré comprimidos diferentes en mis cajas. Cuando pregunté, mamá dijo que el hospital había cambiado el fabricante.”
Mi corazón empezó a golpear.
“Pero llamé al médico. No habían cambiado nada.”
La grabación continuó.
“También descubrí algo sobre Elena.”
Me quedé inmóvil.
“Mi madre insiste demasiado en quedarse sola con ella. No se lo permitas.”
La grabación terminó abruptamente.
Busqué la siguiente.
No había.
Pero encontré fotografías.
Elena con tres años.
Elena dormida.
Elena entrando en una clínica de la mano de Bárbara.
Miré la fecha.
Yo estaba en Barcelona aquel día.
Lucía estaba hospitalizada.
—¿Por qué llevó a Elena a una clínica?
Tomás señaló el reverso.
Había un número de expediente.
Llamé a mi abogado.
Dos horas después teníamos una respuesta preliminar.
La clínica ya no existía.
Pero sus archivos habían sido absorbidos por otro centro.
El expediente correspondía a una prueba genética.
—¿De paternidad? —pregunté.
—No —respondió mi abogado.
—¿Entonces?
—Compatibilidad biológica.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Entre quiénes?
Silencio.
—Elena y Lucía.
Me apoyé contra la pared.
—Era su madre.
—Según el resultado conservado, existe una discrepancia que debe verificarse con nuevas pruebas.
Tomás dejó caer una carpeta.
—No.
Busqué desesperadamente entre los documentos.
Entonces encontré una fotografía del hospital donde nació Elena.
Lucía aparecía en una cama.
Bárbara estaba junto a ella.
Y detrás había una enfermera sosteniendo dos cunas.
Dos bebés.
En una podía leerse:
ELENA ÁLVAREZ.
En la otra:
SOFÍA MENDOZA.
Debajo había una nota escrita por Lucía:
“Mamá dice que Sofía murió aquella noche.”
Tomás estaba blanco.
—¿Quién es Sofía?
No tuve tiempo de responder.
La puerta del trastero se cerró detrás de nosotros.
Bárbara estaba allí.
Por primera vez desde que la conocía, no parecía arrogante.
Parecía aterrorizada.
Miró la fotografía en mi mano.
—Eso no era para ti.
Me acerqué.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Lucía te tenía miedo.
Bárbara empezó a llorar.
—Porque no entendía.
—Entonces hazme entender.
Señalé las dos cunas.
—¿Quién era Sofía?
Bárbara cerró los ojos.
—La niña que debías haber llevado a casa.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué?
—Lucía tuvo complicaciones después del parto. Hubo una confusión.
—¿Una confusión?
—Eso creímos.
Su voz temblaba.
—Hasta que años después hice aquella prueba.
Miré la fotografía.
—¿Elena no es hija de Lucía?
Bárbara negó lentamente.
—Biológicamente, no.
Me faltó aire.
—¿Entonces dónde está nuestra hija?
Bárbara me miró.
—Viva.
Tomás soltó una maldición.
—¿Lo sabías?
—Desde que Elena tenía tres años.
La agarré de los hombros.
—¿Y no nos dijiste nada?
—Lucía ya estaba criando a Elena como suya. Yo pensé que podía arreglarlo sin destruir dos familias.
—¿Dónde está Sofía?
Bárbara comenzó a llorar con más fuerza.
—Ese es el problema.
Sacó un sobre de su bolso.
Dentro había una fotografía reciente.
Una niña de ocho años.
Cabello oscuro.
Ojos castaños.
El mismo pequeño hoyuelo que tenía Lucía al sonreír.
En el reverso aparecía una dirección de Madrid.
Y un nombre.
Sofía Mendoza.
Pero debajo alguien había escrito una frase:
“Prueba confirmada. Hija biológica de Diego.”
Miré a Bárbara.
—¿Quién te envió esto?
Su respuesta me hizo soltar la fotografía.
—Lucía.
—Lucía murió hace tres años.
Bárbara negó con la cabeza.
—La mujer que enterraste hace tres años sí.
Se acercó al viejo teléfono.
—Pero una semana antes de morir, tu esposa descubrió que alguien llevaba años utilizando su identidad.
Y entonces comprendí que el secreto escondido en aquel ático no empezaba con nuestras hijas.
Empezaba con la posibilidad de que yo ni siquiera supiera quién había muerto realmente en aquella habitación de hospital.
