PARTE 2: Lo que Lucía escondía bajo el encaje

Elena levantó el encaje.

Y dejó de respirar.

Había marcas oscuras alrededor del cuello de Lucía.

No parecían compatibles con una muerte cardiaca.

Treinta y un años trabajando en urgencias le habían enseñado a no sacar conclusiones precipitadas.

Pero también le habían enseñado cuándo debía impedir que una evidencia desapareciera.

—Nadie toca el cuerpo —dijo.

Álvaro palideció.

—Baja eso.

Elena volvió a colocar cuidadosamente el encaje.

—La cremación queda suspendida.

—Tú no decides eso.

—La policía sí.

Álvaro intentó quitarle el teléfono.

Javier Robles apareció antes de que pudiera hacerlo.

Había llegado acompañado por dos agentes.

—Apártate del ataúd, Álvaro.

Los invitados comenzaron a murmurar.

—Esto es una locura —dijo él—. Lucía murió por causas naturales.

Javier miró a Elena.

—¿Qué viste?

—Marcas en el cuello.

Álvaro levantó las manos.

—¡Del procedimiento de reanimación!

Elena lo miró.

—Una reanimación cardiopulmonar no deja eso.

Entonces Inés habló.

—Mamá dice que miren su mano.

Todos se quedaron quietos.

Álvaro cerró los ojos.

Solo un instante.

Pero Elena lo vio.

Se acercó nuevamente al ataúd.

La mano izquierda de Lucía descansaba sobre el abdomen.

Elena la levantó con delicadeza.

Debajo de dos uñas había algo oscuro.

No parecía sangre.

Era una fibra.

Azul.

Elena miró inmediatamente la corbata de Álvaro.

Azul oscuro.

—Coincidencia —dijo él.

Nadie lo había acusado todavía.

Javier lo notó.

—Señor Santamaría, venga conmigo.

—No pienso ir a ninguna parte.

—Entonces esperará aquí hasta que llegue el equipo forense.

La cremación fue cancelada.

Dos horas después, el cuerpo de Lucía estaba camino del instituto forense.

Álvaro no fue detenido.

Todavía.

Pero ya no podía controlar lo que ocurriría con el cuerpo de su esposa.

Aquella tarde Elena llevó a Inés a casa.

La niña permaneció sentada en el sofá abrazando una chaqueta de su madre.

—Cariño —dijo Elena—, necesito preguntarte algo.

Inés asintió.

—Cuando dices que mamá te habla… ¿la escuchas?

La niña negó.

—Entonces ¿cómo sabes lo que dice?

Inés levantó las manos.

—Me lo enseñó.

Elena frunció el ceño.

—¿Qué te enseñó?

Inés fue hasta su mochila.

Sacó un cuaderno.

En cada página había dibujos.

Una flor significaba “sí”.

Una luna, “peligro”.

Un pájaro, “busca”.

Una casa, “papá”.

Y una llama roja significaba “quemar”.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Cuándo hicieron esto?

—Mamá y yo jugábamos.

Pasó varias páginas.

—Dijo que si algún día ella no podía hablar conmigo, yo debía recordar el juego.

Aquello no era una niña imaginando conversaciones con una madre muerta.

Lucía había preparado un código.

—¿Por qué?

Inés señaló un dibujo.

Un collar.

Después un armario.

—Mamá dijo que tú entenderías.

Elena conocía aquel collar.

Se lo había regalado a Lucía cuando cumplió dieciocho años.

Fueron al dormitorio.

Dentro del armario encontraron un joyero.

El collar estaba allí.

Pero pesaba demasiado.

Elena abrió el pequeño medallón.

Dentro había una tarjeta de memoria.

La insertó en su portátil.

Había vídeos.

Docenas.

Lucía aparecía hablando directamente a cámara.

En el primero dijo:

—Mamá, si estás viendo esto, significa que no pude contártelo personalmente.

Elena sintió que se le quebraba el pecho.

—Álvaro lleva meses controlando mis cuentas. Descubrí préstamos a mi nombre que nunca solicité.

Otro vídeo.

—También contrató un seguro de vida.

Otro.

—Dos millones de euros.

Elena cerró los ojos.

Pero Lucía continuaba.

—Si me ocurre algo, no permitas que me cremen.

Las mismas palabras.

Elena miró a Inés.

—¿Viste estos vídeos?

La niña negó.

Entonces sonó el teléfono.

Javier.

—Elena, tenemos resultados preliminares.

—Dime.

—Lucía no murió de un infarto.

Elena apretó el teléfono.

—¿Qué encontraron?

—Un sedante en concentración elevada. Y las marcas del cuello son compatibles con presión ejercida antes de morir.

Elena se sentó.

—Entonces Álvaro…

—Todavía no podemos afirmar quién fue.

Javier hizo una pausa.

—Y hay algo raro.

—¿Qué?

—Según el informe del hospital, Álvaro llevó a Lucía a urgencias a las 22:18.

—Sí.

—Pero la estimación preliminar sitúa la muerte bastante antes.

Elena sintió frío.

—¿Cuánto antes?

—Varias horas.

Después de colgar, abrió otro vídeo.

Lucía aparecía llorando.

—Mamá, cometí un error. Al principio pensé que Álvaro hacía esto por dinero.

Respiró profundamente.

—Pero ayer descubrí que el seguro no es la razón principal.

Levantó un documento.

—Está intentando conseguir la custodia total de Inés.

Elena miró a su nieta.

—¿Por qué?

El vídeo terminó.

Había otro archivo.

Fecha: la noche de la muerte.

Lucía susurraba.

—Si alguien encuentra esto, Inés no puede quedarse con Álvaro.

De pronto se escuchó una puerta.

Lucía miró hacia fuera de cámara.

—Ya llegó.

La grabación terminó.

En ese instante sonó el timbre.

Elena abrió la aplicación de seguridad.

Álvaro estaba frente a la puerta.

Pero no estaba solo.

Una mujer permanecía detrás de él.

Inés vio la pantalla y dejó caer su cuaderno.

—Abuela…

Su rostro perdió todo color.

—¿Qué ocurre?

La niña señaló a la mujer.

—Ella estaba en casa cuando mamá murió.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Quién es?

Inés empezó a llorar.

—Mamá decía que nunca debía llamarla por su nombre cuando Álvaro estuviera cerca.

—¿Por qué?

La niña levantó la mirada.

—Porque Álvaro dice que ella murió hace siete años.

El timbre volvió a sonar.

Y entonces Elena reconoció a la mujer.

Era Sofía Santamaría.

La primera esposa de Álvaro.

La mujer cuyo funeral Lucía había ayudado a organizar siete años atrás.

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