Tres golpes.
Exactamente espaciados.
Mia agarró la manga de mi camisa.
—¿Ve? No me lo inventé.
No respondí.
Me acerqué a la biblioteca.
La casa Duca había sido construida hacía casi noventa años, pero fue completamente renovada antes de que yo la comprara. Había revisado personalmente los planos.
Detrás de aquella pared solo debía haber ladrillo.
Apoyé la palma contra la madera.
Nada.
Entonces escuché un roce.
Mia susurró:
—Después de eso siempre vienen dos golpes.
Golpe.
Golpe.
Me giré hacia ella.
—¿Cuánto tiempo llevas escuchándolo?
—Desde que mamá empezó a limpiar aquí por las noches.
—¿Cuánto?
Pensó.
—Como tres semanas.
Saqué el teléfono y llamé a seguridad.
—Marco, sube al estudio. Solo tú.
Mia retrocedió.
—¿Estoy en problemas?
La miré.
Seis años.
Un bebé dormido a su espalda.
Y estaba más preocupada por el empleo de su madre que por encontrarse a las dos de la mañana en una habitación de la que debía mantenerse alejada.
—No.
Me agaché frente a ella.
—Pero tú y Lily no volverán a hacer el trabajo de un adulto.
Sus labios temblaron.
—Mamá necesita el dinero.
—Primero veremos a tu madre.
Marco llegó dos minutos después.
Cuando le expliqué, su expresión cambió.
—Señor Duca, revisamos esta planta todos los días.
—Entonces revisamos mal.
Apartamos los libros.
Marco encontró una pequeña irregularidad en el marco lateral.
Presionó.
Se oyó un clic.
La estantería se desplazó apenas unos centímetros.
Mia abrió mucho los ojos.
Detrás apareció una puerta estrecha.
Sentí que la sangre se me helaba.
—Saca a las niñas de aquí —ordené.
—No —dijo Mia inmediatamente.
La miré.
—¿No?
—Si hay alguien ahí dentro, quizá necesita ayuda.
No sabía si admirar su valentía o preocuparme por ella.
Marco tomó a Mia suavemente de la mano.
—Vamos, pequeña.
Entonces una voz salió del otro lado.
—¿Hay alguien?
Mia me miró como diciendo te lo dije.
Abrí la puerta.
Detrás había un corredor angosto cubierto de polvo.
Y al final…
un hombre.
Estaba sentado en el suelo.
No parecía un intruso.
Parecía aterrorizado.
—No se acerque —dijo.
—Está dentro de mi casa.
Soltó una risa nerviosa.
—Ese es precisamente el problema.
Marco avanzó.
El desconocido levantó las manos.
—Me llamo Samuel Reed. Soy investigador privado.
Me quedé inmóvil.
Conocía ese nombre.
Samuel Reed había desaparecido hacía cuatro días.
Lo habían contratado para investigar una filtración de información dentro de mi empresa.
—¿Cómo llegó aquí?
—No llegué por voluntad propia.
Sacó un pequeño dispositivo del bolsillo.
—Encontré esto en una oficina de Duca Capital.
Era una memoria cifrada.
—Alguien lleva meses vendiendo información sobre sus negociaciones.
Mi expresión se endureció.
—¿Quién?
Samuel miró hacia Mia.
—No delante de la niña.
Mia ya estaba en el pasillo con Marco, pero antes de irse señaló el suelo.
—Señor Duca.
—¿Qué ocurre ahora?
—Ese zapato.
Miré.
Junto a la entrada secreta había una huella marcada en el polvo.
Mia señaló mi escritorio.
Allí, esa misma tarde, uno de mis ejecutivos había dejado su abrigo y sus zapatos mojados mientras esperaba una reunión.
Yo conocía aquel dibujo de la suela.
Samuel siguió mi mirada.
—Parece que ya entendió.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de Grace.
Señor Duca, lo siento. No encuentro a mis hijas. Voy hacia la casa. Por favor, no las culpe.
Contesté:
Están conmigo. Están bien. Venga directamente.
Después miré a Samuel.
—Empezará desde el principio.
—Necesitará más que mi palabra.
—Tengo cámaras.
Samuel negó lentamente.
—No en este corredor.
Señaló el techo.
—Pero quien me encerró aquí sí tiene una.
Levanté la vista.
Una diminuta luz roja parpadeaba sobre nosotros.
Alguien nos estaba observando.
Entonces mi teléfono recibió otro mensaje.
Número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Mia limpiando mi escritorio minutos antes.
Debajo había una frase:
La niña vio demasiado.
Toda la preocupación que sentía desapareció.
En su lugar quedó algo mucho más frío.
Miré a Marco.
—Cierra todas las salidas.
—¿A quién buscamos?
Volví a mirar la fotografía de Mia.
—A alguien que acaba de cometer el peor error de su vida.
Porque podía robarme información.
Podía infiltrarse en mi casa.
Incluso podía intentar destruir mi empresa.
Pero amenazar a una niña de seis años bajo mi techo…
acababa de convertir aquello en algo personal.
