PARTE 2 — EL DÍA QUE DEJÉ DE VIVIR COMO LA SEÑORA COLE

El proyecto duraría ocho meses.

Cuando vi el contrato, pregunté:

—Profesor Grant, ¿está seguro de que puedo hacerlo?

Samuel me miró por encima de sus gafas.

—Emily, llevo treinta años contratando diseñadores. Sé distinguir entre alguien oxidado y alguien que desperdició su talento durante años.

Aquella frase me acompañó todo el camino a casa.

Nathan estaba cenando cuando llegué.

—Llegas tarde.

—Tuve una reunión.

—¿Del curso?

—De trabajo.

Levantó la vista.

—¿Otro de esos proyectos pequeños?

Me quité el abrigo.

—No. Este es bastante grande.

—¿Cuánto pagan?

—Todavía no lo sé exactamente.

Nathan soltó una risa.

—Entonces probablemente no mucho.

No respondí.

Mi remuneración inicial era de ciento ochenta mil yuanes.

Más bonificaciones.

Por primera vez entendí algo.

Nathan no necesitaba que yo fracasara.

Simplemente necesitaba creer que nunca podría alcanzarlo.


Los meses siguientes fueron agotadores.

Planos.

Reuniones.

Visitas de obra.

Cambios interminables.

Pero cada noche volvía cansada de una forma que había olvidado que existía.

No era el cansancio de esperar a alguien.

Era el cansancio de construir algo propio.

Y Nathan empezó a notarlo.

Una noche encontró mi tarjeta profesional sobre la mesa.

Emily Carter
Diseñadora principal — Proyecto Cultural Riverside

La sostuvo entre dos dedos.

—¿Diseñadora principal?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres semanas.

Su expresión se endureció.

—¿Y no pensabas decírmelo?

Lo miré.

—Tú tampoco me cuentas todo sobre tu trabajo.

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

No supo responder.


Seis meses después, Riverside ganó un premio regional antes incluso de terminarse.

Una revista de arquitectura pidió entrevistar al equipo.

Luego otra.

Samuel me llamó una mañana.

—Una firma de Shanghái quiere contratarte.

—¿A mí?

—A ti.

La oferta era casi cuatro veces el salario que Nathan creía que yo jamás podría ganar.

Aquella noche imprimí dos documentos.

Uno era la oferta.

El otro era una solicitud de divorcio.

Nathan encontró ambos sobre la mesa.

Leyó primero la oferta.

Después el divorcio.

Su rostro cambió.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice.

—¿Quieres divorciarte porque ahora ganas dinero?

Negué.

—Quiero divorciarme porque finalmente recordé quién era antes de convertirme en alguien que esperaba tu regreso todas las noches.

—Emily, tenemos una hija.

Sonreí tristemente.

—Lo sé.

Lo miré directamente.

—Según tú, Lily era lo único que todavía te ataba a mí.

Nathan palideció.

—Yo nunca dije eso.

—Sí.

—Estaba borracho.

—Precisamente.

Doblé las manos sobre la mesa.

—Estabas demasiado borracho para mentir.

Por primera vez en años, Nathan no tuvo nada que decir.


Nos divorciamos cuatro meses después.

Sin escándalos.

Custodia compartida.

División de bienes.

Me mudé con Lily a un apartamento luminoso cerca de su escuela.

Y trabajé.

Dos años después abrí mi propio estudio.

Cinco años después teníamos oficinas en tres ciudades.

Nathan y yo apenas hablábamos fuera de asuntos relacionados con Lily.

Hasta aquella mañana.

Yo estaba en una reunión cuando mi asistente entró sosteniendo una revista.

—Emily, tienes que ver esto.

La dejó frente a mí.

Era la edición anual de Design Asia.

Y allí estaba yo.

En portada.

Traje blanco.

Cabello corto.

Detrás de mí, el proyecto que acababa de ganar el premio internacional de diseño urbano.

El titular decía:

EMILY CARTER: LA MUJER QUE REDISEÑÓ SU PROPIA VIDA

No pensé en Nathan.

Ni una sola vez.

Pero esa noche Lily cenó con él.

Y cuando regresó, dejó su mochila junto a mi puerta.

—Mamá.

—¿Sí?

—Papá compró tu revista.

Mis manos se detuvieron.

—¿Ah, sí?

Lily asintió.

—La estuvo mirando muchísimo tiempo.

Luego frunció el ceño.

—Creo que estaba llorando.

No respondí.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Nathan.

Después de cinco años de silencio personal.

¿Todavía recuerdas lo que me preguntaste aquella noche?

Lo miré durante varios segundos.

Entonces llegó otro.

Si existiera otra vida, mi respuesta sería diferente.

Apagué la pantalla.

Porque Nathan todavía no comprendía algo.

Yo ya había tenido otra vida.

Había empezado el día en que dejé de esperar que él quisiera compartirla conmigo.

Y justo cuando dejé el teléfono sobre la mesa, apareció un tercer mensaje.

Esta vez no era de Nathan.

Era de Samuel Grant.

Emily, felicidades. Acaban de elegirte para diseñar la nueva sede del Grupo Cole.

Me quedé inmóvil.

Grupo Cole.

La empresa de Nathan.

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