No había llegado siquiera a la puerta cuando Adrian pronunció mi nombre otra vez.
—Sophie.
Esta vez no sonó como una orden.
Sonó como miedo.
Seguí caminando.
Detrás de mí, Emily habló.
—Hermano, déjala ir.
El silencio fue inmediato.
Adrian se volvió hacia ella.
—¿Qué sabes?
Emily apretó la carpeta médica contra su pecho.
—No puedo decírtelo. Es información de una paciente.
Aquello bastó.
Adrian me alcanzó junto a la entrada.
Sus ojos bajaron involuntariamente hacia mi vientre.
—¿Estás enferma?
—Ya no es asunto tuyo.
Intentó tocarme.
Retrocedí.
Por primera vez, Adrian pareció comprender que había perdido incluso ese derecho.
—Firma el divorcio —dije—. Eso es todo lo que necesito de ti.
Me marché.
A la mañana siguiente regresé al hospital para los estudios previos al procedimiento. Emily me esperaba con una expresión diferente.
—Sophie, tenemos que hablar.
Mi corazón se tensó.
—¿Qué ocurrió?
Me entregó los resultados.
—Hay algo que no vimos en la primera ecografía.
La miré.
—¿El bebé está mal?
—No.
Emily tragó saliva.
—Son dos.
Me quedé inmóvil.
Gemelos.
Dos pequeños latidos aparecieron en el monitor.
Cerré los ojos.
De pronto, la decisión que había repetido durante días dejó de parecer sencilla.
Emily no intentó convencerme.
Solo sostuvo mi mano mientras lloraba en silencio.
Entonces la puerta se abrió.
Adrian estaba allí.
Su rostro estaba blanco.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté.
Emily se levantó furiosa.
—¿Me seguiste?
—No.
Adrian dejó una carpeta sobre la mesa.
—Encontré esto en el despacho de mi madre.
Reconocí inmediatamente los documentos.
Eran informes médicos míos.
Análisis hormonales.
Calendarios de fertilidad.
Incluso recetas que nunca había visto.
—¿Qué significa esto?
Adrian miró a Emily.
—Mamá llevaba meses recibiendo información sobre Sophie.
Emily hojeó las páginas.
Su expresión cambió.
—Esto es imposible.
—¿Qué?
Señaló una receta.
—Sophie, ¿Margaret te daba vitaminas después de cenar?
Recordé las pequeñas cápsulas que mi suegra insistía en que tomara.
“Para tu salud.”
Asentí.
Emily palideció.
—Esto no eran vitaminas.
Adrian dio un paso adelante.
—¿Qué eran?
—Un medicamento que no debería administrarse durante el embarazo sin supervisión médica.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Entonces Emily encontró una nota escrita a mano.
La leyó.
Y dejó de respirar.
Adrian se la arrebató.
Solo había una frase:
Antes de que Isabella regrese, Sophie debe salir de esta familia sin ningún heredero Harrison.
Adrian levantó lentamente la mirada.
Por primera vez desde que lo conocía, vi verdadero terror en sus ojos.
Pero Emily seguía observando otro documento.
—Hay algo peor.
Sacó una prueba genética fechada cuatro meses antes.
Mucho antes de que yo supiera que estaba embarazada.
—¿Cómo podían analizar a mis bebés antes de existir?
Emily negó con la cabeza.
—No analizaron a los bebés.
Me miró directamente.
—Te analizaron a ti.
Y debajo de mi nombre aparecía una frase que ninguno de nosotros esperaba:
Compatibilidad genética confirmada con la familia Moore.
Isabella Moore.
La mujer que todos creían que había regresado para recuperar a mi marido.
Quizá había regresado por mí.
