PARTE 2: LA MUJER A LA QUE INTENTARON QUITARLE UN HIJO

Mike se volvió hacia sus hombres.

—Cierren la habitación.

Mi suegra todavía sostenía a Leo.

—¿Qué están haciendo? ¡Ella está loca!

—Señora Sterling —dijo Mike—, entregue al bebé.

—¡Soy su abuela!

—Ahora.

Algo en su voz finalmente la hizo obedecer.

Una enfermera tomó a Leo y me lo devolvió.

Lo abracé contra mi pecho mientras Luna comenzaba a llorar desde la otra cuna.

Mi suegra me miraba fijamente.

—¿Jueza?

Me limpié la sangre del labio.

—Jueza Elena Vance. Tribunal Superior.

Su rostro perdió el color.

—Pero Daniel dijo que no trabajabas.

Aquello me hizo levantar la mirada.

Mi marido sabía perfectamente quién era.

Habíamos decidido mantener mi cargo fuera de las conversaciones con su familia después de recibir amenazas relacionadas con uno de mis casos.

—Llame a la policía —ordené.

—¡Esto es un asunto familiar!

Señalé los documentos.

—Intentó llevarse a mi hijo utilizando una supuesta renuncia.

Mike recogió las hojas.

Entonces frunció el ceño.

—Jueza, debería ver esto.

Mi firma ya aparecía en la última página.

Perfectamente imitada.

Pero había algo peor.

El documento estaba fechado tres días antes de mi cesárea.

—Yo jamás firmé eso.

Veinte minutos después llegó la policía.

El primero en entrar fue el jefe Marcus Hale.

Me reconoció inmediatamente.

—Señoría.

La señora Sterling retrocedió.

Marcus examinó mi rostro, escuchó a Mike y tomó los documentos.

Después preguntó:

—¿Quién preparó esto?

—Karen —respondió mi suegra demasiado rápido.

Marcus levantó una ceja.

—Curioso.

Sacó otra hoja.

El formulario incluía un número de expediente auténtico del tribunal.

Uno que todavía no era público.

Solo cuatro personas habían tenido acceso.

Yo.

Mi secretario judicial.

El abogado del hospital.

Y Daniel.

Sentí que el estómago se me hundía.

En ese momento apareció mi marido.

—¿Qué demonios está pasando?

Su madre corrió hacia él.

—Daniel, dile quién es la verdadera loca.

Él vio mi labio ensangrentado.

Después vio los documentos.

Y se quedó inmóvil.

—¿De dónde sacaste eso?

No preguntó qué era.

Preguntó de dónde había salido.

Marcus también lo notó.

—Señor Sterling, ¿ya había visto este documento?

—No.

—Entonces ¿cómo sabía qué estaba mirando?

Daniel palideció.

Mi suegra empezó a llorar.

—¡Él solo quería ayudar a Karen!

El silencio cayó de golpe.

Daniel giró hacia ella.

—Mamá, cállate.

Demasiado tarde.

Marcus ordenó separar a ambos.

Luego una enfermera entró apresuradamente.

—Jueza Vance, tenemos un problema con los registros de los gemelos.

Me aferré a Leo.

—¿Qué problema?

La enfermera sostuvo dos pulseras de identificación.

—Alguien modificó anoche la ficha de Leo.

Daniel cerró los ojos.

—¿Modificó qué?

—La madre registrada.

Ya no aparecía mi nombre.

Aparecía Karen Sterling.

Pero todavía faltaba algo.

La enfermera colocó sobre la cama un resultado genético solicitado antes del nacimiento.

—También encontramos esto archivado bajo un número falso.

Miré a Daniel.

—¿Una prueba de ADN?

Ella asintió.

—De Leo.

—¿Quién la solicitó?

Marcus leyó la autorización.

Después levantó lentamente la mirada hacia mi marido.

—Daniel Sterling.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Por qué hiciste una prueba de ADN a nuestro hijo?

Daniel no respondió.

Su madre sí.

—Porque Leo nunca debía quedarse contigo.

Marcus pasó a la segunda página.

Su expresión cambió.

—Elena…

—¿Qué?

Me entregó el informe.

La prueba no cuestionaba que Daniel fuera el padre.

Confirmaba otra cosa.

Karen Sterling compartía con Leo una compatibilidad genética que una simple tía jamás debería tener.

Y entonces comprendí que mi suegra no había irrumpido en aquella habitación para regalarle uno de mis gemelos a su hija estéril.

Había venido a recuperar un secreto que Daniel y su familia conocían desde antes de que mis hijos nacieran.

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