PARTE 2: LAS TRES PALABRAS CAMBIARON TODO

Joaquín volvió a mirar la libreta.

Primero:

Sebastián.

Después:

ÉL NO.

Luego:

ÉL VIO.

Y finalmente:

TOVAR.

No hacía falta ser abogado para entender que su hija estaba intentando decir algo muy distinto de lo que todos daban por hecho.

El agente de la Fiscalía cerró lentamente la libreta.

—Necesitamos aclarar exactamente a quién se refiere.

Valeria levantó la mano con esfuerzo.

Negó una vez más.

Tomó el bolígrafo.

Escribió con letras torcidas:

“No Sebastián.”

Después añadió:

“Primo.”

Joaquín sintió un escalofrío.

La rectora acababa de salir del hospital.

Su apellido también era Tovar.

El agente pidió otra hoja.

—Valeria, ¿el agresor pertenece a la familia Tovar?

Ella cerró los ojos un instante.

Luego asintió.


Esa misma tarde, la universidad emitió un comunicado.

“Rechazamos toda forma de violencia y colaboraremos plenamente con las autoridades.”

Pero apenas dos párrafos después aparecía una frase que indignó a Joaquín.

“Hasta el momento existen indicios que apuntan a una riña entre estudiantes.”

—¿Riña? —murmuró él.

Miró el rostro destrozado de su hija.

—¿Quién puede llamar riña a esto?

El médico, que acababa de entrar para revisar a Valeria, escuchó aquellas palabras.

Con serenidad respondió:

—Las fracturas muestran múltiples impactos.

No parece una lesión producida por un intercambio de golpes entre dos personas.

Joaquín apretó los puños.

—Entonces alguien está intentando cambiar la historia.

El médico no respondió.

Pero tampoco lo contradijo.


Al anochecer apareció Sebastián Luna.

Llegó acompañado por un abogado.

Tenía el labio partido, un ojo morado y el rostro completamente agotado.

Nada más entrar a la habitación miró a Valeria.

Las lágrimas comenzaron a correr por su cara.

—Perdón…

Su voz apenas se entendía.

—Perdón por no haber podido detenerlo.

El agente de la Fiscalía dio un paso adelante.

—¿Quién?

Sebastián respiró hondo.

Durante varios segundos pareció debatirse entre hablar o guardar silencio.

Finalmente dijo:

—Nunca la golpeé.

Intenté sacarla de ahí.

Pero él llevaba algo en la mano.

Joaquín sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Quién llevaba qué?

Sebastián miró primero a Valeria.

Ella hizo un pequeño gesto afirmativo.

Entonces respondió:

—Tomás Tovar.

El apellido cayó sobre la habitación como una piedra.

El agente abrió inmediatamente su libreta.

—¿Qué relación tiene con la rectora Marcela Tovar?

Sebastián bajó la cabeza.

—Es su sobrino.


Una hora después, la Fiscalía solicitó preservar todas las grabaciones disponibles del campus.

También pidió acceso a los registros electrónicos de puertas y tarjetas de ingreso.

Cuando la universidad recibió el oficio, respondió que dos cámaras cercanas al edificio de laboratorios habían dejado de funcionar exactamente a las 10:47 de la noche.

El agente frunció el ceño.

—¿Las dos al mismo tiempo?

El encargado de seguridad tragó saliva.

—Eso dicen los registros.

Joaquín recordó inmediatamente la primera explicación que había recibido en el hospital.

Demasiadas coincidencias.


Antes de retirarse, Sebastián se acercó nuevamente a la cama.

Sacó algo del bolsillo de su chamarra.

Era un pequeño llavero metálico.

Con forma de balanza.

Lo dejó junto a la mano de Valeria.

—Se te cayó aquella noche.

Ella lo observó unos segundos.

Después escribió lentamente tres nuevas palabras.

“No fue solo.”

El agente levantó la vista.

—¿Había más personas?

Valeria hizo un esfuerzo enorme.

Asintió.

Luego escribió un último nombre.

No era Tomás.

No era Sebastián.

Era alguien que nadie esperaba encontrar en aquella lista.

“Decano.”

La habitación quedó completamente en silencio.

Porque si Valeria decía la verdad, el caso ya no era solo una agresión entre estudiantes.

Alguien con un cargo de autoridad dentro de la universidad podía haber presenciado lo ocurrido… y haber ayudado a ocultarlo.

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