Entraron tres mujeres.
Don Chema dejó de respirar.
—¿Sofía?
La primera llevaba un traje oscuro y una carpeta bajo el brazo.
A su lado caminaba Valeria.
Detrás venía Lucía.
Las tres niñas que había criado con su salario de conserje eran ahora mujeres adultas.
Sofía avanzó hasta el centro de la sala.
—Señoría, solicito intervenir antes de que continúe.
El juez frunció el ceño.
—Identifíquese.
—Doctora Sofía Hernández. Abogada.
Don Chema se cubrió la boca.
Sofía se volvió hacia él.
—Te dije que algún día te devolvería todo lo que hiciste por nosotras.
El señor Robles se levantó.
—¡Esto es una maniobra!
—Tiene razón —respondió Sofía—. Solo que la maniobra empezó mucho antes de que nosotras llegáramos.
Valeria colocó un ordenador sobre la mesa.
—Soy auditora forense. Revisé las facturas utilizadas para acusar a mi padre.
Don Chema bajó la cabeza al escuchar aquella palabra.
Padre.
—Las compras atribuidas a Don Chema —continuó Valeria— fueron autorizadas electrónicamente meses después de su jubilación.
La sala comenzó a murmurar.
Robles palideció.
—Eso no demuestra nada.
Entonces Lucía avanzó.
—Quizá esto sí.
Entregó una memoria USB.
—Trabajo en análisis de sistemas. Recuperé copias de seguridad del servidor administrativo de la escuela.
Sofía pidió reproducir uno de los archivos.
En la pantalla apareció un registro.
Las órdenes de compra por 850.000 pesos habían sido creadas desde el ordenador del director.
Usuario:
A. ROBLES.
Don Chema miró la pantalla sin comprender.
—Pero… ¿por qué yo?
Sofía se acercó y tomó suavemente su mano.
—Porque necesitaban a alguien que pareciera incapaz de defenderse.
El juez ordenó detener la sentencia y revisar inmediatamente la nueva evidencia.
Robles perdió el control.
—¡Ese viejo tenía acceso a todas las bodegas!
Valeria respondió:
—Precisamente. Y durante treinta y cuatro años jamás faltó un solo inventario mientras él estuvo encargado.
Sofía abrió entonces otra carpeta.
—Además, los 850.000 pesos no desaparecieron.
Robles dejó de moverse.
—Fueron transferidos.
—¿A dónde? —preguntó el juez.
Sofía miró directamente al director.
—A tres empresas fantasma.
Lucía mostró los registros mercantiles.
Dos estaban vinculadas con familiares de Robles.
Pero la tercera hizo que Sofía guardara silencio.
—¿Qué ocurre? —preguntó Don Chema.
Ella miró a sus hermanas.
Después colocó un documento frente al juez.
—La tercera empresa fue creada hace veinticuatro años.
Exactamente el mismo año en que Sofía había sido abandonada en aquella caja.
Don Chema palideció.
—No entiendo.
Sofía sacó entonces la vieja nota que había aparecido junto a ella cuando era bebé.
—Papá, mandé analizar este papel.
Le tembló la voz.
—La persona que te acusó de robar no apareció en nuestras vidas por casualidad.
Robles corrió hacia la puerta.

Dos agentes lo detuvieron.
Sofía levantó la nota.
—Porque la firma registrada en aquella empresa coincide con el nombre de la mujer que me abandonó hace veinticuatro años.
Miró a Robles.
—Y según estos documentos, esa mujer es su hermana.