—¿Tolerante?
Miré la manzana entre sus manos y después su rostro.
—Mateo, mientras nacía tu hija, estuviste siete horas en un hotel con Valeria.
El cuchillo se detuvo.
—¿Cómo sabes eso?
Le mostré el teléfono.
Su ubicación seguía registrada.
Hospital.
Carretera.
Hotel.
Regreso al hospital.
Todo con horarios exactos.
Mateo palideció.
—Sofía, no pasó lo que imaginas.
—Ya no necesito imaginar nada.
En ese momento apareció mi mejor amiga, Clara.
Traía un maletín y una expresión que conocía demasiado bien.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué hace ella aquí?
—Trabajar.
Clara dejó una carpeta sobre la mesa.
—Sofía me pidió iniciar los trámites de separación y preservar toda la documentación económica relevante.
Mateo soltó una carcajada nerviosa.
—Acaba de dar a luz. Está alterada.
—Estoy perfectamente consciente —respondí.
La sonrisa desapareció.
Clara abrió la carpeta.
Durante nuestro matrimonio, Mateo había administrado gran parte de nuestras finanzas porque yo confiaba en él.
Pero la casa estaba a mi nombre.
También dos inversiones que había recibido antes de casarnos.
Y la participación mayoritaria de la pequeña empresa tecnológica que habíamos levantado juntos procedía originalmente de capital mío.
Mateo miró los documentos.
—¿Pretendes destruir nuestra familia por un error?
—No fue un error.
Señalé a nuestra hija.
—Un error es olvidar una cita. Tú elegiste a otra persona mientras tu hija nacía.
Su teléfono vibró.
Valeria.
Mateo lo silenció.
Clara sonrió sin humor.
—Yo contestaría.
—Esto no te incumbe.
—Quizá sí.
Sacó varias hojas.
—Porque mientras venía hacia aquí revisé los movimientos de la cuenta empresarial a los que Sofía tiene acceso.
Mateo dejó la manzana.
—¿Qué movimientos?
—Ciento cuarenta y seis mil euros transferidos durante ocho meses.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
—¿A dónde?
Clara giró una página.
VLM Consulting.
—¿Conoces esa empresa?
Negué.
Mateo no dijo nada.
Eso bastó.
—¿Es de Valeria? —pregunté.
—Puedo explicarlo.
—Qué curioso. Hoy tienes explicaciones para todo.
Clara continuó:
—Hay pagos de alquiler, matrículas universitarias, viajes y un automóvil.
Miré a Mateo.
Mientras yo compraba ropa para nuestra hija comparando precios, él había estado financiando otra vida.
Entonces su teléfono volvió a sonar.
Esta vez apareció un mensaje en la pantalla:
Valeria: “¿Ya le dijiste que la empresa también está a mi nombre?”
Clara y yo lo vimos.
Mateo cogió el teléfono demasiado tarde.
—Dámelo —dije.
—Sofía…
—¿Qué empresa?
Su silencio fue diferente esta vez.
Miedo.
Clara abrió rápidamente su portátil.
Tardó menos de un minuto.
—Encontré VLM Consulting.
Su expresión cambió.
—Valeria figura como administradora, pero hay otro socio.
Me miró.
—Mateo.
Cerré los ojos un instante.
—¿Usaste nuestro dinero para crear una empresa con ella?
—Solo temporalmente. Era una inversión.
Clara siguió leyendo.
Entonces dejó de hablar.
—¿Qué ocurre?
Giró la pantalla hacia mí.
VLM había recibido algo mucho más importante que dinero.
Tres meses atrás, Mateo había intentado transferirle derechos sobre una patente desarrollada por nuestra empresa.
La patente que representaba casi todo nuestro futuro comercial.
—Esto requería mi autorización —dije.
—Exactamente —respondió Clara.
Amplió el documento.
Abajo había dos firmas.
La de Mateo.
Y la mía.
Solo que yo jamás había firmado aquello.
Mateo retrocedió.
Clara cerró lentamente el portátil.
—Sofía, esto ya no es únicamente un divorcio.
En ese momento llamaron a la puerta.
Una enfermera entró con un sobre certificado.
—Señora Vega, un mensajero acaba de entregar esto para usted.
Lo abrí.
Dentro había una copia del documento original de transferencia.
Y una nota escrita a mano:

“Pregúntale a Mateo quién firmó por ti mientras estabas ingresada.”
Levanté la mirada.
Mateo ya no intentaba justificarse.
Estaba mirando hacia la puerta.
Como si estuviera pensando en huir.