—Hoy te toca a ti limpiar el suelo, ¿no?
La sonrisa de Zhao Huilan desapareció poco a poco.
Sostuvo la fregona sin moverla ni un centímetro.
—Yunjin.
—Parece que todavía no entiendes las reglas de esta familia.
Sonreí con calma.
—Precisamente porque las entiendo, pregunto.
—Si hablamos de turnos, hoy no me corresponde.
Ella soltó una risa burlona.
—¿Turnos?
—Las nueras recién llegadas limpian durante el primer mes.
—Yo también lo hice.
—La segunda cuñada también.
—Ahora te toca a ti.
Miré alrededor.
La segunda cuñada bajó inmediatamente la cabeza.
Mi suegra fingía ordenar la mesa, como si no hubiera escuchado nada.
Solo mi marido permanecía de pie junto a la puerta, con expresión incómoda.
Lo miré.
Esperaba que dijera algo.
Cualquier cosa.
Pero solo murmuró:
—Yunjin… solo es limpiar un poco el suelo.
Sentí una punzada de decepción.
—¿Solo un poco?
Dejé el ordenador portátil que llevaba en la mano sobre el sofá.
—Entonces hazlo tú.
El rostro de Lu Jingxing cambió.
Antes de que pudiera responder, una voz grave resonó desde el comedor.
—¡Basta!
Lu Zhenbang salió lentamente.
Las manos cruzadas detrás de la espalda.
La expresión severa.
Exactamente igual que un juez dispuesto a dictar sentencia.
—Desde que entraste en esta casa no has dejado de discutir.
—Primero los calcetines.
—Ahora el suelo.
—¿Crees que porque trabajaste en una gran ciudad eres mejor que los demás?
Lo miré sin apartar la vista.
—No me creo superior a nadie.
—Solo creo que todos deben asumir las mismas responsabilidades.
Él golpeó el suelo con su bastón.
—¡Aquí no decides tú!
—¡Las mujeres de la familia Lu obedecen las reglas de la familia Lu!
La sala quedó completamente en silencio.
Respiré hondo.
—Entonces, dígame una cosa.
—¿Esas reglas también obligan a sus hijos?
Nadie esperaba aquella pregunta.
Lu Zhenbang frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Señalé a los tres hombres de la familia.
—Ellos comen aquí.
—Viven aquí.
—Ensucian esta casa igual que nosotras.
—Entonces, ¿por qué nunca limpian un solo día?
Mi suegra tiró discretamente de mi manga.
—Yunjin… deja de hablar.
Pero ya era demasiado tarde.
Lu Zhenbang dio un paso hacia mí.
—¡Porque son hombres!
Su voz retumbó por toda la casa.
—¡Los hombres trabajan fuera!
—¡Las mujeres cuidan del hogar!
No pude evitar sonreír.
—Qué coincidencia.
Abrí el portátil y giré la pantalla hacia todos.
En ella aparecía una videollamada con mis compañeros de Shenzhen.
El director del proyecto acababa de preguntarme:
—Directora Suo, ¿podemos empezar la reunión?
Miré a mi suegro.
—Yo también trabajo.
—Y, por cierto…
—Mi salario era más alto que el de su hijo antes de casarme.
La expresión de todos cambió de golpe.
Incluso Lu Jingxing abrió mucho los ojos.
Nunca les había contado cuánto ganaba.
Lu Zhenbang se quedó unos segundos sin palabras.
Pero enseguida recuperó su habitual tono autoritario.
—Aunque ganes diez veces más…
—Después de entrar en esta familia sigues siendo una nuera.
—Y las nueras obedecen.
En ese instante, Zhao Huilan volvió a extenderme la fregona.
—Deja de perder el tiempo.
—Limpia.
No la tomé.
La fregona cayó al suelo con un golpe seco.
Aquello pareció ser la gota que colmó el vaso.
Lu Zhenbang levantó la mano sin dudarlo.
—¡Hoy voy a enseñarte cómo se respetan las reglas!
Su palma descendió con fuerza.
Pero esta vez…
No cerré los ojos.
Lo miré directamente mientras levantaba el jarrón de cristal que descansaba junto a la entrada.
¡CRASH!

El estruendo del cristal rompiéndose hizo temblar toda la casa.
Los fragmentos quedaron esparcidos por el suelo como hielo afilado.
Sostuve uno de los pedazos más grandes.
Mi voz sonó tranquila.
Demasiado tranquila.
—Escúchenme bien.
—A partir de hoy…
—Si alguien vuelve a levantarme la mano…
—No solo romperé un jarrón.
Mi mirada recorrió lentamente a cada miembro de la familia Lu.
—Haré pedazos todas las reglas de esta casa.