—Primera regla —dije—: no mentimos a mi padre.
Michael guardó silencio al otro lado de la línea.
—¿Está bien?
—Estable. Pero sigue hospitalizado. No voy a aparecer allí contigo fingiendo que estoy enamorada mientras él se recupera de un infarto.
—De acuerdo. ¿Qué más?
Miré la mitad vacía de la cama.
—Nada de besos para las fotos. Nada de publicar cosas para que Rachel y Daniel las vean. Y si uno de los dos quiere parar, paramos.
Michael soltó el aire.
—Claire, acabas de quitarle casi toda la venganza a mi plan.
—Entonces quizá sea un buen plan.
Al día siguiente nos encontramos para desayunar. Esperaba que llegara con una estrategia. Trajo dos cafés y una bolsa de panecillos.
—No dormí —confesó.
—Yo tampoco.
Nos sentamos junto a la ventana. Durante una hora hablamos de cosas pequeñas: su ascenso rechazado, mi presentación interrumpida, el modo en que uno puede vivir años con alguien y aun así no saber qué lleva tiempo ocultando.
Cuando salimos, Michael caminó conmigo hasta el hospital.
—No hace falta que subas —le dije.
—Lo sé.
Me sostuvo la puerta y se despidió. No hubo fotografía, ni público, ni nadie a quien impresionar.
Empezamos a vernos después de eso. A veces cenábamos. Otras, él me acompañaba a comprar comida para mis padres y yo lo ayudaba a escoger muebles para el apartamento al que se había mudado. Cada vez que alguno recibía noticias de Daniel o Rachel, hablábamos antes de responder.
Tres semanas más tarde llegaron las primeras.
Daniel llamó mientras yo estaba con Michael en una librería.
—Rachel y yo estamos en Chicago —dijo—. Necesito hablar contigo.
Salí a la calle. El viento me hizo lagrimear.
—Entonces habla.
—Vi que has estado saliendo con Michael.
Miré a través del escaparate. Michael hojeaba un libro sin dejar de vigilar si yo necesitaba que saliera.
—Estamos pasando tiempo juntos.
Daniel soltó una risa incrédula.
—Eso fue rápido.
Apreté el teléfono.
—Tú te fuiste con mi mejor amiga y me lo anunciaste con una foto del aeropuerto.
—No es lo mismo.
—Para ti nunca lo es.
Colgué antes de que pudiera explicarme mis propios sentimientos.
Aquella noche le conté por fin la verdad a mi padre. Ya estaba en casa, recuperándose, y había notado que Daniel no llamaba. Me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, tomó mi mano.
—Ojalá no hubieras cargado con esto sola —dijo.
Lloré entonces, por primera vez desde la noche del hospital.
Pasaron otros dos meses. Daniel y Rachel regresaron por separado. Sus abogados comenzaron a ocuparse de lo que quedaba de ambos matrimonios. Michael aceptó el ascenso que había rechazado; yo hice por fin aquella presentación del trabajo. Conseguimos el proyecto.
La tarde en que se lo conté, Michael apareció con una pequeña tarta de chocolate.
—Podemos celebrar sin que nadie se entere —dijo.
Nos sentamos en el suelo de mi cocina porque todavía no había decidido qué hacer con la mesa que Daniel había elegido. Michael cortó dos porciones desiguales y me dejó la más grande.
—Hay algo que tenemos que hablar —dije.
Dejó el plato.
—Lo sé.
—La tercera regla. Si uno quiere parar…
—Claire, yo ya no estoy haciendo esto por ellos.
Lo miré. En todo aquel tiempo, nunca me había presionado para dar un paso más. Tampoco había fingido que lo ocurrido nos hacía perfectos el uno para el otro.
—Yo tampoco —respondí.
Michael me ofreció la mano. La tomé.
No nos besamos para que Daniel o Rachel se arrepintieran. Nadie nos estaba mirando cuando lo hicimos.
Y, por primera vez, eso era precisamente lo que quería.