Parte 2: Entonces dime cuándo piensan casarse

Marcus dejó el cucharón sobre la mesa.

—Elena, acabas de llegar y ya estás montando una escena.

Me quité el abrigo.

—¿Una escena?

—Tirar comida es infantil.

Miré a Sophie.

Seguía de pie junto a mi silla.

Mi silla.

En mi mesa.

Dentro de mi casa.

—Tienes razón.

Marcus pareció sorprendido.

—¿Qué?

—Es infantil.

Tomé los otros platos.

Uno.

Dos.

Tres.

Los vacié también.

Marcus me agarró de la muñeca.

—¡Basta!

Lo miré.

—Suéltame.

Tal vez fue mi tono.

Tal vez fue mi expresión.

Pero lo hizo.

Sophie intervino inmediatamente.

—Elena, por favor. Yo puedo irme.

—No.

Ambos me miraron.

Sonreí.

—Quédate.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué estás haciendo?

Me senté.

—Quiero preguntarles algo.

Sophie parecía incómoda.

Marcus estaba irritado.

Yo estaba extrañamente tranquila.

—¿Cuándo piensan casarse?

El rostro de Sophie cambió.

—Elena…

—Lo pregunto en serio. ¿Primavera? ¿Verano? Sophie parece del tipo que elegiría flores blancas.

Marcus golpeó la mesa.

—¡Ya basta!

—¿Por qué?

Lo miré directamente.

—Me abandonaste en Noruega porque ella regresó. Dormiste sobre su hombro. La trajiste a nuestra casa. Cocinaste para ella cosas que nunca quisiste cocinar para mí. Entonces supongo que tienen planes.

—Sophie es mi amiga.

Me reí.

—Perfecto. Entonces cuando firme el divorcio podrás descubrir si sigue siendo solo tu amiga.

El silencio fue inmediato.

Marcus parpadeó.

—¿Qué dijiste?

—Divorcio.

Sophie me miró.

Y durante una fracción de segundo vi algo extraño en sus ojos.

No felicidad.

Pánico.

Marcus soltó una risa incrédula.

—¿Vas a divorciarte por esto?

—No.

Me puse de pie.

—Voy a divorciarme por todo lo anterior.

Subí las escaleras.

Marcus me siguió.

—Elena.

Abrí el armario.

Saqué otra maleta.

—No seas ridícula.

Seguí doblando ropa.

—Siempre haces esto —continuó—. Te enfadas, dices cosas extremas y mañana te arrepientes.

—Nunca antes pedí el divorcio.

Eso lo silenció.

Abrí el cajón donde guardábamos documentos importantes.

Pasaportes.

Certificado de matrimonio.

Papeles bancarios.

Marcus apareció detrás de mí.

—¿Adónde vas?

—A un hotel.

—Esta también es tu casa.

Me giré.

—Hace diez minutos parecía la casa de Sophie.

Su mandíbula se tensó.

—No pasó nada entre nosotros.

—Ya no necesito demostrar que pasó algo.

—Entonces ¿qué demonios quieres?

Lo pensé.

Durante un año había querido muchas cosas.

Que me eligiera.

Que me defendiera.

Que dejara de compararme silenciosamente con ella.

Que me tratara como esposa y no como reemplazo temporal.

Ahora la respuesta era mucho más sencilla.

—Quiero dejar de querer algo de ti.

Por primera vez, Marcus no tuvo respuesta.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi abogado.

Porque había hecho algo en Noruega que Marcus todavía no sabía.

El tercer día, después de ver aquella fotografía de Sophie, había llamado a una antigua compañera de universidad que trabajaba en derecho familiar.

Le envié documentos.

Extractos.

Información de nuestras propiedades.

Y, sobre todo, el acuerdo prenupcial que Marcus había insistido en que firmáramos.

Él creía que aquel documento me dejaría prácticamente sin nada.

Había olvidado una cláusula.

La empresa de Marcus había recibido una inversión enorme de mi padre después de nuestra boda.

Y esa inversión estaba condicionada a que siguiéramos casados.

En caso de divorcio provocado por infidelidad documentada, la participación regresaba al fideicomiso de mi familia.

Aproximadamente el dieciocho por ciento de su compañía.

Marcus vio la pantalla.

—¿Quién es Laura Bennett?

—Mi abogada.

Su rostro cambió.

—¿Ya tienes abogada?

—Desde Noruega.

Ahora sí entendió.

Yo no había pasado aquellos días llorando únicamente.

Había estado preparándome.

Entonces Sophie apareció en la puerta.

—Marcus…

Él se volvió.

Ella sostenía su teléfono.

Estaba completamente pálida.

—Tenemos un problema.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué?

Sophie me miró antes de responder.

—La foto.

—¿Qué pasa con ella?

—No fui yo quien la publicó.

Nadie habló.

Sophie tragó saliva.

—Mi cuenta fue abierta desde otro dispositivo.

Marcus tomó el teléfono.

—¿Quién?

—No lo sé.

Entonces mi móvil vibró nuevamente.

Esta vez no era mi abogada.

Era un número desconocido.

Había una fotografía adjunta.

Marcus y Sophie besándose dentro de un automóvil.

Debajo aparecía una sola frase:

“Si vas a divorciarte de él, Elena, quizá quieras saber qué más hicieron mientras estabas en Noruega.”

Levanté lentamente la mirada hacia Marcus.

Él había visto la fotografía.

Y por primera vez desde que lo conocía, mi esposo no intentó decir que estaba imaginando cosas.

Porque su rostro acababa de confesarlo todo.

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